viernes, mayo 25, 2018

Anticapitalismo realista



| Por: Antonio Lorca Siero / Rebelión |

Los posicionamientos que se han venido acogiendo al término anticapitalismo operaron y operan en el terreno de la utopía o se han definido como una forma de hacer política. En ambos supuestos sus proyectos han desembocado en fracaso por falta de conexión con la realidad social. El motivo no es otro que, aunque la ciudadanía se deje emocionar temporalmente por cantos de sirena, al final recupera el sentido de utilidad que domina la existencia, y en este punto el bienestar material resulta ser determinante. De ahí que la entrega al modelo facturado como capitalismo goce de prevalencia y se sostenga, tras más de dos siglos de intentos de desmontar el modelo acudiendo a ensayos puntuales y revoluciones en definitiva fracasadas.

Dado el estado de desarrollo del capitalismo y su implantación a nivel global, elaborar cualquier modelo dirigido a desbancarle de la posición que ocupa ha resultado ser un simple querer y no poder. Hay que aceptar que el argumento central del poder en el que se asienta reside en el protagonismo alcanzado por la economía frente a la política, a la que ha desplazado en la exclusividad de gobernar a los pueblos. Ignorar la realidad material del funcionamiento económico regido por los principios capitalistas es dar la espalda a lo evidente. Con remisión a otra época, en la que la fuerza física era determinante de la gobernabilidad y la política venía a ser un intento racional de gobernar desde el simple uso de la fuerza, la economía mostraba sumisión a la política, en cuanto garante racional de aquella fuerza que ocupaba la primera línea. Cuando el modelo de gobernabilidad basado en la fuerza física se debilita y es sustituido por la realidad basada en la nueva fuerza económica -el capitalismo-, y esta fuerza se formaliza como poder, el sistema experimenta un cambio sustancial. A partir de ese momento, la fuerza ahora dominante permanece en la retaguardia y coloca en el escenario solamente a la política, otorgándola aparente autonomía, mientras la fuerza física pasa a ser instrumento a su servicio. Se construye así una estructura basada en el Estado institucionalizado, sometido en su funcionamiento al Derecho. En este modelo político, tras el poder institucionalizado, permanece el poder real en un segundo plano, respondiendo a la fuerza dominante en la sociedad, que se percibe de forma material, no como capital sino como dinero. Con lo que la racionalidad que acompañan al Estado, al Derecho y al funcionamiento de la política se someten al poder real del dinero –hoy disponemos de tantos ejemplos sobre el particular, que sólo basta con abrir los ojos para verlo- y quien lo controla resulta ser el capitalismo .

Es evidente que el capitalismo ha conducido la realidad económica, política y social a la medida de sus intereses. ¿Mientras, la fuerza real de las distintas sociedades, que son las masas, han sido incapaces de imponer control, ¿para que los recursos económicos generados desde la actividad capitalista aprovecharan a todos y no a una minoría. Las masas han asumido el capitalismo, pese a sus injusticias y el desproporcionado reparto de bienes, como un mal menor, porque no están dispuestas a renunciar a la mejora de la calidad de vida que ha proporcionado. En esto se impone el sentido de utilidad y optan por quedarse con lo que parece menos malo. ¿En cuanto a la política, no puede ir contra el capitalismo que la sostiene. Aunque convendría que no ignorara -pese a la simbología de la democracia representativa- la realidad de las masas, como fuerza de la que proceden todas las fuerzas.

Parece ser que anestesiadas las masas con ese consumo, que se dice lleva al bienestar, no hay posibilidad sería de enfrentarse a los planteamientos del capitalismo, ya que tratar de hacerlo desde la política, basándose en promover los movimientos de masas o la captación de seguidores de propuestas demagógicas son simples juegos políticos, que a la postre acaban desplazados por la realidad. El anticapitalismo político , a poco que se observe, resulta ser propaganda electoralista movida por el populismo, fundamentalmente de izquierdas, que busca oportunidades para políticos que ven recortadas sus posibilidades de acceso al poder, con lo que se muestra como una oportunidad de tomarlo, apoyándose en los votos de quienes se sienten desfavorecidos. No es más que un subproducto resultante del descontento derivado de la desigualdad de oportunidades que ha generado el capitalismo. Pero en el fondo allí se sigue obrando en términos capitalistas. Si sus promotores llegan a acceder al poder institucional, darán cuatro brochazos para aparentar que todo ha cambiado, pero el cambio será aparente, porque no hay que olvidar que estamos hablando de simple propaganda, mientras que la realidad camina en otra dirección. Por tanto, el anticapitalismo político se queda en una estrategia de partido, movida por sus líderes, que utiliza el desencanto de las masas como medio para llegar a ejercer el poder, aprovechando la voluntad de las individualidades contrarias a las prácticas capitalistas, pero una vez llegados al poder se comportan como lo que son, consumistas seguidores de las reglas marcadas por la doctrina capitalista.

En cuanto a la alternativa de hacer un anticapitalismo desde los grandes movimientos de masas ha resultado, en definitiva, un proyecto igualmente fracasado. Se ha sostenido en ficciones ideológicas que chocan con la realidad material. De ahí que e l anticapitalismo utópico no haya tenido futuro más allá del campo de las ideologías. Su trayectoria histórica viene movida por la revalorización del valor masas, las que coloca frente a la clase dominante, inicialmente la burguesía y más tarde simplemente la clase capitalista. El argumento base es la opresión burguesa, y el principal oprimido el proletariado, remitiéndose la cuestión a una lucha de clases. El anticapitalismo se oferta como la lucha de la clase trabajadora frente a los abusos de la clase burguesa. Este proyecto, iniciado con Marx y sus seguidores como lucha de clases, y defendido por el anarquismo, reivindicando el papel de los obreros, y concluido provisionalmente con los movimientos de mayo del 68, donde adquiere una dimensión masiva y cultural, supone un avance en el plano de las ideas. Además, se aprecia un tránsito desde el aspecto fabril a otros más cercanos de la vida cotidiana, al objeto de ganar en profundidad y en seguidores, adaptándose a los nuevos tiempos; pese a ello, sigue fallando la conexión con la realidad de una sociedad de masas consumidoras. Si el anticapitalismo en el terreno de la lucha de clases responde a la realidad de la época y con el anarquismo se trata de encontrar soluciones radicales, progresivamente el anticapitalismo va perdiendo vigor, pese a las algarabías callejeras del mayo del 68, hasta casi quedar reducido en la actualidad a una anécdota.

Para una aproximación a este proceso de decaimiento del movimiento anticapitalista hay que acudir a la referencia histórica. La lucha de clases concluyó sustituyendo una clase por otra, y no precisamente colocando en su lugar al pueblo. A los burgueses tomó el relevo el funcionariado del partido y la actividad creadora del capitalismo fue sustituida por la rutina burocrática -la vieja URSS, salvando algunos puntos específicos, puede servir de ejemplo-. Inevitablemente acabó por demostrarse que, pese a los buenos propósitos que animaron a la ideología del proletariado, la utopía realizable de Bloch, cuando se hizo realidad no permitió ganar en bienestar a las masas, pese a liberarse tanto de los restos del absolutismo, como de la burguesía o del simple capitalismo depredador. Las ideas fueron desplazadas por la burocracia de partido único dedicado a mirar por los intereses personales de sus miembros, para dedicar al pueblo las migajas de un sistema incapaz de competir con el capitalismo. En cuanto al anarquismo, desde su dimensión violenta, nunca tuvo futuro, porque cualquier intento de subvertir el orden marcado por el sistema capitalista desde fuera del propio capitalismo parece estar abocado al fracaso. El argumento sería que el dinero puede comprar, no sólo la razón -tal como vemos permanentemente en las noticias de actualidad- sino cualquier fuerza, ya que quien dispone del dinero cuenta con mayor arsenal armamentístico. Pasando a mayo del 68, como último intento del capitalismo utópico para desplazar el capitalismo desde el anticapitalismo, al objeto de actualizarlo culturalmente, se trata de un movimiento que en el fondo aparece controlado por el capitalismo. Aprovechando el apasionamiento juvenil de quienes luego en mayor o menor medida se fueron adaptando al sistema, tomando el papel de burgueses revolucionarios, acusaba en mayor medida que los anteriores falta de realismo y carencia de viabilidad.

Desde que Fukuyama sacó a la luz el metafórico fin de la historia, la oposición ideológica al capitalismo se ha quedado escasa de argumentos enérgicos. Pese a todo, las anteriores experiencias anticapitalistas no han caído en saco roto porque la idea de fondo sigue presente. No obstante, de lo que se trata es de plantear la oposición al modelo capitalista desde el realismo. El anticapitalismo realista no puede renunciar ni a la referencia política ni a la ideológica, pero se mueve en el terreno de la realidad social, en la que juega un papel fundamental lo económico. Si lo político y lo ideológico no han sido útiles, porque se ha echado en olvido la realidad social plena y el arma de las revoluciones es endeble, por falta de un consenso total de la sociedad, en cuanto el asunto afecta a unos y no a otros, la cuestión económica, es decir, el dinero, compete a todos y la realidad social se mueve a su dictado. Si el anticapitalismo político, entendido como forma de dedicarse a la política, es un simple producto comercial de los vendedores de ilusiones para captar a la disidencia, y el capitalismo utópico trata de combatir al capitalismo desde las ideas desconectadas de la realidad material de la existencia, el anticapitalismo realista es una propuesta para domesticar al capitalismo y reconducirlo por el terreno de la utilidad social, para que su funcionamiento redunde prioritariamente en la mejora de la calidad de vida de las masas y no en provecho de las elites. En definitiva, se trata de ponerlo al servicio de las propias masas consumidoras.

La evidencia está ahí, pero se trata de ignorar por conveniencia. El poder, que corresponde a las masas, ha sido asumido por las elites. Para garantizar la dominación desde este planteamiento, se ha construido el Estado. Un instrumento útil para la gobernabilidad, que debe pasar a ser controlado por las masas, liquidando el modelo elitista de gobierno. La tesis elitista es un producto utilizado por el capitalismo para asegurar su viabilidad desde planteamientos atentos a la riqueza de unos pocos, más que para cumplir con el capital, siguiendo el mandato del capitalismo. En cuanto a las masas son las simples explotadas para que otros prosigan con su particular negocio. Baste señalar que tanto su tendencia elitista como el método de explotación para crear riqueza, aprovechada solamente por una minoría, son a ojos vista totalmente injustos. De otro lado, la pretensión individualista de transformar el capital en riqueza no es más que la consecuencia del personalismo que afecta a la esencia del propio capitalismo desde la revolución burguesa, ya que se ha llegado a confundir capital con riqueza. En su descargo, a su amparo se ha alcanzado una cota de bienestar general considerable en comparación con sus precedentes, pero esto no supone que deba disponer de patente de explotación social a perpetuidad.

Un anticapitalismo realista pasa inevitablemente por el control real del aparato del Estado por las masas. Ya no sirve la democracia representativa. Se trata de un modelo obsoleto, útil en su día para canalizar políticamente a las masas desde el elitismo burgués. Ahora no es más que un arreglo de los partidos para que las minorías continúen ejerciendo el poder invocando la legitimidad de las urnas. En el tema de la llamada al orden desde el anticapitalismo, un sistema político basado en minorías representativas de todos, solo permite que el capitalismo funcione a su aire utilizando el argumento del dinero, que se hace extensivo a nivel personal de los seleccionados para ejercer la gobernabilidad. Hoy escandaliza a la sociedad los casos de corrupción política individualizados, pero hay que verlo como la consecuencia de entregar un cheque en blanco a través del voto, que puede salir mejor o peor, pero en lo que se aprecia una inhibición absoluta del asunto político por parte de la ciudadanía.

Si la anteriores propuestas son, por el momento, simple utopía, hay otra realidad circulando que puede aprovecharse. Se trata de la condición de masas consumidoras, producto indispensable para el funcionamiento del capitalismo. Si las empresas no venden en los términos que conviene a los intereses mercantiles, el capitalismo se colapsa. De ahí que haciendo valer su condición de elemento determinante del funcionamiento del mercado, las masas tendrían la capacidad de poner orden en el capitalismo. Al objeto de convertir esta propuesta en otra utopía, la función de la clase política y de los empresarios es contribuir a transformar consumidores en consumistas. Circunstancia que les hace perder buena parte de esa racionalidad que reclama la existencia. Pasando a ser en parte confundidos por la norma del consumo por el consumo -véase, entre otros, el fenómeno smarphone -. La cuestión de combatir la tendencia al consumismo, resaltando el papel del ahorro, para pasar a ser consumidores racionales, es esencial para llegar a poner bajo control al capitalismo.

La previsión del capitalismo es que las masas se pongan al servicio de su negocio, mientras que para un anticapitalismo realista de lo que se trata es deinvertir la propuesta y poner al capitalismo al servicio de las masas. El capitalismo es depredador, porque en interés del negocio no duda en destruir cuantos obstáculos encuentra en su camino, pero a este capitalismo bárbaro el anticapitalismo realista contrapone un capitalismo humano en armonía con la naturaleza. Todo lo demás es pura demagogia auspiciada por el propio capitalismo, utilizando a sus figurantes en el escenario político.