lunes, abril 23, 2018

Colombia: Crisis en la crisis, se profundiza la ilegitimidad del Estado



Se advierte al lector que este trabajo sigue el método del análisis de la lucha entre clases como factor desencadenante del proceso histórico, se esfuerza en contar con la debida sustentación argumentativa y tener soporte en fuentes de rigor.

Es una minuta que reseña un debate abierto y permanente. El trabajo escrito se produce en forma colectiva –sin línea política partidaria ni punto final–, y se asume como una acción ideológica contra-hegemónica. Material de reflexión de Comuna y Comunidad: un diálogo entre comunes para la unidad en la diversidad.

| Por: Colectivo Comuna y Comunidad |

Resumen 

La guerra en Colombia expresa la revolución frustrada contenida a ‘sangre y fuego’ desde la Masacre de las Bananeras en 1928, cuando la oligarquía pensó se iba a producir un levantamiento comunista no más pasada una década de la Revolución de Octubre. El problema de la tierra ha sido el eje de la confrontación social. Como un rasgo propio de la formación social, la burguesía industrial y financiera no logró derrotar a la fracción terrateniente de raigambre católica que apeló al paramilitarismo para contener al movimiento campesino desde los años treinta del siglo pasado. Luego se integró con la mafia lo que la vigorizó en su plan contrainsurgente para llegar a controlar a principios del siglo XX el poder presidencial. Colombia es uno de los países más regresivos del mundo. La violencia sistemática desde arriba dio forma a un movimiento insurgente que no alcanzó a doblegar estratégicamente la fuerza militar del régimen sostenida por el aparato de control territorial del imperialismo norteamericano. El poderío de la insurgencia se desvió hacia la acumulación de capital lo que la convirtió en una fracción de la burguesía emergente. En esas condiciones procede a hacer una negociación inter élites cuyo balance se hace en este estudio lejos de los mitos y la propaganda.

Introducción

El mundo tuvo sus ojos puestos sobre la dolida Colombia luego del estruendoso fracaso del presidente Juan Manuel Santos –acaecido el domingo 2 de octubre de 2016– para conseguir un apoyo plebiscitario al Acuerdo Final alcanzado con las FARC. Luego de seis años de negociaciones en La Habana, acariciaba la posibilidad de ser ‘laureado’ con el Premio Nobel de la Paz, así como hacer valedero su anhelo in pectore de ser designado un día no lejano Secretario General de la ONU. Pero como la vida está llena de tumbos y sorpresas, al perder el plebiscito, el Presidente que lo convocó -ipso facto- debería renunciar. No hacerlo evidencia un ‘déficit democrático’ y una falencia en su ética política que unos pocos se atrevieron a señalar. Por eso en su alocución nocturna de ese infausto domingo, al reconocer atribulado la adversidad del resultado, alcanzó a trastabillar estas palabras: “…aún estoy en funciones…”.

Por un vericueto de la historia, la línea de mando de la FARC se convirtió luego de 52 años de armada en una fracción de la burguesía agraria, comercial y financiera. Por ello dejaron sus camuflados de revolucionarios en armas para pasar a utilizar un ropaje social-reformista.
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Sobre este inverosímil comportamiento explica con inusual clarividencia –dada la confusión que padecen el remedo de filósofos contemporáneos– el joven pensador mexicano Luciano Concheiro: “El sistema capitalista tiene la capacidad de asimilar los actos subversivos e incorporarlos en su lógica. Una vez detectados, son convertidos en mercancías y configurados por los principios mercantilistas”.


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