jueves, enero 04, 2018

¿Se está agotando el combustible del tren de la paz en Colombia?



| Por: Cristian Camilo Barrera Silva / Rebelión |

Al poco tiempo de iniciar el proceso de negociación entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, los medios hegemónicos y el gobierno dieron impulso a la metáfora del “tren de la paz”. 


Esta como todas las alusiones públicas de las élites no estuvo desmarcada de matices ideológicos e intereses de clase. Con la idea de la paz como una locomotora habían dos asuntos relevantes que interesaba posicionar al gobierno colombiano: por un lado, relacionar la dinámica de la paz con un tren por la dificultad de hacer irreversible la marcha de un tren, y con ello llegar al fin de las farc como grupo armado, y por otro lado para hábilmente articular la dinámica de la solución política con la política estratégica bajo la cual Juan Manuel Santos se hizo elegir como representante de la oligarquía Colombiana en 2010, ya que él desde su primera elección como presidente, habló de las denominadas locomotoras de la inversión. Entonces, para Santos y el sector financiero y económico que lo apoyó para llegar a la casa de Nariño, la paz desde el principio estuvo pensada directamente como una variable ligada a las posibilidades de inversión extranjera, como oportunidad de negocios entre sectores empresariales con ventajas de información y de relaciones para poder mejorar sus rendimientos, y en últimas, como una gran posibilidad de atraer capital y profundizar dinámicas de acumulación.

Ya  van más de cinco años de esta metáfora del “tren de la paz”, y lo que busco en    las líneas que siguen es provocar la reflexión sobre cinco asuntos que podrían ser indicadores de que se está agotando el combustible de ese tren y que por tanto    podría dejar de avanzar.  Incluso, si queremos ir más allá, podríamos decir que en  lugar de estancarse en un punto fijo, al parecer este dichoso tren estaría enfrentando  el tramo inicial de una elevada montaña, una con las condiciones y características    que podemos encontrar fácilmente en nuestra geografía, en nuestra historia, o en nuestra compleja y convulsionada realidad colombiana. Tal vez este tren no tenga la capacidad, la potencia y la voluntad de ascender de acuerdo a las condiciones de nuestra realidad y de nuestra historia como para conquistar la cima y llegar a una Colombia en paz. Triste, pero certero.

A continuación desarrollaré cada uno de los cinco indicadores que pueden dar cuenta del agotamiento del combustible del tren de la paz.

1.         LOS INCUMPLIMIENTOS DE LA OLIGARQUÍA A LAS FARC.

Luego de los acuerdos a los que llegaron las FARC  y el gobierno en La Habana,   Cuba a mediados de 2016, se hizo en Septiembre de ese año un acto protocolario en la ciudad de Cartagena para hacer oficial la firma de estos acuerdos. Una impresionante logística y un rimbombante evento de camisas blancas y gente  pomposa tuvo lugar en la ciudad amurallada. Allí miles de invitados del  gobierno fueron convocados como testigos para presenciar la firma de un acuerdo histórico. Sin embargo, pasó algo al mejor estilo de las telenovelas Latinoaméricanas, y lo que  en principio se pensó sería un camino de rosas a la reconciliación y al éxito de la     paz, se empezó a transformar en una trocha espinosa. En primer lugar, la historia empezó a perder su color rosa cuando el 2 de octubre de 2016  ganó el NO en las  urnas en un plebiscito para consultarle al pueblo colombiano si  aprobaba  los  acuerdos a los que habían llegado el gobierno y las FARC. Luego de eso, las élites empezaron a modificar sustancialmente los acuerdos y a imprimir intencionalmente  dos dinámicas en el proceso con las FARC: la renegociación de los acuerdos, y los incumplimientos a la implementación.

En principio, para legitimar la renegociación se habló en los grandes medios de tres cosas: de una supuesta ideología de género en los acuerdos, de que los acuerdos blindaban jurídicamente a los guerrilleros y se generaba una amplia impunidad para  las FARC sobre hechos del conflicto, y se planteó la negativa a otorgar participación política a cualquier miembro de esa organización  insurgente.  La  renegociación  puede entenderse en tres momentos: el primero, en lo que el Uribismo logró quitarle política y jurídicamente a los acuerdos como principal abanderado del NO,  en  segundo momento, los acuerdos fueron renegociados porque fueron aprobados parcialmente por medio de actos legislativos gracias a una figura llamada Fast Track, allí tanto el senado como la cámara lograron modificar elementos de estos acuerdos y además no se aprobaron la totalidad de leyes que agrupaban todo lo que estaba en los acuerdos. Y en tercer lugar, los reductos de propuestas que estaban en los acuerdos y que lograron ser aprobadas por vía de fast track, deben pasar finalmente por el filtro de la corte constitucional, todo esto con el agravante de los antecedentes de la historia institucional de Colombia, donde se aprueban cada  año  cientos  de leyes, pero que no se cumplen o tardan varios años para su implementación.

Sobre los incumplimientos a la implementación, vale la pena resaltar lo evidente para comenzar. Quienes hemos tenido la oportunidad de visitar algunas regiones alejadas de Colombia hemos podido presenciar el drama humanitario que padecen cientos de ex combatientes de las FARC que están a la deriva por no tener garantizadas unas condiciones de vida, ni mucho menos tienen certeza de futuro en el corto tiempo. De acuerdo a un reciente informe de la ONU, en las zonas veredales solo queda el 49% de los guerrilleros inicialmente cansados para la reincorporación. El grave y complejo fenómeno de las denominadas disidencias (tanto las políticas como las económicas) es algo que no ha sido analizado con suficiente rigor y profundidad, y a mi criterio, no es un fenómeno que sea únicamente culpa de las FARC, sino que es principalmente responsabilidad del gobierno por su lenta, desgastante y burocrática forma de implementar que ha sido diseñada para incumplirle al pueblo colombiano.

Se podrían mencionar también otros asuntos que tienen relación directa con los incumplimientos. Por ejemplo hay incumplimientos al indagar en el avance real de los denominados PDET, al revisar las estrategias y los alcances en los territorios de la política de sustitución de cultivos de uso ilícito, y otra forma de incumplimiento está en la probable ausencia de las élites a los ejercicios de verdad que se darán en el marco de la denominada JEP por su nuevo carácter de voluntariedad.

El panorama y futuro de las FARC es incierto, y esa incertidumbre está cerrando una  de las válvulas que alimenta el motor del tren de la paz. Si el proceso de implementación sigue marcado por los incumplimientos por parte del gobierno y por una estrategia de las élites de renegociar y recortar las cosas que puedan beneficiar    a las mayorías, con ello harán simplemente inviable este proceso.

2.         EL DIFÍCIL PROCESO DE NEGOCIACIÓN ENTRE LAS ÉLITES Y EL ELN.

A pesar de llevar sólo 11 meses de instalada la fase pública  de  negociación,  el proceso entre el gobierno y el ELN ha estado marcado por tres elementos relevantes que vale la pena mencionar. En primer lugar, por el carácter de la agenda de negociación, en segundo lugar, por las reflexiones que ha generado al ELN  la  dinámica de incumplimientos del gobierno con las FARC, y en tercer lugar por la concreción del primer cese bilateral acordado en la historia entre las partes.

Sobre el carácter de la agenda de negociación, merece la pena resaltar un elemento novedoso que imprime una dinámica distinta a este proceso: el punto 1 de la agenda de negociación en este proceso se denomina como “participación de la sociedad”. Si revisamos la historia encontramos que desde la década de los 90 el ELN había propuesto un ejercicio asambleario de participación de la sociedad para conocer sus propuestas y aportes en la solución del conflicto social y armado, esto por medio de un ejercicio denominado como la “convención nacional”. De acuerdo a lo que han  dicho en varias entrevistas algunos miembros de esa organización, la ausencia de un proyecto de nación es el principal problema de Colombia, ya  que hay unas formas     de representación política excluyentes y desiguales, de ahí que sea necesario crear   un ejercicio asambleario denominado como convención  o  gran  diálogo  nacional,  para que allí se pueden establecer consensos y rutas para definir un proyecto de nación que permitan superar el conflicto social y armado que  ha  vivido Colombia desde su origen como república.

Resulta evidente que hasta el día de hoy la dinámica de participación de la sociedad ha sido objeto de importantes pugnas y discusiones entre el ELN y el gobierno en la mesa de negociaciones en Quito. Para el gobierno y la oligarquía no es estratégico abrir escenarios de participación a la sociedad dado que la única forma de participación reconocida por el régimen ya está cooptada mayoritariamente por sus intereses y maquinarias: la participación en un modelo electoral diseñado de acuerdo a sus capacidades y formas de manipulación. A pesar de esa  compleja pugna, es importante resaltar que a principios de noviembre de 2017  tuvieron lugar    los primeros ejercicios de participación de la sociedad  denominados  como  “audiencias preparatorias”, allí tanto delegados del ELN como del gobierno tuvieron oportunidad de escuchar a más de 200 representantes de  la  sociedad,  quienes  dieron a conocer sus propuestas y recomendaciones sobre cómo debería darse la participación de la sociedad en el proceso.

Sobre las reflexiones que los incumplimientos a las FARC han provocado en el proceso del ELN solo se conocen públicamente dos reuniones que tuvieron lugar este año entre ambas organizaciones. La primera en Cuba y la segunda en Ecuador, allí las FARC contaron algunos detalles del proceso de implementación y compartieron algunos detalles de su experiencia de negociación. Sin embargo, más allá de lo protocolario de estas dos reuniones, vemos también que hay algunas recientes declaraciones hechas por miembros del frente occidental del ELN a medios de comunicación, allí queda en evidencia que la experiencia de FARC si ha generado al interior del ELN importantes advertencias y dudas sobre como deben acordarse los protocolos durante la negociación para que las élites no saquen ventaja de ello y no hagan asimétrica la negociación. Una de las consecuencias de ello es que si en principio la dinámica de negociación entre el ELN y el gobierno era mucho más lenta y compleja que en el caso de las FARC, la realidad de esa experiencia está generando importantes debates al interior de los elenos, lo cual añade otro ingrediente de escepticismo y hace mucho más difícil la negociación.

Sobre el primer cese bilateral en la historia entre las partes, hay que reconocer el compromiso y voluntad inicial de las dos partes por  concretar  este  escenario  pensado para generar confianza. Sin embargo, quedan en medio del cese algunos asuntos que pueden hacen más complejo concretar una prórroga del mismo. De acuerdo a lo que se conoce por redes sociales recientemente, se supo que los delegados del ELN para el escenario de verificación del cese se retiraron del espacio por el colapso de labores y por las evidentes tensiones que allí  se  han  dado.  También se supo que en el periodo del cese hubo tres situaciones en las que las fuerzas militares atacaron unidades del ELN (2 veces en Chocó y una en Norte de Santander). También merece la pena resaltar el elemento más tensionante del cese, que se dió cuando el ELN reconoció su autoría en el asesinato de un líder indígena    en el Chocó. Pero a pesar de estos elementos de tensión también hay que resaltar las voces de varias comunidades que afirmaron percibir alivios y  escenarios  de  distensión en sus territorios durante el cese bilateral. En los próximos días se sabrá si se renueva el cese bilateral y los términos en los que se concretaría.

Si bien hay avances importantes en este proceso de negociación en el tiempo que lleva, también es claro que el panorama de los diálogos es bastante incierto por varios factores: la proximidad de una nueva coyuntura presidencial y lo que ello

implique en el proceso mismo de negociación, también por la reciente renuncia de  Juan Camilo Restrepo como jefe del equipo negociador del gobierno y el  nombramiento de Gustavo Bell como su reemplazo, con ello es probable que  la llegada de un nuevo jefe negociador haga más lento y repetitivo el proceso y su avance, el futuro de estas negociaciones también va depender de la voluntad y disposición del gobierno por que avance cuánto antes la dinámica de participación de la sociedad, y también quedan algunas dudas sobre la posibilidad de concretar o  no, un nuevo cese bilateral y sus consecuencias positivas o negativas en la realidad  del país. Y finalmente quedan por mencionar las dudas y discusiones  que seguramente hoy tiene el ELN de cara a los alcances y posibilidades de una negociación política con las élites de Colombia tomando como  referente  la  experiencia de FARC.

3.         LA VIOLENCIA POLÍTICA NO CESA CONTRA LA SOCIEDAD. VAN MÁS DE 450 LIDERES SOCIALES ASESINADOS EN COLOMBIA EN LOS ÚLTIMOS 6 AÑOS.

La situación de los asesinatos de líderes sociales en Colombia es algo preocupante y de unas proporciones enormes. Es de resaltar y exaltar la valentía de un gran número de líderes y lideresas populares y sociales que han permanecido en sus luchas cotidianas a pesar de los enormes y evidentes riesgos que tiene su labor. La aterradora cifra de más de 450 líderes asesinados en los últimos 6 años puede ser corroborada si se verifican las fuentes de tres organismos que han venido estudiando el fenómeno de los asesinatos de los lideres: las cifras del Programa Somos Defensores, algunas cifras del observatorio de la cumbre agraria, y algunos datos de la defensora del Pueblo.

De acuerdo a lo que se pudo indagar, la mayoría de los líderes y lideresas asesinados eran reclamantes de tierras, eran personas que promovían la defensa de derechos ambientales y se oponían a proyectos de minería e hidrocarburos, o eran personas que defendían derechos colectivos de comunidades indígenas, afro, y campesinas. Esto contrasta con las mediocres y groseras afirmaciones recientes del ministro de defensa de Colombia, quien sostuvo públicamente que los asesinatos de los líderes sociales en Colombia eran por líos de faldas. Yo considero que hay patrones de orden social y político que permiten identificar la persistencia de mecanismos de violencia privada y semi oficial, motivada por intereses de grupos políticos y económicos, quienes están propiciando y manteniendo dinámicas de poder para asesinar y amenazar a líderes sociales en los territorios.

No está de más recordar que después de Haití, Colombia es el segundo país más desigual del hemisferio. De ahí que persista en este país una fuerte dinámica de concentración de la propiedad rural, lo cual impide que muchos campesinos puedan acceder a suelos adecuados para poder desarrollar sus labores. A pesar de que por  las condiciones del suelo Colombia tenga una vocación agrícola, con la dinámica paramilitar apadrinada por Álvaro Uribe a inicios del 2000, se despojó a millones de campesinos de sus tierras y se propició con ello la consolidación de amplios latifundios de ganadería y monocultivo.

En cualquier lugar del mundo generaría terror dimensionar semejante cantidad de líderes sociales asesinados, mientras aquí en Colombia el Estado no cumple su labor constitucional, antes por el contrario en algunos casos es el mismo Estado el responsable del asesinato de esos líderes, pero en lugar de reconocerlo, asume su respuesta sistemática de negar las dinámicas del terrorismo de Estado y vuelve a exponer la hipótesis de la época contra-insurgente de las manzanas podridas. Así mismo, niega públicamente la existencia del paramilitarismo, y demuestra su incapacidad estructural de ser un Estado legítimo y que llega a todo el territorio nacional. Todos los días miles de líderes sociales se levantan y se acuestan en sus territorios y habitan sus lugares cotidianos en medio de una terrible  zozobra  por pensar que en cualquier momento pueden ser amenazados o asesinados, y mientras eso pasa, el gobierno se la pasa de coctel en coctel y de ceremonia en ceremonia llenándose la boca con la palabra paz, y alimentando sus bolsillos con los recursos de la inversión y cooperación internacional para el “pos-conflicto”.  ¿Será que el tren de la paz pensado por las élites colombianas tiene  intencionalmente  algo  de  parecido con los trenes de la muerte del nazismo alemán? Por qué no deja de causar indignación y dolor una cifra tan alta de personas que fueron asesinadas por exigir     de manera valiente y digna una Colombia distinta.

4.         LAS ELECCIONES PRESIDENCIALES DEL 2018.

El ejercicio del poder político en Colombia desde hace mucho tiempo ha estado amarrado a una dinámica caudillista y como consecuencia de ello el régimen político colombiano se ha configurado bajo una dinámica presidencialista. Esto tiene una consecuencia particular, y es que en lugar de proyectar una política de Estado, cada gobernante inventa y define una propuesta de país proyectada a cuatro años. Es   decir,  cada gobernante asume una labor corto-placista y busca imprimir su sello en   los 4 o 8 años de gobierno (en caso de hacerse reelegir). Por  ello, en este periodo     se habla comúnmente de la política de paz del gobierno Santos y no de la búsqueda  de la paz del conjunto del Estado Colombiano. Colombia es un Estado fragmentado conformado por varios poderes, y es evidente que no hay un consenso en estos poderes sobre la posibilidad de la construcción de la paz. Por  ejemplo, hay sectores  de estos poderes hegemónicos que insisten en la vía militar y  autoritaria  para  imponer un modelo de sociedad y de apuesta económica, de ahí que se rumore la creciente soledad de Santos dentro del conjunto de las élites en el momento actual, bajo el entendido que ya no lo apoyan y respaldan en la vía de la solución política.

La elección en 2018 de un nuevo presidente en Colombia de entrada es un hecho traumático y complejo para ese dichoso tren de la paz. Cada candidato puede hacer de la política de paz un comodín electoral y ello pone en grave riesgo la garantía y posibilidad de que puedan avanzar las reformas y las acciones de confianza que permitan avanzar con el proceso de implementación con las FARC, pero también dar curso al reciente proceso de negociación con el ELN. Además de la variable de las negociadores con los grupos insurgentes hay otros asuntos ligados a la paz pero que tienen que ver directamente con las comunidades, ello también supone grandes retos para el próximo gobernante. Debemos reconocer el hecho de que algunos sectores    de la sociedad colombiana vienen de tiempo atrás en una dinámica de movilización  y resistencia a formas de despojo, saqueo y vienen exigiendo  la  garantía  de  derechos y el cumplimiento de acuerdos previos del gobierno, y ello también se configura en políticas de paz.

Hoy ninguno de los candidatos a la presidencia de Colombia con posibilidades reales de llegar a la casa de Nariño ha expresado oficialmente su postura de cara al tema de la paz. Se sabe que esté será uno de los temas centrales dentro de la disputa de opinión en la recta final de la contienda electoral del 2018, y se sabe que ligado a ese debate entre candidatos sobre qué representa e implica la paz, irán emergiendo elementos novedosos que puedan generar discusiones, tensiones e incluso rupturas con la política de paz de Santos. Ello supone reconocer que este dichoso tren de la paz probablemente no está construido de un material lo suficientemente resistente como para aguantar más de 8 años, sino que es más bien es una figura de porcelana que al pasar a manos de otro gobernante podría irse al suelo y descomponerse rápidamente. La Paz no es una política de Estado en Colombia, y la principal consecuencia de ello es que buena parte de las posibilidades de su realización o no, depende de los intereses y voluntades de quien asuma la próxima presidencia en Colombia, por ello hay un evidente limbo sobre si al próximo gobernante le interesa conservar o desechar la mimada figura del tren de la paz que habrá de recibir de su antecesor a mediados del otro año.

5.         LA DIVISIÓN DE LA IZQUIERDA Y EL CAMPO ALTERNATIVO.

La mayoría de los análisis y reflexiones del momento actual en Colombia se enfocan  en describir las diferencias y tensiones vigentes al interior del bloque hegemónico del poder político. Para ello se esbozan las posiciones Santistas y se contraponen a ella  las apuestas de uribismo, entorno a ello se empiezan a proyectar escenarios, situaciones y consecuencias para poder con ello proyectar y analizar escenarios. Sin embargo, propongo en este espacio realizar un ejercicio contrario y en  lugar  de  revisar el campo hegemónico, propongo más bien hacer un análisis somero  del  campo contra-hegemónico, que a mi criterio no está ausente de tensiones, divisiones   y disputas muy fuertes, tal como sucede con la contraparte de lo hegemónico.

Un lugar común dentro de la izquierda colombiana y el campo alternativo (en su mayoría), en este contexto ha sido el de abrazar la consigna de la paz con justicia social como la principal bandera política alrededor de este tema. Sin embargo, queda cierto sinsabor cuando se pone en evidencia que por la diversidad de actores, de territorios y de perspectivas de resistencia que hay en Colombia, no ha sido posible hasta el momento generar una propuesta práctica de consenso y articulación real entorno a lo que implicaría y traduciría esa consiga de la paz con justicia social en la realidad de Colombia. Un reto fundamental para el campo alternativo hoy es dar un salto de lo que retóricamente existe, a una proyección de la paz en la materialidad y capacidad real del conjunto de la izquierda y lo alternativo. Especular sobre la paz y girar alrededor de asuntos meramente discursivos y retóricos podría ser tan peligroso para la izquierda como fantasear con fábulas de trenes y otras metáforas inviables o que podrán desvanecerse rápidamente. Hoy el país reclama propuestas concretas y salidas urgentes a problemas estructurales, y si la izquierda no construye de manera colectiva un programa común de país y de nación será muy difícil ganar legitimidad y construcción de poder real.

Debemos reconocer que hoy desde varios lugares del espectro ideológico de la izquierda se asume de manera distinta la paz, y mientras algunos lo hacen desde posiciones y valoraciones tácticas, encontramos a otros dándole  mayor  énfasis  y peso dentro de sus luchas y banderas estratégicas en algunos procesos organizativos. Si bien es importante celebrar y reconocer la diferencia, también es importante advertir que la ausencia de consensos y puntos comunes dentro de la izquierda de cara a lo que es y sería la paz, podría ser en el futuro próximo un tema detonante de disputas, tensiones y rupturas al interior del campo alternativo. Por ello debemos desde ahora procurar por erradicar y no permitir dentro de la izquierda la persistencia de lógicas vanguardistas, los personalismos, la ausencia de lógicas realmente democráticas al interior de los procesos organizativos, y la ausencia de debates con altura, respeto y franqueza. Debemos insistir en la necesidad de establecer dinámicas reales de unidad y articulación de la izquierda, y no permitir  que otra coyuntura electoral termine de reventar y dividir  a  esta  golpeada,  pero  digna izquierda colombiana que tiene un reto de grandes proporciones en este momento de Colombia. De nada sirve en la coyuntura actual que las élites estén divididas si el campo alternativo está aún más fragmentado y disperso.

La Paz más que una posibilidad, es un anhelo de las mayorías en Colombia, pero junto a la paz está la necesidad de conquistar escenarios de derechos, de garantías y condiciones de dignidad para las grandes mayorías que han estado excluidas y no aguantan más una realidad tan desigual e injusta como la que vive Colombia. La historia será implacable en la labor que habrá de jugar en este momento la izquierda y lo alternativo por trabajar en disputar y conquistar ese dichoso tren de la paz, y llevarlo por un camino de verdaderas posibilidades de transformación y esperanza para el pueblo colombiano.

UNA REFLEXIÓN DE CIERRE Y PARA PENSARNOS EL CUENTO DEL TREN DE LA PAZ. ¿PAZ PARA DARLE BIENESTAR Y DERECHOS AL PUEBLO Ó PAZ COMO ESTRATEGIA DE SAQUEO Y EL DESPOJO TRASNACIONAL?

Como balance final a este documento, y siendo coherente con lo expuesto en las líneas anteriores, propongo imaginar un tren con dos cabinas de mando: una puesta en la parte delantera y con dirección a la derecha, y otra cabina de mando puesta en la parte trasera y con dirección a la izquierda. La primer cabina es comandada por la oligarquía de este país, y la otra cabina está a la espera de ser controlada de manera organizada y consensuada por el campo alternativo. Mientras el maquinista de la primer cabina tiene como destino final llegar a un punto de la historia llamado puerto saqueo, lugar conocido por ser el centro del despojo y la acumulación de capital para los intereses privados, el otro grupo de maquinistas ubicados en la otra cabina de mando sabe que tiene como punto de llegada un lugar de la historia llamado la nación de los pueblos, lugar donde se respetan las diferencias de todo tipo, reconocido mundialmente por ser un lugar donde las decisiones se toman de manera democrática, donde la gente puede vivir digna y libremente, y donde se conquistan alegrías, esperanzas y cosechas de utopía como resultado del trabajo, el estudio y la organización de la gente.

Al interior de los 48 vagones de este curioso tren de dos cabinas está la sociedad colombiana, aunque llama la atención la distribución de personas y cosas de manera desigual y extraña en ese tren. Por ejemplo, en los vagones  más  cercanos  a  la cabina de la derecha podemos ver algunos de ellos llenos de  vacas  y  armas,  también vemos algunos de estos vagones con muy pocas personas, quienes gozan de todo tipo de lujos y privilegios. No son más de 30 familias las que se reclaman como dueñas de un poco más de la mitad de ese tren, es decir,  menos de 500 personas   son dueñas de más de 24 vagones. Justo en la mitad del tren vemos un vagón atiborrado con hombres y mujeres vestidos con prendas militares, son los más de 500.000 soldados y policías contratados por estas élites para cuidar su  vasta  extensión del tren, los soldados son ubicados estratégicamente en este vagón para evitar que cualquier persona de las mayorías atiborradas en el resto del tren no se atreva  a recuperar el que algún día fue su pedazo de vagón o el de su familia y que  fue despojado en algún momento por la fuerza y el engaño de estas élites.

En la otra mitad del tren la situación es bastante compleja. Hay una mescolanza de pueblos, historias, realidades, y formas de vida. A pesar de que en casi todos estos vagones existan situaciones comunes como pobreza, falta de empleo, y limitaciones para el acceso a derechos como educación y salud, y donde se viven cosas de la cotidianidad como discusiones y conflictos, también es claro que existe todavía una chispa de esperanza y alegría popular en muchas de las personas que habitan estos vagones, tienen gran expectativa por que los maquinistas de la cabina del costado de la izquierda se pongan las pilas y lleven con determinación y compromiso a todas estas mayorías al anhelado lugar de la historia llamado la nación de los pueblos.

De ese complejo mosaico representado en el tren donde viaja la sociedad colombiana emergen algunas preguntas para a reflexión, por ejemplo ¿será que las mayorías van a seguir aguantando esa dinámica de acorralamiento y falta de derechos que padecen en sus vagones o se van a insubordinar pronto a esa situación desventajosa y violenta propiciada por las 30 ambiciosas familias? ¿falta mucho para que los maquinistas del vagón de la izquierda escuchen el clamor mayoritario de las personas atiborradas en la mitad de los vagones y finalmente se pongan de acuerdo en la manera de organizarse y poder llegar al punto de la historia al que se espera llegar algún día? ¿cuánto combustible les queda a los maquinistas de la derecha para seguir avanzando a puerto saqueo de la manera criminal y salvaje como lo están haciendo?

El tren de la historia continua su marcha implacable, y Colombia atraviesa desde su propia marcha un momento de grandes complejidades e interrogantes. Hoy la disputa coloquialmente fue bautizada con el apellido de paz, pero los demócratas y emancipadores sabemos que la paz no debe ser reducida solamente la ausencia de guerra, la paz para las mayorías será siempre la posibilidad de vivir y ejercer dignidad, solidaridad y emancipación para los pueblos. Y para conquistar la paz real debemos caminar con calma y determinación. Como diría Camilo hace ya medio siglo, “la lucha es larga, comencemos ya!”.