miércoles, febrero 14, 2018

El corazón en la garganta



| Por: Carolina Uribe / El Furgón* |

En 2010, Sudestada viajó a Uruguay y acompañó a las murgas “A Contramano” y “La Mojigata” en sus recorridos por los tablados montevideanos. Entre canción y canción, la visión de las  generaciones que renuevan el camino marcado por agrupaciones emblemáticas como “Araca La Cana”, “Los Diablos Verdes”, “La Reina de la Teja” y “Falta y Resto”.

Cae el sol en Montevideo. La brisa que llega desde el río multiplica el eco de los tambores que suenan en los barrios durante cada noche de febrero. En los clubes, los murguistas se preparan para la recorrida por los distintos tablados donde todos los días los esperan los amantes del carnaval.

La Mojigata

En el club FOEMYA la actividad es intensa. El patio de paredes pintadas con consignas sindicales se transforma cuando llega la murga La Mojigata antes de la actuación de esa noche en el Tablado del Velódromo. Todo está organizado: cuelgan tres espejos, despliegan tarritos con maquillajes, se cubren las caras con una base blanca, y luego líneas, colores y brillos comienzan a dar vida a sus personajes. Se ayudan unos a otros a pintarse los detalles mientras un gran perchero sostiene los trajes y en el suelo una montaña de zapatos espera su turno para vestir los pies de los murguistas. Una chica da las últimas puntadas a un elástico flojo y cose algún botón que quedó suelto.

Juan es uno de los cantantes y, mientras se calza unas larguísimas medias verdes, cuenta que está feliz porque “uno viene ensayando durante meses y salir a cantar en un tablado lleno de gente en una noche divina, con una buena energía, se disfruta mucho. Es cansador pero está buenísimo”. Los directores se van juntando en un costado y repasan los arreglos rasgando sus guitarras hasta que se haga la hora de subir al micro para llegar a tiempo a la función. La Mojigata se traslada en un colectivo de línea, alquilado para toda la temporada de carnaval. Allí se reparten las pelucas y los accesorios que necesitan para actuar, un mate circula de mano en mano y los murguistas ensayan divertidos uno de los cuplés que repetirán luego en el escenario: En el brazo que abraza al que duerme a tu costado/ En los pies de barro del murguista que ahora canta/ Se mete en todos lados la costumbre/ Va etiquetando vidas/ Recorriendo heridas, fotos, besos/ Situaciones y formas de ser…/ ¿A qué te acostumbraste hoy?.


El Velódromo los recibe repleto de público. La gente desborda la capacidad del lugar, generando un clima ideal para la actuación de la murga. Suben al escenario entre palmadas en la espalda y palabras de aliento como “¡vamo’ arriba, muchachos!”. Suenan los platillos, el redoblante y el bombo de la batería, y el coro se eleva hasta estremecer a las miles de personas que lo escuchan.
 A Contramano

En el fondo del club Capurro, un patio cobija a los murguistas de A Contramano. Están ahí a pesar del inevitable cansancio que sienten después de un mes de carnaval con cuatro o cinco actuaciones por día, aunque cada vez suben al escenario entusiasmados como si fuera la primera. De un alambrado cuelgan los trajes y las capas que los esperan ondulando desde sus perchas. Hace calor y no se visten hasta último momento, pero sí se maquillan frente a dos espejos de pie, algunos solos y otros con la ayuda de los compañeros, y se quedan por ahí mateando, charlando, riendo con sus rostros coloridos que los hacen irreconocibles. De a poco descuelgan los disfraces, el director afina la guitarra, consiguen algo para tomar en el camino y van yendo para el ómnibus. Seis escenarios los esperan esa noche. A Contramano viaja en un micro de larga distancia donde cada murguista tiene un asiento propio y otro a su lado para apoyar la capa y el enorme sombrero, pero eso no les impide charlar y reír, compartir el mate y alguna cerveza. Allí aprovechan para planificar qué parte harán en cada tablado, e incluso improvisan una pequeña frase que incorporan en el momento para unir dos cuplés. La primera actuación de la noche es en un “Rondamomo”, escenario móvil que la intendencia de Montevideo traslada cada día a distintos barrios que no cuentan con tablados fijos, para que nadie se quede sin participar del carnaval. Montado en un camión, el espacio alcanza justo para que la murga, un poco amontonada, haga lo suyo… Luna que nos besa cada noche al despertar./ Murga que al sonar vuelve al carnaval…/ Los personajes con sus historias se cruzan en la ciudad,/ debajo del antifaz, esconden su realidad…/ Son pasajeros de un viaje carnavalero,/ llegan al barrio buscando abrazos cada febrero. Termina el show y otra vez al micro, rápido, para llegar a tiempo al próximo lugar, el Tablado del Museo en la zona del puerto de Montevideo. El calor deja su huella, pero el maquillaje un poco corrido no basta para desanimar a los murgueros que cantan otra vez, con la pasión intacta.


La murga

El carnaval es una tradición muy arraigada en el pueblo uruguayo, y es habitual escuchar a la gente comparar un conjunto con otro y debatir como si de equipos de fútbol se tratara. Dicen por allí que el tono de sus voces viene de los canillitas y feriantes, que necesitaban elevar su pregón por sobre los ruidos de la calle; de los vendedores ambulantes que al final de la jornada se juntaban en los bares y cantaban porque sí, para divertirse. También se supone que casi no hay mujeres integrando murgas, porque surgieron de lugares de hombres. Según Laura, que forma parte de La Mojigata, “ha cambiado bastante todo con respecto a las mujeres en las murgas. Al principio hacíamos un esfuerzo por tratar de sonar como una murga de hombres y que no se notara que había mujeres. Era muy difícil para una poder acomodarse sonoramente al timbre de ellos. Con los años, los que arreglan y piensan en las músicas fueron incorporándonos y dándonos un lugar. Eso está buenísimo porque te permite explotar el lado femenino, mostrar que sonamos, nos movemos y bailamos distinto”.

La inclusión de mujeres no es el único cambio que tuvo la murga con el tiempo. Las voces ya no salen de los pregones y, sutilmente, el tono varía poco a poco. La estética y los contenidos también se fueron modernizando. Siempre fue el espacio ideal para criticar al gobierno de turno, plantear problemáticas sociales, reírse de algún personaje famoso y de sí mismos, pero desde que el Frente Amplio ganó las elecciones, por primera vez, las críticas son otras. Sin perder la esencia, hay matices que se perciben distintos. Algunas optan por la crítica a los partidos políticos de derecha, a la idiosincrasia uruguaya, argentina y de otros países latinoamericanos, y la burla inofensiva hacia el nuevo presidente, José Mujica.


Pablo “Pinocho” Routin es un reconocido murguista y uno de los letristas de A Contramano, donde además de ser responsable de la puesta en escena, canta y actúa. Él cree que, en cuanto a los textos, la murga está volviendo a los inicios, antes de la dictadura militar. “Hasta ese momento fue mucho más poética, de un humor más liviano, era ver al vecino disfrazado. El murguista no tenía la categoría de artista que tiene ahora, sino que a las siete de la tarde iba, se cambiaba, se ponía una peluca y salía a divertirse. Las voces eran naturales, los arregladores eran más amateurs. Después viene un período en donde pasa a ser una herramienta de protesta, para decir las cosas que no se pueden nombrar abajo del escenario. Cuando cae la dictadura, hay una explosión de la murga como género, se hace de consumo masivo, en la calle se habla de la libertad, de los desaparecidos; eso empieza a generar un discurso que tiene mucha respuesta en la gente y, de alguna manera, es utilizado por las murgas. Pero también se rompe ese discurso ideológico, porque la televisión bombardeó mucho, el humor que aparece es otro, las generaciones han cambiado. Entonces hay un momento de pérdida grande, y creo que hoy se está retomando el espíritu inicial más poético, más puro, con un humor más liviano atravesado por ingredientes artísticos y técnicos de otras artes. Así el género se potencia, pero yo creo que corre el riesgo de no estar atento y perder la esencia que es la batería murguera y el coro”.

Los contenidos

Todo el año trabajan los artistas para armar los espectáculos que presentarán en el carnaval. Si no resultan elegidos para formar parte del concurso oficial, tampoco pueden acceder al circuito de tablados, que son los escenarios habilitados en la ciudad de Montevideo para que las murgas actúen frente al público. Por lo general, el contenido incluye un recuento de los sucesos del año y la elección depende del ingenio y la ideología de cada agrupación.

En el caso de La Mojigata, tratan de no atarse a ninguna estructura y afirman que no escriben pensando en ganar el concurso. Gustavo Pereira das Neves, el productor de la murga, lo explica: “La crítica no tiene que ser necesariamente política. Lo que pasó en el año también se relaciona con la cotidianeidad y las problemáticas sociales. Ahora estamos haciendo el cuplé de los menores: ‘¿Menores o niños?’ (Los que piden un triciclo para reyes/ ¿Qué son? Son los niños/Los que piden una moneda en la calle/ ¿Qué son? Son menores/Los que juegan con juguetes de colores/ ¿Qué son? Son los niños/Los que hacen malabares con limones/ ¿Qué son? Son menores). La edad de imputabilidad de los menores es un tema que se está instalando, igual que en Argentina con Macri. La prensa y la derecha bombardean con la cuestión de la inseguridad, para ellos seguridad es igual a represión. No es así, cambiar eso nos va a llevar muchos años. Entonces no hacemos crítica partidaria, pero igual es político. Aunque gobierne la izquierda”.


La libertad

La Mojigata está encasillada bajo el rótulo de “murga joven”, a pesar de que participó por primera vez del carnaval en el año 2001. Esto ocurre porque surgió de un taller de música popular y luego formó parte del Festival de murga joven que organiza la Intendencia de Montevideo durante los meses previos al carnaval. Además, están organizados en una cooperativa, a diferencia de la mayoría de los grupos tradicionales, que tienen un dueño. “Si hay un dueño, por lo general él consigue los sponsors, les paga a los artistas y se ocupa de los gastos. Todo lo que queda es su ganancia, inclusive lo que cobra por la televisación y por las actuaciones en los tablados. Nosotros, en cambio, somos una cooperativa y nos manejamos por asambleas. Nos ocupamos de los gastos y el resto lo repartimos en partes iguales entre todos. Si bien es más tedioso, organizarnos así nos permite libertad artística, no tenemos imposiciones de nadie. Hacemos lo que nos gusta, vamos a donde queremos”, aclara Gustavo. En la última temporada, se los vio apoyando a las agrupaciones que impulsan la ley de salud sexual y reproductiva que Tabaré Vázquez vetó.

El intento de romper con los moldes y expresar lo que piensan sin condicionamientos hace a la esencia de esta murga. El productor manifiesta que “hemos sido muy criticados y maltratados en el concurso por esa libertad, pero no entienden que la historia cambia. Las murgas jóvenes que entraron detrás de nosotros son todas cooperativas. Para nosotros hay toda una cuestión de honestidad, no podés cantar sobre los niños que tienen hambre y tener encima miles de dólares en vestuarios. Nosotros nunca vamos a gastar eso. Pero a nivel de concurso, ya se sabe que el que tiene plata va a andar mejor porque los puntos son por rubro, entonces algunos conjuntos apuestan a eso cuando en realidad para nosotros lo importante tiene que ser la totalidad del espectáculo aunque no haya toda una parafernalia de guita arriba del escenario”. Si bien asegura que no quiere anular el romanticismo que rodea a la murga cuando se la ve desde el público, confiesa que se han cuestionado muchas veces el seguir participando, “y continuamos insertos porque es el único ámbito donde salir en carnaval, que es cuando la gente está predispuesta, y además nos permite hacer otras cosas como talleres durante todo el año”. La murga es algo que está muy arraigado en la población, es como un inconsciente colectivo que se transmite de generación en generación. Esa pasión hace que sea mucho más fácil utilizarla para tratar diversas problemáticas sociales por medio de talleres para personas mayores, niños, jóvenes que viven en la calle o consumen drogas, de los que participan La Mojigata y otras agrupaciones.



La crítica

A Contramano ganó el primer premio del concurso en los años 2009 y 2010. El último espectáculo sitúa la escena en la puerta de la chacra presidencial, donde Routin representa a uno de los dos guardias que comentan los cambios que notan desde la asunción de Mujica. También tienen su visión particular con respecto a cómo debe ser la crítica en una murga: “nosotros damos mucho palo cuando hay cosas para criticar. Una de las características de la murga es que no debe ser oficialista, y es reflejo un poco de lo que la gente piensa. Tenemos este año un cuplé que se llama ‘Los problemas del Estado’ que es una crítica de lo que es el Estado con 250 mil empleados públicos, una cifra demasiado grande para este país. Es una crítica al aparato y no a la gente que está trabajando adentro”.

A Contramano y La Mojigata tienen en común la premisa de brindar herramientas para abrir interrogantes en el público. Para Pinocho Routin, “la murga cumple un poco la función de llegar a un lugar, hacer su espectáculo y mover determinadas cosas en la cabeza del espectador a través de la sensibilidad de un discurso, de un silencio, de un color, de una nota, de una armonía. Es un género que, de alguna manera, apuesta a despertar cosas en el que está en la platea y que no todo lo que uno da o entrega está masticado y sabido por todos. Está bueno a veces ir a golpear una puerta y que la gente se haga cargo también, que se quede pensando”.

La retirada

Cuando llega marzo, empiezan a extinguirse los sonidos que inundaron las calles de Montevideo durante el carnaval. Cada murga entona su retirada, con la promesa de regresar el año próximo trayendo música y alegría para todos. Adiós, adiós, se marcha A Contramano,/ el corazón explota en el final./ Y partirá, buscando otros caminos,/ del corso peregrino que vive en la ciudad./  Para cantar diciendo lo que siente,/ dejando la promesa de que pronto volverá./ Por eso hoy, en el final,/ es tan antigua la emoción/ y aunque parezca una ilusión/ la noche ya se fue./ Si un día enmudece la garganta igual,/ a cantarte con el alma, esta murga volverá./ Termina la función y ya no hay marcha atrás,/ se despide A Contramano/ ¡Hasta siempre carnaval!.

*Artículo publicado en Revista Sudestada Nº 88, 2010