jueves, marzo 01, 2018

Los colegios deben enseñar a pensar con base en la historia



| Por: Daniel Darío Campos Rodríguez* / UN Periódico |

Hace dos meses se sancionó la ley que restablece la formación obligatoria de la historia. ¿Cómo se ha enseñado en el país y cuáles son sus desafíos con la nueva norma? Reflexiones sobre un campo del conocimiento cuyo interés por estudiarlo ha aumentado en los últimos años.

La historia es una forma de conocer el pasado de la sociedad, tan antigua como la filosofía. De hecho ambas surgieron casi de manera sincrónica en la Antigua Grecia –a mediados del I milenio a. C.– y rompieron la hegemonía del pensamiento mítico religioso.

Desde entonces su objetivo consistió en preguntar, investigar, cuestionar, inquirir, pensar y criticar las acciones humanas en el pasado remoto y reciente para comprender cómo se venía estructurando el presente de su sociedad, para que no se olvidaran o se repitieran las acciones humanas –tanto las grandiosas como las fatales–, las atrocidades de las guerras, las decisiones acertadas o equivocadas de los gobernantes, entre otras.

Cuando la historia quedó inmersa en las ciencias sociales, los problemas propuestos para tratar en el aula quedaron sin perspectiva histórica, como surgidos de la nada, sin contexto, como si viviéramos en un eterno presente.

Los investigadores del pasado y los autores de historia fueron muy críticos tanto con sus ancestros como con sus contemporáneos, lo que fue posible gracias a la democracia que apoyaba el libre pensamiento y la libertad.

Es por eso que se puede afirmar que el pensamiento histórico es una acción crítica, libre y democrática, y por lo tanto conocer el pasado por medio de las investigaciones históricas que buscan la verdad –sobre la base de demostraciones reales, verídicas y comprobables– ha sido tan importante para toda la humanidad. Su incesante búsqueda de la verdad propende al reconocimiento, a la justicia, a la reconciliación, a la empatía y a la paz.

En Colombia el conocimiento del pasado por medio de la historia siempre ha sido importante para los gobernantes porque sirve para enseñarle a la población sus valores, la manera como se ha gestado y desarrollado la nación, el lugar donde se nació y se vive. La actitud gubernamental hacia ese conocimiento ha sido variada.

Se podría decir que su enseñanza ha sido de las más intervenidas por los entes gubernamentales y su uso se ha enfocado en formar en el patriotismo, el elogio, la justificación y la moral católica, más que en la crítica y el pensamiento. Eso quiere decir que la historia se ha enseñado con fines de erudición más que como una forma de pensamiento crítico.

El pensamiento histórico es una acción crítica, libre y democrática, y por lo tanto conocer el pasado por medio de las investigaciones históricas que buscan la verdad –sobre la base de demostraciones reales, verídicas y comprobables– ha sido tan importante para toda la humanidad.

Solo con la consolidación de la “nueva historia” y sus investigaciones (cuyo auge inició en la década del sesenta y tomó fuerza en los setenta) se rompió con el paradigma patriotero nacionalista excluyente y la investigación histórica adquirió un carácter académico y científico abordando temas nuevos como el problema agrario, la economía, los movimientos sociales, la educación, la lucha política, la violencia y la vida cultural, entre otros.

Estas temáticas y las nuevas corrientes tanto pedagógicas –como la pedagogía crítica– como sicológicas del aprendizaje –propuestas por Jerome Bruner (estadounidense), Lev Vygotski (ruso) o Jean Piaget (suizo)– comenzaron a formar parte de la enseñanza de la historia. Sin embargo fueron criticadas por ensayistas e historiadores como Germán Arciniegas, quien se refirió a ellas como “la historia a patadas”. Con el decreto 1002 de 1984 la historia se diluyó en el área de ciencias sociales, y después casi desapareció con la Ley General de Educación de 1994.

Cuando la historia quedó inmersa en las ciencias sociales, los problemas propuestos para tratar en el aula quedaron sin perspectiva histórica, como surgidos de la nada, sin contexto, como si viviéramos en un eterno presente. De esta manera se hace imposible la proactividad argumentada en los debates y problemáticas actuales de la sociedad colombiana y del mundo. De hecho la historia no quedó como asignatura independiente según lo proponía la Ley 116 de 2016, en contraposición a otras como religión, que sí se tuvieron como tales.

El problema agrario, la economía, los movimientos sociales, la educación y la lucha política son algunos de los temas que la investigación histórica comenzó a abordar a partir de los años sesenta, con el surgimiento de la nueva historia de Colombia. Crédito: Prensa / Unimedios

Como no ha existido una enseñanza de la historia a partir el pensamiento crítico, los colombianos no han tenido referentes históricos para elegir a sus gobernantes, y por eso todo queda en la “información” mediática, coyuntural e interesada. Se ha eliminado la capacidad de discernimiento de la información. Haber abandonado la educación histórica en el proceso de formación de los colombianos los ha desprovisto de conciencia histórica y de raciocinio ético para tomar decisiones.

Frente a la problemática de que en su proceso de su formación los ciudadanos bachilleres y universitarios no desarrollan habilidades de pensamiento ni conocimiento de la historia para poder actuar e intervenir proactivamente en la vida actual del país, es necesario replantear el currículo escolar e instituir una área de historia en la que se integren no solo las ciencias sociales sino también las demás ciencias escolares.

Aunque no existe una única forma de educar en historia, en Colombia la reflexión didáctica y propuesta para su enseñanza-aprendizaje es deficitaria si se compara con otros países de América Latina como México, Argentina, Brasil, Perú o Venezuela, y supremamente escasa en comparación con Europa.

Las propuestas curriculares han sido escasas. En 2007 el Grupo de Investigación en Enseñanza de la Historia, del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de Colombia (UN), planteó la iniciativa “Campo de Pensamiento Histórico”, que podría ser un derrotero en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la historia en los colegios de Bogotá. Esta propuesta avanzó en la idea de que en el colegio se debe enseñar a pensar y hacerlo con base en la historia, lo que implica un pensamiento procesual crítico, analítico y relacional, es decir formar en la argumentación sustentada en hechos demostrables.

En Colombia la reflexión didáctica y propuesta para su enseñanza-aprendizaje es deficitaria si se compara con otros países de América Latina como México, Argentina, Brasil, Perú o Venezuela, y supremamente escasa en comparación con Europa.

Ello implica la memoria comprensiva y la orientación temporal y espacial; desarrolla la solidaridad y la empatía; promueve la formación tanto de una identidad nacional como de una memoria histórica y desarrolla el pensamiento crítico mediante la comprensión de los procesos históricos del país y del mundo. Cabe señalar que la propuesta curricular articula las otras áreas de conocimiento del currículo escolar, así que la enseñanza de la historia se puede abordar a partir de la enseñanza de la historia de la biología, de la historia de la matemática o de la historia de la química, entre otras.

Pese a los combates que ha tenido que enfrentar la historia como asignatura escolar, desde la década de los noventa ha aumentado su oferta como carrera profesional y hoy existen alrededor de 13 programas en el país. Actualmente en Bogotá se dicta en las universidades Nacional, Javeriana, de los Andes, Externado, del Rosario y Autónoma. En Medellín se ofrece en las universidades Nacional, Industrial de Santander (UIS), del Valle, de Cartagena, del Atlántico y del Cauca, en varias de las cuales está como maestría y doctorado.

Esto lo confirma la creciente matrícula en estudios de posgrado de maestría y doctorado en historia, además de la asistencia masiva a los numerosos eventos de carácter histórico, lo que demuestra el gran interés de la sociedad colombiana por este conocimiento.

En consecuencia, el papel de los historiadores es cada vez más importante en el proceso de formación de los colombianos, porque ellos son los promotores de la búsqueda de la verdad sobre la base de demostraciones reales, verídicas y comprobables. Su incesante búsqueda de la verdad contribuye al reconocimiento de los otros, a la búsqueda de justicia, a la reconciliación, a la empatía y a la paz.

(*) Historiador Ph. D., profesor asociado Departamento de Historia, director del Instituto de Investigación en Educación.