viernes, mayo 25, 2018

Carlos Lozano y el periodismo claroscuro de Ibagué


Carlos Lozano, entre Ricardo Téllez e Iván Márquez – Fitografía: Periodismo Sin Fronteras

| Por: Luis Orlando Ávila Hernández* |

De no ser porque fuera de la raigambre social tolimense e ibaguereña, de la pura raíz simoniana o de su honorable condición de ser comunista no vergonzante, nada importaría el que pudiera pasarse por alto (haciendo eco de la ética que abunda desde 2002) por buena parte de los medios impresos o digitales, sus periodistas y las facultades que pululan en este Ibagué pedestremente dirigido, el hecho noticioso que estos, estas y estxs ignominiosamente no dieran en destacar la vida y experiencia periodística de uno de sus más destacados colegas, tras la desafortunada desaparición de Carlos Lozano Guillen, ante todo periodista e ibaguereño.

El periodismo del claroscuro que es moda ibaguereña a la hora de comunicar, adolece de la gallardía intelectual y a cambio de esto esgrime el ninguneo, la criminalización o la estigmatización, muchas veces por la lisonja de unos cuantos mariverides o acaso por la exigua montada de un taparo en la próxima cabalgata, para parecerse o simularse, que es lo suyo.

Obviamente, las excepciones existen y elcronista.coalaluzpublica.comelnuevodia.com.coecosdelcombeima.com,elsalmon.coelolfato.com y la vozdeltolima.com oportunamente hicieron lo suyo, ya sea por cumplirle a sus lectores u oyentes de izquierda o por creer en la importancia del periodista comunista para la historia de la ciudad.

Así las cosas, hay que decirlo sin giros: ¿cuál es la hermenéutica que subyace a las, los y lxs actuales profesionales o autodidactas del periodismo ibaguereño? Pues el mensaje claroscuro, sin más.

Porque como trasfondo lingüístico, el claroscurantismo comunicacional rinde y mientras más rinda, más privilegios otorga, en una profesión u oficio que para infortunio de esa misma hermenéutica de villorrio, solo recuerda a aquellos quienes alejados del rendimiento, ejercieron para la siguiente generación o solo para dejar el registro comunicacional, que en esencia es para lo que sirve a la sociedad el, la o lx periodista.

Tras décadas de imprimir amañados claros y oscuros al relato de nuestra violencia y de nuestro conflicto social y armado, les sobrevino en plena Paz (implementada o no), a los periodistas de este tipo de hermenéutica, la muerte de uno de los suyos, quien precisamente desde la prensa combatió al claroscurantismo de radio, TV y prensa escrita que le tocara vivir desde Guillermo León Valencia hasta Álvaro Uribe (suma de infortunios) a condición de allanamientos, falsos positivos judiciales y de cuando en cuando, el exilio o su peor cara: el ostracismo social y mediático.

Ahora, el debate no es el de falsear mediante nimiedades o banalidades o lugares comunes el ejercicio de contar (comunicar) o no a la novel audiencia de redes o chats, acerca de la responsabilidad histórica, política, periodística e intelectual (que la tiene como todos la tenemos, así miremos para otro lado) del ibaguereño Carlos Lozano, como es la costumbre periodística local a la hora de erigir ciertos escritores de contrato o de permanente dadiva publica o a músicos, pintores o cultores del lagarteo, su único mérito.

Es tiempo – y talvez la muerte de Carlos Lozano sea una excelente excusa – de mostrar intelectualmente de que están hechos (hermenéuticamente hablando) los, las y lxs periodistas del Ibagué que nos dejó Carlos Lozano y su idea comunista de lograr por todas las formas de lucha: un país en Paz, el cual a él no le quedó el tiempo necesario para vivirlo, andando para arriba y para abajo por su Pola de infancia, sin el tormento tenebroso de la sempiterna vigilante camioneta de los antiguos DAS, B2 o F2.

El claroscurantismo es una de las formas de hacer periodismo, como lo fue para Goya y la pintura, a la hora de enseñarnos ilustradamente la vileza y la maldad de la Inquisición de los jesuitas católicos españoles.

Pero a diferencia del estético uso de Goya, el claroscurantismo de la palabra escrita o “chateada”, por lo menos el ibaguereño, solo sirve para perpetuar otro tipo de Inquisición: la de la posverdad (The Post-Truth Era) que a pasos agigantados hace carrera entre las, los y lxs noveles periodistas para decirnos (comunicarnos), por ejemplo, que nuestra conflicto social y armado incipientemente superado, solo fue parte de una realidad aumentada (Augmented Reality), donde todos éramos meros jugadores.

Colofón. Triste por decir lo menos, que dos medios que usan comercialmente el nombre de la ciudad (ondasdeibagué.com y elibaguereño.com) ni siquiera les mereciera mención obituario para el destacado ibaguereño: Lo que natura no da Salamanca no presta. 

(*) Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.