domingo, febrero 11, 2018

Estigmatización e intolerancia



| Por: Manuel Humberto Restrepo Domínguez / Rebelión |

En 1954 con las firmas del presidente Mariano Ospina Pérez y del General Rojas Pinilla, se promulgó el acto legislativo 6 que estableció la prohibición de la actividad política del comunismo internacional. A partir de entonces la práctica social de la estigmatización se quedó en el espíritu de la política tradicional de las elites conservadoras y liberales, que sin dejar de serlo en la actualidad confirman la existencia de una sola manera de pensar valida: la suya, basada en la eliminación de lo que les parezca extraño, desobediente, insumiso, rebelde, popular o dignificante. Esa práctica social aún está vigente y es alentada para, aislar y descalificar a adversarios políticos y sociales, que en numerosas ocasiones son asesinados.

En los años 60 se complementó la estigmatización e intolerancia con la puesta en marcha de la Doctrina de Seguridad Nacional para perseguir y exterminar al enemigo interno, tildado de ser aliado del comunismo internacional. Fueron eliminadas las distinciones señaladas por el DIH para diferenciar la insurgencia armada de la población civil desarmada. En los años 80 llegó el libreto de los documentos Santafé I y II, producidos por la CIA, que traían el currículo preciso para perseguir, acosar, acusar y quitar del camino al enemigo civil, al no combatiente, inerme y desarmado y evitar conexiones entre lo popular y lo insurgente y debilitar la posición de intelectuales izquierdistas o críticos, financiar paramilitares y aniquilar a los movimientos populares, además de promover la propagación de religiones que contribuyeran a desmontar y atajar el descontento y la protesta en los territorios y reeducar en la obediencia y la resignación en cambio de la liberación.

Estos tres pilares esenciales de la intolerancia, han sido retomados y mezclados por la ultraderecha colombiana que conserva como parte de sus logros haber impedido que la paz firmada avanzara rápidamente en la implementación de los acuerdos pactados políticamente e obstaculizado realizar el derecho a la paz, que aunque consignada en declaraciones y afirmada en leyes y normas, estuvo bloqueada por la seguridad, la negación de los otros y el deseo de exterminio, por partes del mismo estado e instituciones y de la sociedad que se resisten a abandonar la intolerancia que produce discriminación, agresión y muerte. Sus gestores y promotores enseñan a mantener las heridas abiertas y a sembrar temores infundados en mucha gente, a la vez que evitan que se amplíe la democracia con otras voces y otros actores. Saben que si persiste la intolerancia, el mensaje a las guerrillas aún vigentes y en especial al ELN, es una invitación a persistir en la lucha armada y a continuar leyendo la realidad entre códigos de guerra y deseos de paz, teniendo en cuenta que su militancia no puede evitar análisis sobre lo que ocurre con los antiguos combatientes de las farc, a quienes algunos sectores tratan de cobrarles judicial y socialmente sus actuaciones de guerra. Pero es también una alerta a todos los desarmados para mantener y radicalizar el camino de defender desde las calles y los territorios, la justicia, la paz y los derechos, integrando inconformidades y esperanzas para no cesar en el empeño de aprender a vivir sin intolerancia juntos los iguales y los diferentes.

Lo más grave es que, en todo caso, la estigmatización sigue en marcha, no se podrá cambiar sin medidas efectivas contra los enemigos de la paz, que se expresan sin veto, ni reclamo del estado con la demencia de su odio que distribuyen con falsedades replicadas en medios masivos y redes. Esparcen amenazas de muerte y limpieza social en barrios y poblados, agreden a los integrantes de la naciente farc y mantienen el planificado asesinato de líderes sociales. La intolerancia no responde a una actuación de espontáneos solitarios que se anuncian con violencia o enfrentan su rabia, hay centros de mando, responsables intelectuales y preparación de autores materiales detrás de cada agresión o crimen contra adversarios y en esta coyuntura electoral que definirá a un nuevo congreso y a un nuevo presidente, es cada vez más clara la orientación política que hace la ultraderecha para profundizar la intolerancia, sacarle provecho a la estigmatización e impedir que florezca la pedagogía para la paz y la consolidación de una democracia sin guerra ni intolerancias. La derecha aunque menos violenta calla ante la intolerancia, prefiere mirar hacia otro lado y pedirle al gobierno de Venezuela la democracia que ellos no ofrecen y mientras la ciudad capital en la que viven y mal gobiernan hiede con el olor de miles de toneladas de basuras o las comunidades indígenas son bombardeadas o se incrementa la violencia callejera o se anuncia el escándalo de agresión sexual cometida por un hombre muy poderoso (¿?) o se descubren nuevos hechos corrupción e impunidad o se informan de que cerca del 20% de municipios está en riesgo de fraude electoral o de que el 25% de candidatos de sus partidos están investigados o que nuevos generales van a prisión o más policías son acusados de asesinatos, hacen cálculos y miden alianzas para salvar sus privilegios que conservan gracias a su intolerancia.

Detrás de la intolerancia hay una ideología sostenida política y normativamente por más de 70 años, es reacomodada por la ultraderecha que ha mostrado su capacidad para recurrir a lo que sea para impedir la reconciliación entre víctimas y victimarios. Sus herramientas principales de reproducción son los medios que toman partido para amplificar sus agravios, desorientar, tergiversar y llenar sus parrillas de basura o impedir entrevistas o programas basados en la inteligencia y los análisis que forman en humanismo, convivencia y ciudadanía. Estigmatizar es parte esencial de la política de ultraderecha y el agravio y la palabra vacía que descalifica amplía el raiting en una sociedad polarizada, de la que una parte en muchas ocasiones siendo sus víctimas terminan por actuar como ellos. Su capacidad para producir daños irreparables descalificando y actuando en contra de sus adversarios es incalculable. Logran buenos resultados a su favor usando su espíritu de propaganda nazi para crear y repetir mentiras hasta volverlas verdad y repicarlas para convertirlas en una especie de mentalidad oficial. A su deseo de poder no le importa la verdad, ni el mundo, ni la gente, solo ellos y sus nidos en los que engendran y diseñan el horror. Distorsionando la realidad ganan adeptos y esperan que su arbitrariedad produzca aplausos y adulación, sostienen cuentas ficticias en internet, distribuyen anónimos, son expertos de la confusión, el engaño y los acuerdos bajo la mesa, encadenan favores y juegan al todo vale, son maestros de la maldad. Hacen creer que sus atrocidades no existen y que lo que se diga contra ellos es solo propaganda de sus estigmatizados enemigos. Para aislar con ánimo de exterminio infunden el temor al comunismo, al enemigo interno, al castrochavismo y a la ideología de género.
Suman todo, aunque sea irreal y sin sentido y recrean la necesidad de tener un enemigo para garantizar su existencia, que los comunicadores validan como doctrina al asumir como deber de preguntar siempre respecto al apoyo o la condena al castrochavismo para dar noticias tan absurdas como aquella de la barbarie nazi que en su demencia hizo publicar como triunfo al señalar que había obtenido un “exitoso bombardeo sobre un orfanato en Berlín. Bebes calcinados”.

P.D. Un paso débil aunque importante para dejar atrás la intolerancia y la estigmatización, es la directiva presidencial número 1 de feb 2 de 2018 (basada en la ley 434 de 1988 y el decreto ley 885 de 2017) anunciando que la política de paz, reconciliación, convivencia y no estigmatización es una política de estado, permanente y participativa y llama a todos los órganos de estado a cumplirla, apoyar su cumplimiento y comprender el sentido e importancia de consolidar los enfoques diferencial (étnico, sexual, genero, grupo) y territorial (económico, cultural, social en comunidades) para la paz estable y duradera. Aunque es apenas una directiva, que no remueve obstáculos reales, promueve la tolerancia y el respeto por los acuerdos firmados.