viernes, enero 05, 2018

Rock en las Montañas, un festival para evocar la memoria



Este es un festival de metal, que se realiza en la localidad Ciudad Bolívar, una de las más vulnerables de la Capital de la República. Pero no es un evento musical como cualquier otro. Su idea es abrir un escenario de sensibilización a la defensa de los Derechos Humanos en Colombia.   

Cualquier desprevenido calificaría a un grupo de jóvenes, de camisetas negras con calavera, gárgolas u otro estampado “raro”, como una pandilla de desadaptados, drogadictos, delincuentes, satánicos, peligrosos… en definitiva, despreocupados de la realidad colombiana, insensibles de la sociedad. Pero un grupo de jóvenes desde hace 12 años vienen trabajando en cambiar esa idea que se tiene del rockero, por medio del Movimiento Rock por los Derechos Humanos de Ciudad Bolívar. Y ¿por qué una organización que alterna el metal y la realidad colombiana?

En el 2006, el pleno apogeo de las ejecución extrajudicial (o bien llamadas falsos positivos), las desapariciones forzadas y asesinatos selectivos, se vio masivamente la llegada a Barrios Unidos, Soacha, Ciudad Bolívar y otras localidades vulnerables de Bogotá de familias huyendo de la guerra. La oscura realidad de su entorno los motivó a idear un espacio que buscara resistir a la guerra desde el arte y la música. “No es un ejército de metaleros, ni un ejército negro, sino una forma de generar consciencia”, explica Juan Carlos Prieto, uno de los impulsores de Movimiento.

Desde hace doce años vienen adelantando el festival en la localidad de Ciudad Bolivar en Bogotá. Pero desde 2006, cuando llegaron los falsos positivos, estos metaleros se volcaron a trabajar el tema de los derechos humanos. | Foto: Fredy Nagles, Agencia 180 Grados.
La historia detrás del ‘cabeceo por la vida’

En ese contexto, Prieto, junto a Claribeth Oviedo y Antonio Rodríguez, fervientes amantes de los ritmos de ultratumba, se vieron en la necesidad de reaccionar ante la inoperancia del Estado frene a este panorama. Arman un ‘parche’ para organizar el Festival Rock en las Montañas, pero viendo la desbandada de problemáticas sociales que se incrementaron con la llegada de víctimas del desplazamiento forzado, estos tres muchachos decidieron darle un nuevo rumbo al certamen.

“El festival surge en 2002, pero en el 2006 empezamos a abordar esa realidad tan cruda que vive el país a partir de la desmovilización de los paramilitares y todo el volanteo que le empezó a llegar a jóvenes, esas listas negras para hacer una serie de asesinatos sistemáticos. Y desde ese momento empezamos trabajar el tema de los Derechos Humanos en aras de reivindicar la vida”, dijo Claribeth Oviedo, directora del Movimiento.

Claribeth Oviedo Ramírez, co-directora del Movimiento Rock por los Derechos Humanos de Ciudad Bolívar, Bogotá. | Foto: Fredy Nagles, Agencia 180 Grados.
El Movimiento busca reivindicar la cultura rock como una expresión comprometida con la paz y los derechos sociales. Los metaleros, en este sentido, no son ajenos a la crisis social que vive el país. “El trabajo que hacemos con las víctimas viene desde el año 2010, pero en el Movimiento se estabiliza en el 2013 a partir de una serie de acciones conjuntas con ellos, como lo fue la búsqueda de familiares desaparecidos en la apertura de espacios para a memoria. Ha sido desde entonces un trabajo constante”, explicó la líder social y activista cultural.

Rock en las Montañas se convierte entonces en un festival no solo para la escucha de esta música sino además es la oportunidad para las víctimas de la guerra y la juventud rockera se acerquen unos a otros. Es acercar la cultura metalera a una realidad que viven muchos, que, como ellos, también sufren esa otra forma de exclusión. “Lo que nosotros buscamos a partir del trabajo que hacemos en Derechos Humanos y formación política es generar un proceso con las bandas, para que ellos, directamente desde sus líricas, desde sus puestas en escena, movilicen e incidan en el público”, explicó Claribeth.

Un espacio para la compresión cultural

Jorge Aiza es una de las personas que llegó a Bogotá hace 10 años huyendo de la violencia en el departamento del Tolima. Desde entonces, está asentado junto a 32 familias más en la localidad de Ciudad Bolívar. Como ha podido Jorge ha logrado sobrevivir en una ciudad que está lejos de comprender las dinámicas del campo colombiano. “Por eso, nos hemos organizado y ahora soy coordinador de la Mesa Local de Víctimas, en donde incidimos ante la Alta Consejería para que haya una posibilidad en la reparación y en los derechos que tenemos las víctimas en la ciudad”, resumió.

Hace seis años llegó este hombre a la capital de la República huyendo de la violencia en su natal Tolima. Hoy se ha convertido en un líder social y activista cultural del rock. En la escena metalera bogotana ha encontrado refugio y apoyo. | Foto: Fredy Nagles, Agencia 180 Grados
No encuentra apoyo de muchos, salvo de un grupo de jóvenes que, con sus pintas de negro y extraños estampados en sus camisetas, quienes llegaron a hacer de su música el mejor canal para visibilizar su realidad. “El Festival Rock en las Montañas yo lo acompaño con nuestro grupo desde hace seis años con quienes llegan como comité de derechos humanos a nuestro asentamiento. Ha sido un espacio para visibilizar nuestra problemática y, para ello, nos invitan. Y en la primera invitación que nos hacen, pus me quedo también liderando y me quedo haciendo parte del Movimiento Rock, porque encontramos que también ellos también hacen una reclamación en su música, en su forma de vida. Ellos también de cierta forma han sido víctimas de las segregaciones que el Estado ha generado”, explicó.
“Cuando violaron a mi hija”

Varios relatos encontró 180 Grado en el Festival. Uno de esos es la dolorosa historia de Blanca Nubia Díaz, a quien, se comprobó que los paramilitares, al mando de Jorge 40, le asesinaron el 26 de mayo de 2001 a su hija Irina del Carmen Villero Díaz. “Mi hija era una niña de 15 años, somos de la comunidad wayúu de La Guajira. Ya había terminado de cursar su bachillerato, que tenía como sueño seguir estudiando y sacar adelante su familia, pero no se le cumplieron sus sueños”, relató.

Por ese tiempo, el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia tenían presencia en La Guajira y parte de Magdalena, en donde confidencialmente trabajaban las multinacionales BHP – Billiton, Anglo American y Xstrata, propietarias del Cerrejon, las mismas que desviaron el río Rancherías para extraer de su lecho cerca de 500 millones de toneladas de carbón. En este contexto, fueron asesinados cientos de indígenas y líderes de otros sectores que se oponían al extractivismo, entre los que cayó Irina.

A doña Blanca Nubia Díaz le asesinaron el 26 de mayo de 2001 a su hija Irina del Carmen Villero Díaz. Desde entonces ha venido padeciendo persecución y hostigamiento por quienes habrían torturado y asesinado a su muchacha. | Montaje: Agencia 180 Grados
Por retaliaciones contra su madre, doña Blanca Nubia, los paramilitares secuestraron a la joven, para luego aparecer asesinada en la zona conocida como La Cantera, entre Puestecita y la ciudad de Riohacha. A los días, apareció en una fosa común con signos de tortura y, con los análisis a sus restos, se conoció que la niña fue violada antes de ser asesinada. El 14 de agosto del 2010 en el cementerio de Riohacha, La Guajira, se exhumó el cadáver de Irina, para ser enterrados en el cementerio wayúu.

Hasta el momento, doña Blanca desconoce cuál haya sido el motivo del asesinato de su hija. “No sé el porqué. Yo hacía parte de una organización llamada Asociación de Mujeres Indígenas Campesinas de Colombia – Anmucic con 32 años de fundada. Éramos como 200 mil mujeres de todo el país, que apenas estamos volviendo a crecer, porque nos desaparecieron a muchas, otras les tocó irse a otros lados por las amenazas. Mi hija también hacía parte de la Juco. Entonces no sé cuál sería el argumento para matarla”, dijo.

Pese a sus años y no comprender mucho esa música, la señora desde que llegó a Bogotá se hizo partícipe de las actividades del Movimiento Rock. “Yo les agradezco a estos muchacho por el apoyo que nos brindas siempre. Estos muchachos tienen una visión diferente y muy grande de la realidad. Tienen la energía de querer con sus acciones cambiar el país. Este festival es muy importante por eso”.

Por retaliaciones contra su madre, doña Blanca Nubia, los paramilitares secuestraron a la joven, para luego aparecer asesinada en la zona conocida como La Cantera, entre Puestecita y la ciudad de Riohacha. A los días, apareció en una fosa común con signos de tortura y, con los análisis a sus restos, se conoció que la niña fue violada antes de ser asesinada. El 14 de agosto del 2010 en el cementerio de Riohacha, La Guajira, se exhumó el cadáver de Irina, para ser enterrados en el cementerio wayúu.

Hasta el momento, doña Blanca desconoce cuál haya sido el motivo del asesinato de su hija. “No sé el porqué. Yo hacía parte de una organización llamada Asociación de Mujeres Indígenas Campesinas de Colombia – Anmucic con 32 años de fundada. Éramos como 200 mil mujeres de todo el país, que apenas estamos volviendo a crecer, porque nos desaparecieron a muchas, otras les tocó irse a otros lados por las amenazas. Mi hija también hacía parte de la Juco. Entonces no sé cuál sería el argumento para matarla”, dijo.

Pese a sus años y no comprender mucho esa música, la señora desde que llegó a Bogotá se hizo partícipe de las actividades del Movimiento Rock. “Yo les agradezco a estos muchacho por el apoyo que nos brindas siempre. Estos muchachos tienen una visión diferente y muy grande de la realidad. Tienen la energía de querer con sus acciones cambiar el país. Este festival es muy importante por eso”.

¿Y la escena rockera neivana qué aporta a la paz?

La escena rock en la capital huilense ha generado algunas acciones sociales alternas a su dinámica musical. Sin embargo, estaría lejos de considerar sus espacios en verdaderos escenarios de encuentro y reivindicación de derechos. Pese a que es la ciudad de mayor recepción de comunidades en situación de desplazamiento de la región Surcolombiana, su ciudadanía pareciere no tocarse con el fenómeno.

“El Huila tiene cerca de 190.000 víctimas, de las cuales 87.000 están en Neiva, y en este momento no tenemos claro cómo se va a garantizar el acompañamiento jurídico, psicosocial, el acceso técnico en los procesos de recolección de pruebas y cómo se va a brindar verdad y justicia a esos casos”, explicó Oscar Prieto, del Observatorio Surcolombiano de Derechos Humanos, Obsurdh.

Redacción 180 Grados