miércoles, febrero 14, 2018

Si de lo que se trata es de no sufrir, lo más conveniente es hacerse el tonto o el ciego



El pensamiento conspiranoico triunfa porque la mayoría de los individuos buscamos asirnos a alguna certeza en medio del azaroso y confuso océano en el que se ha convertido el mundo en general y nuestras vidas en particular.

Sin duda contaminado de positiva conspiranoia, constato que el pensamiento dominante es inducido, diseñado para nuestro bien, para evitar el sufrimiento que experimentaríamos si tuviéramos abiertos los ojos, si pudiéramos ver lo que tenemos delante, el futuro que ya está sucediendo. Toda una gran industria de la política y el entretenimiento se ocupa de procurarnos agradables y variadas distracciones, con el fin de evitarnos el mayor sufrimiento posible.

Tiempo atrás llegué a pensar que la ideología inoculada era puro presentismo, una idea simple, consistente en creer que lo mejor es vivir al día y en primera persona, al margen de la marcha del mundo y disfrutando al máximo del presente. Eso fue cuando parecíamos haber llegado al convencimiento de la no existencia del futuro, a partir de su no necesidad,...el futuro, aquella abstracción con la que nombrábamos lo inexistente, un tiempo imposible, decíamos, que nunca es porque siempre está por venir. Pero hoy, a la vista de lo que acontece, ya no me cuadra. El presente está tan deteriorado que sólo cerrando los ojos, parece nublarse hasta desaparecer, o cuando menos, aparenta ser soportable. Eso es lo que veo suceder ahora, cuando a la humanidad -al menos la que yo conozco- sólo le está permitido mantener una ilusión básica, una utilitaria religión de la esperanza, la mínima e indispensable para seguir tirando.

Y la esperanza es algo reacio al presente, algo que necesariamente refiere al futuro, sea éste lo que sea. Esperamos algo mejor y lo fiamos todo al brillo que despliegan las tecnologías que avanzan a toda prisa para proporcionarnos la mínima seguridad de que la vida continúa a pesar de todo y que el futuro nunca podrá ser peor.

Podemos, pues, seguir viviendo con esperanza y a crédito, que la banca no sólo no ha muerto, sino que sigue siendo -todavía- la reserva espiritual de nuestras vidas y de todo el sistema dominante. El crédito es la prueba fehaciente y definitiva de que tenemos un futuro, que como poco ha de durar hasta que la deuda quede saldada, un futuro que aunque no nos pertenezca y aunque tengamos que pagarlo a plazos y con intereses durante el resto de nuestras vidas, al menos nos permite seguir tirando.

El crédito, pura esperanza, es ya la única fe que nos queda, la que nos salva, cuantificable, contante y sonante, en sustitución de nuestra rural y anticuada creencia en dioses que ya no nos sirven.

Sálvese quien pueda. Acabamos de enterarnos de que la Tierra ni es plana ni infinita, que tiene sus límites y que no da para todos. En medio de la galaxia, el mundo es un sitio remoto, exhuberante de vida, donde reina la escasez, sí, pero donde “por suerte” imperan el orden, la ley y el mercado libre. Es el reino de los emprendedores y de los elegidos, de los mejor adaptados y más competitivos, de aquellos que mejor sepan entender la libertad. Quien no resista es por su culpa o por su mala suerte.

Los limitados recursos naturales que sustentan la vida son ya gestionados por corporaciones necesariamente totalitarias, porque en el contexto de la vida real la libertad sólo adquiere sentido subordinada a la seguridad; las energías y los alimentos serán renovables y ecológicos, pero en buena lógica estarán disponibles sólo para los que sean capaces de pagar su alto precio. Por fin, hemos descubierto que vivimos en la realidad, en la única sociedad realmente existente y escasa, donde la igualdad y la democracia son lujos superfluos, que no valen nada y además son imposibles, por mucho que las corporaciones y los estados quieran mantener nuestra ilusión al respecto.

El blando capitalismo que trajeron de la mano el socialismo y el neoliberalismo dará paso a un fascismo tecnoecológico, perfectamente justificado por suprema razón de necesidad, supervivencia y seguridad; el esclavo asalariado de hoy quedará obsoleto, totalmente innecesario para la producción, como inservible residuo de épocas pasadas, cuya carencia de valor lo convierte en perfectamente desechable.

Las élites dominantes podrán prescindir del apoyo de las masas proletarias y de los partidos y sindicatos que hasta ahora se ocupaban de disciplinarlas, el orden social dominante ya sólo necesitará del apoyo de una minoría de especialistas tecnocientíficos y tecnócratas muy cualificados.

El control de la información evolucionará hacia formas más perfeccionadas de propaganda, que justificarán la división de la sociedad en dos segmentos bien diferenciados, los útiles y los no útiles al sistema de supervivencia que han preparado quienes realmente tienen la inteligencia y el poder, y que, por tanto, están capacitados para ello.

La mayoría social devendrá en clase ociosa, en permanente aumento a causa de los avances de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas, lo que precisará de una sofisticada ingeniería social que, para el propio bien de las masas, las mantenga en situación de letargo inducido, a cargo de la industria del consumo y el entretenimiento.

Ante la progresiva mengua en la recaudación de los impuestos provenientes del trabajo asalariado en vías de extinción (los que hasta ahora venían siendo el principal ingreso que tradicionalmente nutría el artefacto estatal) (*), ahora son necesarias nuevas estrategias, que ya están en plena fase de implantación; son, entre las más decisivas: la intensificación de las políticas de sexualidad no reproductiva, un adecuado manejo de las migraciones, acompasado a las necesidades del mercado y un permanente estado de guerra normalizada...nuevas estrategias que permitan regular el crecimiento demográfico, manteniéndolo en límites presupuestariamente asumibles.

Menos mal que llevamos un largo tiempo de adiestramiento y que ya nada puede sorprendernos, que cualquier cosa que nos depare el futuro siempre nos parecerá lo mejor de lo posible. Y es que, por si no lo sabíamos (momento conspiranoide): los Otros (el 1%), lo que hacen es asegurarse de que quienes sobrevivan a la Escasez sean sólo los mejores, lo que es compatible con su sincera intención de que el resto vivamos nuestra Nimiedad existencial con el menor sufrimiento posible, aunque sea simulando la felicidad de los tontos o la resignación de los ciegos.

(*) La mejor evidencia es la acelerada decadencia del llamado Estado de Bienestar.