martes, marzo 06, 2018

Jugar Como Bombero y No Como Incendiario



| Por: Ricardo Sánchez Ángel* / UN Pasquin |

Uno de los imaginarios creados como sicología de masas y referente político acerca de la diáspora venezolana, es que han llegado unos depredadores de la riqueza y el empleo colombiano. Con los venezolanos, se dice, llegó mayor delincuencia y peligro. Hay una sensación de miedo y se generaliza la consigna “cuidado con los venecos”, despojándolos así de su dignidad. Toda una construcción de posverdad.

La frontera colombo-venezolana tiene 2.219 kilómetros, con 280 pasos libres. Además de Cúcuta, forman parte de esa frontera 53 municipios en 7 departamentos, con grandes contrastes socioculturales arropados por la pertenencia a Colombia. Es una frontera permeada por flujos migratorios desde hace décadas y por una circularidad de poblaciones entre los dos países.

EL ÉXODO COLOMBIANO AL PAÍS VECINO VIENE DESDE LOS AÑOS 50 AL COMENZAR LA VIOLENCIA.

Las fronteras no son solo conglomerados humanos en movimiento y lugares de intercambio comercial. En nuestro caso, como en otras partes del mundo, se dan allí despliegues militares, donde se suele hacer algo más que ruido de sables y de aviones. En los actuales momentos, están creciendo las tensiones y aumentando la militarización. Se está jugando con candela.

En la actual campaña electoral se está llamando al golpe de Estado, postura que se fortaleció con el pronunciamiento, en la misma dirección, por parte del secretario de Estado Rex Tillerson, en su reciente gira por varios países, incluyendo Colombia. Y en las declaraciones públicas del presidente Juan Manuel Santos ante el procónsul de los Estados Unidos, demandando la intervención de la gran potencia, más allá del bloqueo económico y de la ofensiva mediática.

Venezuela vive duras dificultades, por el desabastecimiento de alimentos, drogas y otros productos básicos, en razón al fracaso del modelo extractivista y una fallida política económica, además del bloqueo a la economía de consumo masivo. El país hermano padece una asfixia, y ve deterioradas las reformas sociales, el activo más preciado y la base del apoyo popular. A esto se suma la violencia, de tanto en tanto, generada en las calles por parte de grupos extremistas, causando muertos y zozobra, con una represión por parte de las fuerzas armadas que aumenta la espiral de violencia. Aunque al final gana el orden establecido, el costo humano es demasiado alto.

Es en este contexto que se da el creciente éxodo hacia Colombia, alrededor de 600 mil personas. Hasta el 31 de diciembre de 2016, era del 65% de colombianos, la mayoría con doble nacionalidad, retornando a su país. Este porcentaje se invirtió para 2017, al ser mayoría los migrantes venezolanos. Hay que tener en cuenta que Colombia es un lugar de paso hacia Ecuador, Perú, Chile, Argentina y otros países. El éxodo colombiano al país vecino viene desde los años 50 al comenzar La Violencia, alcanzando en la actualidad las 5 millones de personas.

La acción de solidaridad debe responder a criterios estrictos de procurar una estadía con dignidad. La verdad es que el gobierno está improvisando, mezclando intereses políticos antagónicos en la región, que no se compadece con la situación de estos condenados de la tierra. Al igual, hay que exigirle al gobierno de Nicolás Maduro la prudencia, abstenerse del uso político del problema contra Colombia. Hay que coordinar entre los gobiernos de aquí y allá, a través de las Naciones Unidas, la acción humanitaria. No es hora de despliegues nacionalistas.

Los ministros de Defensa, Villegas y Padrino, han retomado el diálogo, que debe ser realista en sus conclusiones. Esto es saludable y contrasta con la postura del Grupo de Lima, del cual forma parte Colombia, de excluir al presidente Maduro de la Cumbre de las Américas.

De parte de Colombia, sería sensato retomar el curso de su diplomacia, como potencia moral y pacífica, sumándose a la negociación que encabezan el presidente de República Dominicana y el ex presidente español Rodríguez Zapatero. Colombia debe jugar como bombero y no como incendiario.

Colombia y Venezuela tienen un origen común en la independencia y la República, cuyos hilos de unidad han estimulado la colaboración con respeto. Son pueblos que saben que los enfrentamientos entre sus Estados debilitan sus energías y disminuyen su creatividad. La divisa de la fraternidad no es un trapo rojo en desuso. Hay que izarla, bien alto, como bandera aquí y allá.
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(*) Ricardo Sánchez Ángel es doctor en Historia de la Universidad Nacional.