lunes, noviembre 13, 2017

2030, prospectiva de la clase trabajadora en Colombia



| Por: Libardo Sarmiento Anzola* / Desde Abajo |

¿Qué cambios y transformaciones deberá emprender la sociedad colombiana durante los próximos trece años para que todos sus connacionales puedan ganarse la vida de manera digna, solidaria, decente, creativa y sostenible y hacer realidad la demanda papal: ninguno trabajador sin derechos? Para responder a este interrogante, a continuación veremos la dinámica e interacción entre población, economía, fuerza laboral y desarrollo de las fuerzas productivas en Colombia.

Entre el futuro cercano y el presente, un acercamiento al mundo del trabajo en Colombia, con proyecciones: al año 2030, cuando el tamaño de su fuerza de trabajo alcanzará la cifra de 29,1 millones. En junio de 2017, el número de personas ocupadas asciende a 22,8 millones. La economía nacional deberá generar durante los próximos 13 años 6,3 millones puestos de trabajo adicionales, esto es, alrededor de 485 mil anuales.

Acceso universal al trabajo digno (garantías políticas y económicas), democratización de la propiedad, elevar la productividad laboral; equidad, calidad y pertinencia de la educación, fortalecer los procesos de ciencia, tecnología e innovación y su articulación academia, empresa, sociedad civil y Estado; defender la soberanía nacional y el desarrollo sostenible, además de garantizar ingreso suficiente para promover bienestar, solidaridad e igualdad entre los hogares, son los desafíos económicos y políticos que debe enfrentar nuestra sociedad al año 2030.

Además, para este año es necesario solucionar los problemas de precariedad e inestabilidad laboral. A junio de 2017, según estadísticas del Dane, los desempleados sumaron en Colombia 2,2 millones de personas, esto es, la tasa de desempleo (número de desempleados/población económicamente activa) fue de 8,7 por ciento; los subempleados (por tiempo o inadecuación por competencias) alcanzaron a 7,3 millones (tasa de subempleo: 29,1%); y la tasa de informalidad nacional (empleados u obreros que desempeñan su actividad en unidades pequeñas de baja productividad, sin contrato laboral ni seguridad social) es de 63,7 por ciento, en esta situación se encuentran 14,6 millones de trabajadores. Más preocupante aún, 28,3 por ciento –según Cepal– de los 8,6 millones de jóvenes en edades entre 15 y 24 años hacen parte de los “ninis”: no estudian ni trabajan (2,4 millones). Es un despropósito, entonces, que en el Presupuesto General de la Nación para el año 2018, el Ministerio de trabajo se haya quedado sin ningún recurso económico-financiero para desarrollar su política líder de “formalización del empleo”.




De otra parte, para el año 2030 la cuarta revolución industrial habrá desatado en el conjunto de países toda su fuerza disruptiva (ruptura brusca) y radical en la economía y los mercados de trabajo. No habrá puesto de trabajo alguno que no sea susceptible de ser remplazado por la automatización, en particular los de baja cualificación y actividades repetitivas (procesos de trabajo que pueden ser modelizados por algoritmos). En síntesis, es la fusión e interacción de tecnologías a través de los dominios físicos, digitales y biológicos, que dará lugar a fábricas automatizadas e inteligentes sobre la base de máquinas con capacidad de aprender, volverse autónomas y trabajar en red.

Una transformación riesgosa. En Colombia, según la Andi, el 56 por ciento de los empresarios aún no conoce el tema de la “cuarta revolución industrial”, pero el 25 por ciento ya inició la transformación de sus empresas hacia la economía cognitiva y digital, con el liderazgo del sector financiero que está en plena transformación de sus procesos de trabajo y plantas de empleados (Fintech): para 2020 el 90 por ciento de las operaciones bancarias se llevará a cabo a través de dispositivos digitales conectados a internet que prestarán, a su vez, servicios las 24 horas del día; la consecuencia de este cambio será la supresión de la mitad de los puestos de trabajo con que hoy cuenta (alrededor de 150.000 se perderán). No obstante, la penetración de la robótica industrial es incipiente, aún los procesos de producción son mayoritariamente manuales debido al costo elevado de la robotización y a los bajos costos de la fuerza de trabajo.

Población y economía en la era del capitalismo

Desde mediados del siglo XVIII, el núcleo de la evolución de la humanidad está constituido por la imparable acumulación de capital y desarrollo de las fuerzas productivas a nivel global y el rápido crecimiento de la población; crecimiento conjunto en proporciones geométricas. Durante este período, se registra una clara tendencia hacia la concentración y centralización del capital, la exclusión y el desempleo estructural, la polarización riqueza-pobreza y la insostenibilidad social, poblacional y ambiental del sistema mundo capitalista.

Tendencia con antecedentes y matices. En el año 1800 la población mundial sumaba 978 millones de personas. El tamaño de la economía global se valorizaba en USD 463.200 millones. Para el año 2030 el planeta estará habitado por 8.514 millones de personas y el valor de la economía alcanzará un PIB (Producto Interno Bruto) de USD 96,6 billones. La sombría profecía del clérigo Malthus (1766-1834), bajo el argumento del determinismo naturalista que conduciría a un crecimiento geométrico de la población enfrentada a un aumento aritmético de la producción con la consecuencia de una miseria creciente de la especie humana, resultó falsa. La rápida elevación de la productividad del trabajo, durante estos 230 años, muestra que la producción va a un ritmo de crecimiento 24 veces más acelerada que el de la población. El aumento de la productividad del trabajo es una ley económica objetiva común a todas las formaciones económico-sociales; sin embargo, bajo el capitalismo, donde los objetivos de la producción estriban en la apropiación de plusvalía, este incremento queda interrumpido durante las crisis económicas. Además, se presentan otros límites reales: ambientales, socio-políticos, laborales e institucionales (Gráfico 1).



Crecimiento, desarrollo, productividad y proyecciones disímiles, ya que para países como Colombia, inserto en el concierto mundial de naciones como neocolonial y periférico, las redes de la dependencia financiera, diplomática, militar y comercial lo determinan en cada una de sus políticas. Las imposiciones de los Estados Unidos, en particular, lo maniatan y le tocan el ritmo al que evoluciona la economía nacional (Gráfico 2).



En efecto, durante las últimas seis décadas, la actividad productiva mundial atraviesa dos largos ciclos: el primero, entre los años 1960 y la primera mitad de la década de 1990; el segundo, entre finales de los años 1990 y 2008 (crisis económica mundial originada en los Estados Unidos y extendida por contagio a todo el globo, ocasionada por la financiarización espe-culativa y corrupta de la economía y los fallos en la regulación económica), a partir de este último año se inicia el desaceleramiento y la tendencia recesiva que continúa agravándose en 2017. En 2018, todo parece indicar, se engavillarán todos los factores negativos para generar una crisis económica y financiera más profunda, debido a la fragilidad e inestabilidad del crecimiento, a la contracción ocasionada por políticas económicas ortodoxas, a los conflictos comerciales, energéticos y proteccionistas, al cambio climático, a la carrera armamentista y a la hegemonía del capital financiero especulativo.

En este conflictivo escenario Colombia alcanzó un crecimiento económico máximo de 6,6 por ciento en 2011; durante 2012-2014 mantuvo un aumento del PIB por encima del 4 por ciento; en 2015, debido a la caída en los precios del petróleo, se desacelera la actividad productiva a 3,1 por ciento; en 2016 el ritmo económico anual se derrumba a 2,0 por ciento; para 2017, por el efecto recesivo de la reforma tributaria (contracción de la demanda de los hogares causada por el aumento del IVA de 16 a 19%), el ajuste en el desbalance fiscal y el déficit acumulado en la balanza comercial, el crecimiento proyectado del PIB, según todos los indicadores, es de 1,2 por ciento (el crecimiento del PIB mundial se estima en 1,9%).

A principios del siglo XIX la población colombiana apenas superaba el millón de personas (la guerra por la Independencia ocasionó 200.000 muertes). A inicios del siglo XX, el censo poblacional registraba 4,3 millones de individuos (una vez más, la Guerra de los Mil Días –1899 a 2002– dejó un saldo de 300.000 fallecidos en combate y provocó la ruina del país). En los umbrales del siglo XXI, la población llegó a la cifra de 40,1 mi-llones y en 2017 creció a 49,1 millones (con base en las estadísticas del Centro Nacional de Memoria Histórica, se estima que en Colombia, entre 1958-2015, el conflicto armado interno causó la muerte a 230.000 personas). Al año 2030, según proyecciones de Cepal, los connacionales sumarán 53,2 millones; cuatro de cada cinco vivirá en zonas urbanas y una en hábitats rurales.

La economía colombiana crece siete veces más rápido que la población (Gráfico 3). Según las estimaciones y proyecciones de la población (Cepal) en el período 2001-2030, la segunda aumenta 30 veces; entre tanto, el PIB nacional aumenta 215 veces, al pasar de COP $289.539 miles de millones a COP $911.084 miles de millones (de acuerdo con las proyecciones del Ministerio de Hacienda, Marco Fiscal de mediano plazo, 2017, p. 192).

Para el año 2030 la población colombiana en edad de trabajar (personas de 12 años y más en las zonas urbanas y 10 años y más en las zonas rurales) será de 44,6 millones1.

Al año 2030, la productividad del trabajo colombiano sólo alcanzará –de no hacerse los cambios requeridos– la mitad del promedio mundial. En efecto, en el año 2030 de cada 1.000 habitantes en el mundo 6 serán de nacionalidad colombiana; en contraste, respecto al valor económico global, de cada USD 1.000 producidos por la clase trabajadora en el mundo sólo USD 3 tendrán origen en nuestro país. La baja productividad está ocasionada por la economía extractiva y rentista, poca pertinencia y mala calidad de la educación, la frágil e insuficiente infraestructura vial y de comunicaciones, el sobredimensionamiento, corrupción e ineptitud del Estado, los débiles, atrasados y dispersos procesos de ciencia, tecnología e innovación, los altos índices de pobreza y exclusión. El desafió en los próximos 13 años es que la productividad del trabajo nacional alcance, por lo menos, un nivel equivalente al promedio mundial (actualmente, se requieren 4,3 trabajadores colombianos para producir el mismo valor agregado generado por un trabajador en Estados Unidos).

Cambios en nuestra estructura económica

En el marco de la división capitalista internacional del trabajo, los países se especializan en la producción de uno o varios productos para su venta en el mercado mundial, división que alcanza su máximo desarrollo en el período del capita-lismo monopolista, cuando se establecen estrechos lazos económicos entre países muy diversos por sus condiciones naturales, por su desenvolvimiento económico, por la dependencia política y por la productividad del trabajo social. Este fraccionamiento lleva inherentes hondas contradicciones, fruto de la naturaleza explotadora y opresiva del capitalismo.

Es así como las potencias imperialistas impiden que los países neocoloniales establezcan su propia industria, en particular la conducente a un alto desarrollo científico-tecnológico, base de su posible independencia política, económica y cultural. Incluso, en los casos en que las transnacionales inviertan en los países periféricos, buscan extraer, mediante enclaves, excedentes económicos y obtener materias primas que satisfagan los intereses del gran capital, con desprecio de las necesidades de la población autóctona. Además, un rasgo asociado al imperialismo y a la división internacional del trabajo es la consolidación de la oligarquía financiera, hecho emergente de la alta concentración de capitales en la industria y en la banca; cuando ya logran dominar la economía, los magnates del capital financiero determinan también la política de los estados.

Siempre desde esta lógica geopolítica, la estructura económica colombiana ha privilegiado las actividades extractivas y rentistas (extensivas e intensivas) y la especulación financiera, poco generadoras de empleo y con altas tasas de explotación de la fuerza laboral. Durante el último siglo, el capital productivo pierde importancia en favor de la financiarización de la economía y el sector minero-energético (Gráfico 4). Este modelo extractivo-financiero es cicatero en la generación de empleo y mezquino en la distribución del ingreso. En 1925, la rama de actividad económica “agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” representaba el 59 por ciento del PIB nacional, en 2017 participa solo con el 7,6 por ciento. De 1925 a 2017, la industria manufacturera aumentó su contribución de 10,4 por ciento hasta alcanzar 24,2 por ciento en 1976, para desplomarse pocos años después (2017) a 12,4 por ciento.
 

“Intermediación financiera y actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler” han ganado, en parte, lo perdido por los sectores reales de la economía. El valor relativo de esta rama era de 2,6 por ciento en 1925, y para 2017 ya es de 23,9 por ciento. Otra rama de actividad económica ganadora es la “Explotación de Minas y Canteras”: 1,5 por ciento en 1925 y 7,1 por ciento en 2017 (su contribución al PIB nacional estuvo por encima de 8 por ciento durante 2011-2014).

Estas cuatro ramas de actividad económica contribuyeron, en promedio, con el 70,6 por ciento del PIB colombiano durante la primera mitad del siglo XX. Durante la segunda mitad su participación bajó a un promedio de 57,1 por ciento. En lo corrido del siglo XXI, aportan el 48,4 por ciento. El “Suministro de Electricidad Gas y Agua”, la “Construcción”, “Comercio, hoteles y restaurantes”, “Transporte, almacenamiento y comunicaciones” y los “Servicios comunales, sociales y personales” aumentan su importancia en la estructura económica, hasta alcanzar una contribución del 51,6 por ciento en 2017.

Estructura del empleo y la producción en Colombia, 2001-2017

La economía nacional es el conjunto de ramas de la producción y de la distribución de la fuerza de trabajo entre estas actividades en un país dado. En la estructura económica colombiana no existe una simetría entre las ramas de actividad económica y el empleo generado; sin embargo, existe una causalidad entre los cambios en la estructura económica y las transformaciones en el mercado de trabajo (gráficos 5 y 6).

Durante los años 2001 a 2017, el empleo generado por la actividad “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” cayó de 21,6 por ciento a 16,4 respecto al total de puestos de trabajo. Durante este período, otras dos ramas pierden importancia en la generación de empleo: “Industria manufacturera” pasó de 13 a 12,2 por ciento y “Servicios comunales, sociales y personales” de 22,1 a 19,8 por ciento. La generación de empleo en las ramas “extractivas” mantienen su contribución marginal al total de puestos de trabajo: “Explotación de Minas y Canteras” con el 1,0 por ciento y “Suministro de Electricidad Gas y Agua” con 0,5 por ciento. La importancia relativa creciente en la generación de empleo se concentra en cuatro ramas de actividad económica: “Construcción” (4% en 2001 a 6% en 2017), “Comercio, hoteles y restaurantes” (25,9% a 26,6%), Transporte, almacenamiento y comunicaciones (6,6% a 8,1%) e “Intermediación financiera y las actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler” (5,2% a 9,5%).

En paralelo, durante 2001 a 2017, cinco ramas pierden importancia relativa en su aporte al PIB nacional: “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” (8,7 a 7,6%), “Explotación de Minas y Canteras” (7,8 a 7,1%), “Industria manufacturera” (15 a 12,4%), “Suministro de Electricidad Gas y Agua” (4,6 a 4,0%) y “Servicios comunales, sociales y personales” (18,3 a 16,4%). En comparación, durante estos últimos 17 años, cuatro actividades económicas aumentan su contribución a la producción nacional: “Construcción” (5,0 a 6,7%), “Comercio, hoteles y restaurantes” (12,9 a 13,1%), “Transporte, almacenamiento y comunicaciones” (7,1 a 8,4%) e “Intermediación financiera y las actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler” (20,9 a 23,9%).

En cifras absolutas, de los 22,6 millones de empleos reportados por el Dane, por rama de actividad en junio de 2017, la “Agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca” ocupa a 3,7 millones de trabajadores; la “Explotación de Minas y Canteras” genera 217.132 puestos de trabajo; “Industria manufacturera” 2,8 millones; “Suministro de Electricidad Gas y Agua” 118.280; “construcción” 1,4 millones; “Comercio, hoteles y restaurantes” 6,1 millones; “Transporte, almacenamiento y comunicaciones” 1,8 millones; “Intermediación financiera” 307.852; “Actividades inmobiliarias, empresariales y de alquiler” 1,8 millones; y “Servicios comunales, sociales y personales” 4,5 millones (Gráfico 7).

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