martes, marzo 13, 2018

Aún hay esperanza en la Colombia goda



Lo acontecido en la jornada del 11 de marzo de 2018 es la clara expresión de un Establecimiento que siente miedo.

| Por: Germán Ayala Osorio* / Oreja Roja |

Después de la jornada electoral del 11 de marzo, son varias las reflexiones que se pueden hacer en torno a lo decidido y expresado a través del voto.

Los resultados electorales confirman que Colombia sigue siendo un país Godo y fuertemente atado a las formas tradicionales como se ejerce el derecho a votar. Es claro que las prácticas electorales y las decisiones políticas de millones de colombianos siguen atadas al ethos mafioso (clientelismo, entre otras manifestaciones) que guía la vida pública de caudillos como Álvaro Uribe Vélez[1] y Germán Vargas Lleras[2], cuya vigencia política se da gracias a la débil institucionalidad en los órganos judiciales y de control disciplinario en donde reposan disímiles investigaciones, entre ellas por paramilitarismo, que los comprometen de tiempo atrás.

El hecho de que el controvertido movimiento político, Cambio Radical, cuyo líder natural es Germán Vargas Lleras, haya pasado de 9 curules en el Congreso, a 16, da cuenta del fuerte engranaje clientelar de una colectividad asociada a prácticas corruptas de gobernadores y alcaldes. Baste con nombrar lo sucedido en el departamento de La Guajira con el caso de Kiko Gómez para entender la dimensión de la corrupción y del maridaje entre Política y crimen.

De otro lado, las votaciones alcanzadas por Duque y Petro, en las mal llamadas consultas interpartidistas, dejan un claro derrotado: el Centro. Es decir, la polarización política entre la Izquierda, representada en la figura de Gustavo Petro[3], y la Derecha y la ultraderecha, representada en Iván Duque, se consolida y extenderá hasta el 27 de mayo, día en el que los colombianos elegiremos el sucesor de Juan Manuel Santos.

Los votos alcanzados por Petro Urrego en la consulta (2.845.173) señalan claramente dos caminos para los candidatos que dicen e insisten ubicarse en el Centro: Fajardo y De la Calle. El primer camino, es unirse y presentarse a la primera vuelta presidencial, con el firme objetivo de recoger el voto inteligente y de opinión de los cientos de miles colombianos que buscan alejarse de la polarización política que el país vive desde 2002 y que aspiran, con un grado inocultable de ingenuidad, apostarle a transformar las costumbres políticas no solo en la clase política, sino en los millones de ciudadanos empobrecidos social, económica y políticamente.

Presentarse de esa manera, abre la puerta a un enorme riesgo de que faciliten el triunfo de Duque (4.028.879 votos obtenidos), quien podría contar con los votos alcanzados por Martha Lucía Ramírez (1.535.738) y el impúdico y fanático religioso, Alejandro Ordóñez Maldonado (384.065). Es decir, hoy, una coalición Fajardo-De la Calle de poco serviría para intentar frenar el regreso de Uribe Vélez a la Casa de Nariño, así sea en el cuerpo de un manipulable e inexperto Iván Duque Márquez. 

Y el segundo camino, deponer egos y en bloque, unirse a Petro sobre la base de que el ex alcalde de Bogotá morigere su discurso y el talante mesiánico que por momentos expone y que puede crecer si cae en el error de sobre dimensionar el resultado obtenido este domingo 11 de marzo (al sumar los votos de Caicedo, esa parte de la izquierda alcanza apenas los 3.359.623 votos).

Por el lado de la Derecha, los votos alcanzados por Duque abren dos caminos: el primero, que se construye o está determinado por la confianza que el resultado electoral del domingo 11 de marzo le pueda dar, para presentarse a la primera vuelta presidencial, enfrentando a Vargas Lleras, su contendor en la misma orilla ideológica. El segundo camino sugiere invitar al jefe único del partido que aumentó sus curules en Senado (Cambio Radical pasó de 9 a 16), a lo que hay que sumar los 30 escaños que alcanza ese mismo partido en la Cámara de Representantes. Aquí las valoraciones que deben hacer ambas campañas giran en torno al débil carisma  y la imagen negativa de Vargas Lleras, si se compara con la figura de Duque que, a pesar de arrastrar el riesgo de permitir el regreso de Uribe Vélez al control del Estado, esta circunstancia parece importar poco si se mira que el Centro Democrático (CD) aumentó sus curules en Cámara de Representantes  y perdería apenas una en el Senado.

Así entonces, eliminado el Centro como opción política y electoral, los candidatos Humberto de la Calle y  Sergio Fajardo están obligados a replantear sus campañas, de cara a enfrentar a una Derecha y ultraderecha fortalecida tanto por el triunfo de Duque en la consulta, el mantenimiento del poder político regional del Centro Democrático, así como por el aumento del poder clientelar de Vargas Lleras al interior del Congreso (2018-2022).

En riesgo la Paz Territorial

Al revisar la conformación del Senado y la Cámara de Representantes, el proceso de implementación del Acuerdo Final puede sufrir aún más reveses de los que ya sufrió en la pasada legislatura, a pesar de la existencia de la llamada Unidad Nacional que acompañó al Presidente durante la negociación en La Habana, pero que luego se fue fracturando, hasta llegar a que varios congresistas de la coalición de Gobierno dijeran no a las 16 curules para las víctimas del conflicto armado interno o que dejaran de participar en la decisiva votación, que finalmente se perdió por las acciones desarrolladas por el Centro Democrático en bloque y varios congresistas de Cambio Radical.

Las curules alcanzadas por Cambio Radical y Centro Democrático suman 65, a las que se podrían añadir las 21 del Partido Conservador, lo que daría 86, un guarismo que bien podría dar al traste con el objetivo de construir y consolidar la Paz Territorial[4], que no es otra cosa que asegurar la presencia legítima del Estado, generar condiciones económicas que generen riqueza y se construya una ciudadanía que asuma la vigilancia de la función pública, alejada del ethos mafioso que hoy impera en las relaciones entre los ciudadanos y las fuerzas políticas que hoy ejercen el poder político en varias regiones del país.

Las 35 curules del Partido Liberal estarían, en el papel, al servicio de la construcción y consolidación de esa paz territorial; se podrían agregar las 9 de la Alianza Verde y las cuatro que resultan de la suma de los escaños alcanzados por el Polo Democrático y el grupo de la Decencia que acompaña a Petro en su aspiración presidencial.

Ante la debilidad de los partidos políticos, la no existencia de disciplina al interior de las colectividades, y en particular, ante la fragmentación del Partido Liberal, el apoyo a la Paz Territorial quedará a merced de lo que cada Congresista decida hacer.

Si bien es cierto que la carrera hacia la Presidencia recién comenzó ayer 11 de marzo, las campañas y los candidatos no arrancan de cero. Por el contrario, la polarización política e ideológica seguirá presente y hará que la contienda electoral se torne difícil no solo por el talante de quienes lideran encuestas y llaman la atención de una prensa que insistirá en dividir al país, sino por lo que está en juego: lograr cambios sustanciales en las maneras como operan el Estado, la sociedad y el mercado, en aras de disminuir la pobreza, la exclusión y de ampliar la democracia.

Es probable que los asuntos relativos a la Paz Territorial y a la  implementación del Acuerdo Final continúen relegados como hasta el momento. Todo dependerá del talante de una contienda electoral que muy seguramente ganará en pugnacidad, por el carácter y los egos de quienes participan, desde diversos intereses y funciones: Uribe, Duque, Petro y Vargas Lleras.

Muy seguramente Petro no insistirá en el tema de la implementación del Acuerdo Final. Y lo hará no solo porque su proyecto político no coincide con el de la Farc, sino porque el ex alcalde de Bogotá cree que los cambios y ajustes que propone al modelo económico y político terminarán aportando, de manera natural, a la consolidación de la Paz Territorial.

Sutiles cambios

A pesar de la fuerza que sigue demostrando la tradición, el ethos mafioso, la componenda como elemento clave de la ética ciudadana y las maquinarias electorales, hay razones para celebrar por la llegada al Congreso de ciudadanos respaldados por votos inteligentes, de opinión y sostenidos por viejas luchas por cambiar las lógicas del Establecimiento. El regreso de Aída Abella, antigua militante de la UP, el triunfo de María José Pizarro, hija del líder de la ADM-19, asesinado por el Establecimiento y la gran votación de Antanas Mockus, entre otros casos, dan un respiro y algo de esperanza de cambio ante la avasallante demostración del poder mafioso en las elecciones del 11 de marzo.

El país debe entender que los cambios culturales obedecen a procesos históricos que se pueden tornar lentos porque la inercia y la tradición hacen que las prácticas clientelistas y el ethos mafioso sean asumidos como una suerte de inamovibles y como obstáculos difíciles de solventar para una sociedad como la colombiana, cuyos miembros exhiben un bajo capital cultural.

Castrochavismo y el país entregado a las Farc

La participación en las consultas “interpartidistas” fue empujada y motivada en buena medida por el miedo a que “Colombia se convierta en la segunda Venezuela”. El fantasma del Castrochavismo[5] movilizó a la Derecha y a la ultraderecha que, unida en torno a los liderazgos de  Uribe y Vargas Lleras, votó a favor de Iván Duque para que sea él quien haga frente a semejante espectro que no deja dormir a cientos de millones de pobres que temen perder el único derecho que el Establecimiento les ha garantizado: vivir sin identidad, sometidos a la relación de dominación clientelar con la clase política y además, seguir alienados por una oferta televisiva que insiste en mostrarnos como una sociedad mafiosa. Por supuesto que hay otros cientos de miles de colombianos (contratistas) que de tiempo atrás sirven a los propósitos de una clase empresarial y política, que es la que sostiene a un oprobioso Establecimiento.

Con la exigua votación obtenida por las Farc, se desmorona aquella mentira que insistentemente alimentó la presencia del fantasma del Castrochavismo: “Santos le entregó el país a las Farc”. Obviamente, que la derecha, con el concurso de RCN y Caracol, y sus programas radiales, insistirán en la mentira para desvirtuar el proyecto político de Gustavo Petro.

Les corresponde a los líderes de la Farc revisar qué pasó en la jornada electoral del domingo. Eso sí, hay que destacar que participan por primera vez de una contienda política y que lo hacen dentro de la institucionalidad que tanto combatieron por largos 53 años. Serán minoría y seguirán siéndolo por mucho tiempo, hasta que las correlaciones de fuerza al interior del Régimen de poder sean modificadas.

Lo que dejó la jornada

La participación de un poco más de 17 millones de colombianos en la jornada electoral mantiene en un alto guarismo la abstención, aunque se celebra que cerca de 3 millones de ciudadanos por primera vez se hicieron presentes en las urnas. Sin embargo, la desconfianza de más del 50% del electorado es un síntoma de los problemas que exhibe la democracia colombiana.

Lo sucedido con los tarjetones de las dos consultas que se agotaron, aunque es inaceptable y bochornoso, resulta comprensible en un Estado que exhibe una débil institucionalidad que se expresa a través de desidia y la falta de profesionalismo de los funcionarios públicos. Tanto la Registraduría Nacional del Estado Civil como  el Consejo Nacional Electoral no pueden garantizar total transparencia y equilibrio para las próximas elecciones del 27 de mayo.

Justamente, en esa débil institucionalidad se sostienen las aspiraciones de los miembros de los “partidos” Cambio Radical y Centro Democrático que harán parte del nuevo Congreso, en  particular los 65 miembros de estas dos colectividades que en sus regiones harán todo para impedir que se adopten las transformaciones institucionales que se acordaron en La Habana, Cuba.

Insisto entonces en que lo acontecido en la jornada del 11 de marzo de 2018 es la clara expresión de un Establecimiento que siente miedo por el proyecto político que de tiempo atrás viene dejando pelechar dentro de sus entrañas, por la incapacidad y la mezquindad de una élite política y empresarial cicatera y mafiosa que se hizo con el Estado para mantener y ampliar los privilegios de una clase ociosa, rentista y oligárquica.

Y cuando las élites sienten miedo, de inmediato el “doble Estado” se activa y las fuerzas oscuras entran en operación para eliminar a quienes insisten en arrebatarles el poder político. Y eso puede pasar en la campaña presidencial que acaba de arrancar.

(*) Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Cursando Doctorado en Regiones Sostenibles.

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