viernes, mayo 25, 2018

Deudores del mundo, uníos



| Por: Daniel Fernández –CLAE / Estrategia |

En plena Revolución Industrial, cuando las masas de obreros se agitaban fervorosas contra las condiciones inhumanas de trabajo y el sistema de explotación capitalista, la consigna quedó clara: trabajadores del mundo, uníos. No obstante, al día de la fecha, ¿qué ha cambiado para que sintamos que esa consigna pareciera no contener del todo nuestra lucha?

Cuando cayó el muro de Berlín y el modo de producción capitalista se mundializó, algunos intelectuales señalaban con firmeza que el sistema finalmente se había agotado. Según ellos, los límites geográficos vedaban la posibilidad de extender las fuerzas productivas a una escala superior, por lo que las contradicciones del sistema se agudizarían al máximo.

Los años que mediaron la crisis del petróleo de 1973 y la disolución de la Unión Soviética en 1991 parecían comprobar que el capitalismo industrial era incapaz de colocar la enorme cantidad de mercancías que era capaz de producir. La imposibilidad de colocar gran parte de la producción mundial llevaba a constantes períodos de depresión y crisis de sobreproducción.

Sin embargo, así como la mundialización implicaba la “socialización” máxima del proceso de producción (consolidando las cadenas globales), también significó la socialización del crédito. Aquello que estaba reservado para las clases más pudientes de la sociedad se “democratiza” y hoy se accede al financiamiento en cualquier comercio, no solo los bancos.

Como decía Albert Einstein, el tiempo no es más que otra dimensión espacial y, por lo tanto, el capitalismo aún nos guardaba un as bajo la manga, su capacidad de dar un salto de escala más al proyectarse en el tiempo hacia delante y mercantilizar hoy lo que aún no ha sido producido.

La tarjeta magnética de crédito, las plataformas digitales de pago (Paypal) y  de comercialización (Amazon o Alibaba) han permitido difundir cada vez más el acceso al crédito, posibilitando que un mayor número de trabajadores puedan hacerse del excedente de mercancías producidas en el presente, empeñando parte de sus futuros ingresos.

En 1980, el valor de los derivados financieros (un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo: acciones, índices bursátiles, valores de renta fija, tipos de interés o también materias primas) era cercano al PBI mundial. Veinticinco años después, éstos pasaron a representar diez veces la capacidad mundial de generar riquezas. Esta diferencia de magnitud nos ha llevado a interpretar que el mundo financiero opera con activos virtuales o artificiales, sin embargo, se trata que ha convertido todo en un mercado a futuro..

De esta manera, el modo de producción actual solo puede entenderse si además de pensar en escala global, podemos proyectarnos temporalmente hacia los futuros ciclos  que son puestos en juego en el presente. De la misma manera, nuestra clase social está dada por nuestro rol dentro de la estructura económica, tanto presente como futura.

Los ciclos de precarización y proletarización de los empresarios que no detentan la cantidad suficiente de capital para sostenerse competitivamente dentro del mercado se han acortado, y ahora deben recurrir necesariamente al mercado financiero para prolongar su agonía, cayendo inexorablemente en la clase de los endeudados, ¡e incluso mucho más endeudado que un trabajador!

Esta nueva fase del capitalismo no sólo se caracteriza por la financiarización y la generalización del crédito, sino también por el rol estratégico que juegan las empresas de base tecnológica, que permiten acortar significativamente los tiempos sociales de producción y garantizar la pronta realización de las más variadas mercancías. La vigilancia permanente sobre nuestros datos y su procesamiento casi instantáneo permite mantener en todo momento un perfil lo suficientemente fiel sobre nuestra persona como para minimizar el riesgo de la financiarización, a través de los no pagos.

Además, las tecnologías derivadas de las infotelecomunicaciones permiten agilizar la adquisición de acciones y derivados, así como también focalizar las estrategias de ventas a nivel individual, permitiendo comercializar las mercancías antes que siquiera se pongan en circulación e incluso antes de producirlas.

En Estados Unidos, la deuda de tarjetas de crédito alcanza la cifra de  12.000 millones de dólares, concentrándose en dos grandes bancos: Citigroup y JP Morgan. Mientras tanto, Venezuela encabeza el ranking regional, con una deuda per cápita de 2.169 dólares, seguido por Brasil (1.276), Argentina ( 899), México (465) y Colombia (434 dólares por persona).

Los trabajadores son s arrojados al mercado laboral para hacer frente a los vencimientos de su tarjeta de crédito, préstamos personales, seguros y demás. De la misma manera que el capital financiero subordinó a los “capitanes de la industria”, nuestro trabajo se ordena enteramente en pagar nuestras deudas y costos fijos, a riesgo de ser etiquetado como morosso.

Los gobiernos nacionales son sometidos mediante los mismos mecanismos, con títulos de deuda soberana que se intercambian como figuritas en las plazas internacionales, de la misma manera que las firmas operan en la bolsa contra las acciones de su competencia o aseguran sus pérdidas en fondos de inversión.

No obstante, todo esto parece no ser suficiente para el voraz apetito de la aristocracia financiera global, que ha llegado a tercerizar el sistema de explotación. Los empresarios son los responsables de organizar la capacidad de pago de sus empleados a través del salario, a la vez que deben velar por los pasivos que ha adquirido su firma y los dividendos que deben girar sus acciones.
Bajo la característica figura del emprendedor, los fondos de inversión han diseñado instituciones dedicadas a la aceleración de los famosos startups, donde sus dueños adquieren el apalancamiento financiero que requieren para competir en el mercado global. Los que fracasen estarán obligados a pagar su deuda de alguna u otra manera, pues las clases dominantes han dispuesto de los más variados mecanismos para garantizar que las deudas se honren.

Los que tengan éxito, descubrirán más temprano que tarde que tan sólo son un empleado más, que tiene acceso a no más del 10% del paquete accionario.

En plena crisis económico, política, cultural y social, el mundo se divide en dos clases, deudores y acreedores. Contra las condiciones inhumanas de trabajo y de autoexplotación, y contra este sistema de apropiación rentista del capital, la consigna parece ser clara: deudores del mundo, uníos.

(*) Licenciado en Economía y en Ciencia Política y Administración Pública Uncuyo), Maestrando en Economía (UNLP), redactor-investigador argentino de CLAE (www.estrategia.la)