domingo, mayo 20, 2018

La lucha por Jerusalem -la puesta en marcha de un “pensamiento peligroso”-



“ Porque tú eres pueblo santo a Jehová tu Dios: Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la haz de la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque vosotros erais los más pocos de todos los pueblos: Sino porque Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano fuerte, y os ha rescatado de casa de siervos, de la mano de Faraón, rey de Egipto. Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta las mil generaciones”… Deuteronomio 7 : 6-9 (Reina-Valera 1960)

| Por: Julio César Carrión Castro |

“…Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra”. Deuteronomio 14:2 (R.V.)

“Los hombres creen en algo para olvidar lo que son. Al enterrarse bajo ideales y refugiarse en ídolos, matan el tiempo con toda clase de credos. Nada les haría sufrir más atrozmente que despertarse sobre la pila de sus placenteras falacias, frente a la pura existencia.”
                                                             Emil M. Cioran
                                                        Breviario de los vencidos

¿La profecía del pueblo elegido se cumple bajo el capitalismo?

Jerusalem es una ciudad muy antigua, pues según las exploraciones arqueológicas y los datos bíblicos, se cree que fue erigida alrededor del siglo XXVI antes de la era cristiana. Luego de múltiples avatares, gestas y acontecimientos -algunos históricos y otros míticos- que incluyen invasiones, conquistas, anexiones, asedios, masacres, destrucciones y reconstrucciones, logró finalmente, durante la expansión y dominio del Imperio Romano, consolidarse y adquirir una enorme importancia para la religión judía -tolerada por el Imperio- que denominó al territorio de la orilla oriental del Mar Mediterráneo incluyendo la ciudad, como la “Provincia de Judea”. La ciudad sería arrasada por Tito, hijo del general Vespasiano, hacia el año 70 de nuestra era, para luego ser reconstruida por el emperador Adriano que la hizo enteramente romana y ordenó la expulsión de los judíos.

Constantino I en el año 313, mediante el Edicto de Milán, legalizó la fe cristiana para todo el Imperio, lo cual significaría a la postre la expansión de este credo. Asimismo Constantino, ordenó la construcción de varios templos en Jerusalem, entre otros el llamado del “Santo Sepulcro” en el lugar donde supuestamente se produjo la crucifixión, muerte, sepultura y posterior resurrección de Jesús de Nazareth.

Permanentes conflictos con los musulmanes soportaría la Jerusalem cristianizada durante toda la Edad Media. El Imperio Bizantino -último reducto del decaído Imperio Romano- soportaría en su zona oriental los constantes embates del Islam, que hacia el siglo VII llegaría a ocuparla para convertirla en uno de sus principales lugares de convocatoria doctrinal y religiosa. Allí se construyó la Mezquita de al-Aqsa, una de las más importantes, junto a las de la Meca y Medina. En el año 623, es decir un año después de la Hégira (huida de Mahoma de la Meca hacia Medina), según el Corán, ocurrió el ascenso de Mahoma a los siete cielos a lomo de su burra Burak (Corán. Sura 17 “El viaje nocturno”).

Mezquita de al-Aqsa

1096 y 1291 se realizaron las llamadas “cruzadas”, es decir esa serie de masacres programadas por el papado en contra de los musulmanes, bajo el pretexto de lograr la liberación de los lugares “santos”. En el año 1099 los cruzados bajo el mando de Godofredo de Bouillón, apodado “El defensor del santo sepulcro”, logran tomar Jerusalem y realizan un terrible genocidio, en el nombre de Dios, método de expansión religiosa y política que aún no ha cesado…

En 1517, Jerusalem y todo el territorio de Palestina, pasó a formar parte del Imperio Turco Otomano y por cerca de seis siglos, teniendo a Constantinopla como su capital, se mantuvo la hegemonía musulmana sobre la ciudad.

Tras una larga decadencia, en medio de múltiples guerras y conflictos tribales y nacionalistas, y debido a la creciente influencia del poderío económico, político y militar de las potencias capitalistas, comprometidas en el reparto del botín del mundo, que llevó a la Primera Guerra Mundial, se fue dando la fragmentación del Imperio Otomano. Así, con esta nueva caída de Constantinopla, la aparición de los nacionalismos y con la derrota de la coalición formada por el Imperio Alemán y el Austrohúngaro, al que se alió el Imperio Otomano durante Primera Guerra, y la influencia de las grandes potencias capitalistas, el Imperio es reducido, y su territorio, en particular la Palestina, terminaría siendo administrado por el Imperio Británico.

En la Primera Guerra Mundial, cuando las tropas de las potencias aliadas se tomaron Constantinopla en 1918, mediante el Acuerdo Sykes-Picot , se dio la repartición del antiguo territorio del imperio Otomano, con todo y sus gentes. Por mandato de la Sociedad de Naciones fue dividido el Imperio en varios nuevos Estados, establecidos, organizados y tutelados por las potencias colonialistas, en especial por la Gran Bretaña, que asumió esos territorios como nuevas colonias, eufemísticamente denominadas como “protectorados”.

Los acaudalados y astutos dirigentes sionistas estuvieron atentos a pedir constantemente apoyo al gobierno inglés para las migraciones que promovían hacia el territorio palestino y para la constitución del Estado Judío -favor que les fue concedido plenamente en 1948 luego de finalizar la Segunda Guerra Mundial y al concluir el mandato británico sobre la Palestina y Mesopotamia-.

La mística aspiración del retorno a “la tierra prometida” es parte integral de la doctrina de los judíos, que se asumen como pueblo elegido por Dios, y se sienten comprometidos en esa nostálgica ambición desde la destrucción de Jerusalem y del templo de Salomón erigido en el monte Sión -lugar donde originalmente se estableció la ciudad-. Las comunidades judías, en su permanente dispersión o “diáspora”, históricamente han soñado con volver a esos hipotéticos lugares “sagrados” que su religión estableció y consagró.

Es importante entender que los judíos constituyen un pueblo, unas tradiciones, una cultura en la que el componente religioso tiene un enorme peso específico, mientras que el sionismo es un agresivo credo político militante que se propuso, desde finales del siglo XIX, erigir a toda costa una nación para el disperso pueblo judío, su principal objetivo sería promover migraciones hacia Palestina para llegar a crear el Estado de Israel.

Theodor Herzl

Los activistas del Sionismo trabajaron por la conformación de esa patria para los judíos en el territorio de Palestina. Theodor Herzl y otros radicales nacionalistas judíos, tratando de alcanzar sus objetivos, no solo buscaron el apoyo económico y financiero internacional, sino el respaldo de las potencias imperialistas, (incluso dentro de la propia estructura del Tercer Reich -con el que arteramente colaboraron los sionistas buscando que con la persecución al pueblo judío-alemán se acrecentara el proceso migratorio hacia la Palestina- y con el fascismo italiano) y llegaron a promover una serie de acciones y atentados terroristas, que finalmente rindieron los frutos esperados: Hace 70 años, el 15 de mayo de 1948 con el retiro de las tropas británicas de Palestina los judíos declararon la creación del Estado de Israel, contando no sólo con el apoyo de los países imperialistas, sino, también con la amañada anuencia de las recién creadas Naciones Unidas…

Ha sido pues, muy amplia la presencia y el contenido religioso, histórico y político no solo de los tres credos abrahámicos en torno de la ciudad de Jerusalem., sino de las potencias imperialistas y colonialistas.

El conflicto Palestino-Israelí (que no es un conflicto sino un acto de agresión colonialista e imperialista por parte del Estado sionista contra Palestina) opera como un pretexto, como una “tapadera” tras la que se esconde hoy el interés de “una minoría que pretende ser la humanidad”. Asumen los sionistas que finalmente se realiza la profecía, que el determinismo histórico del “pueblo elegido” se está realizando cabalmente.

La historia está llena de “pueblos elegidos por Dios”, aunque no todos han tenido el poder -y respaldo- de potencias nucleares...

¿Hay judíos "inocentes"?

Es necesario reiterar la diferencia que hay entre sionistas y judíos; pues en realidad no todos los judíos son sionistas, y algún número de ellos no está de acuerdo con el exterminismo que el estado judío viene realizando contra el pueblo palestino.

Entendemos como lo explicara el maestro Estanislao Zuleta que no debemos caer en el simplismo de ser “indiferentes con las diferencias”, decía Zuleta:

“...Cuando uno se coloca en esa posición, indiferente ante las diferencias, puede formular cualquier ecuación: si Marx es igual a Lenin, si Lenin es igual a Stalin, si Stalin es igual a campos de concentración, si campos de concentración rusos son iguales a campos de concentración nazis y si campos de concentración nazis son igual a Hitler, entonces, Marx es igual a Hitler, y Marx y Hitler son la misma cosa. Idea en la que se basan los llamados nuevos filósofos. Idea que desde el punto de vista filosófico, que tanto interesa, es aberrante, porque es formular igualdades sobre la base de liquidar las diferencias. Y cuando quieren liquidarse las diferencias, puede construirse cualquier igualdad. Lo que han hecho es de un simplismo inmenso desde el punto de vista filosófico; si se liquidan las diferencias y los efectos de los procesos históricos, si se hace una teoría puramente idealista de la historia son los pensamientos los que dirigen los procesos y no hay más remedio que llegar a la conclusión de que Marx es igual a Hitler. A eso han llegado por un procedimiento filosófico aberrante...” (Entrevista Estanislao Zuleta / Ramón Pérez Mantilla Revista Nueva Crítica Bogotá. 1983)

Es importante recordar que el proceso de muerte administrada en que se ensañó el nazi-fascismo no se hizo de espaldas a los "ciudadanos del común" en Alemania, este contó con el beneplácito de la población, fue "democráticamente" aceptado, es decir, fue algo "bien visto", por las "mayorías" alemanas. Por estas razones no se puede eximir de culpa a esos "silenciosos ciudadanos de bien", satisfechos, plenos y amañados bajo el régimen nazi.

Proponer y ejecutar la muerte como un proceso organizado, de tipo industrial, no fue exclusivo de los jerarcas nazis, esta fórmula, así como la de las masacres en masa o la llamada “guerra total”, tiene su historia; ha sido empleada, sistemáticamente, no sólo por los estados totalitarios y autoritarios, sino que siempre ha sido utilizada, de manera reiterada, por los más distintos poderes y gobiernos, incluidas hoy, por supuesto, las denominadas “democracias occidentales”.

La guerra total fue un gigantesco laboratorio antropológico en el cual se diseñaron las condiciones fundamentales de los genocidios modernos y del exterminio industrial del siglo XX. Durante la Primera Guerra Mundial, los soldados, por ejemplo, dejaron de aparecer como los héroes de las guerras tradicionales y se proletarizaron; a la hora de combatir, estaban simplemente incorporados a una máquina en la cual tenían que ejecutar tareas parciales, al igual que un obrero puede trabajar en una oficina o en una fábrica”. (Memoria y conflicto. Las violencias del siglo XX Enzo Traverso)

Lo más grave, lo más aberrante de esta situación, es que estamos condenados a su reiteración, a su tediosa y cotidiana repetición; el horror de la muerte administrada (después del nacionalsocialismo, del fascismo, del estalinismo y de las guerras mundiales), se ha convertido en cultura cotidiana, en práctica justificada legalmente por distintos Estados y gobiernos; pero también en comportamiento de vigencia universal, aceptado por unas masas continuamente adoctrinadas para la aceptación y adopción de estos comportamientos irracionales, agresivos, destructivos ...

Cuando se estableció en la Alemania nazi el horror de la llamada “solución final”, no se trató de una abrupta irrupción del “mal” en el devenir histórico de un pueblo tranquilo y sosegado, sino que esta política de estado gozó de una amplia aceptación y permisividad, del más absoluto consentimiento por parte de los hombres corrientes; de una ciudadanía aletargada, incapaz de réplica o confrontación, porque había sido preparada para cumplir con unos comportamientos colectivos preestablecidos.

La ideología nazi se estableció cómodamente entre las clases medias y sectores populares alemanes, porque éstas estaban previamente preparadas para ello por una especie de predisposición forjada tradicionalmente por la pedagogía del rigor, de la obediencia acrítica y el odio al otro. Los investigadores alemanes Alexander y Margarete Mitscherlich al hacer un análisis pormenorizado acerca de los fundamentos del ascenso del nazismo en Alemania, en su libroFundamentos del comportamiento colectivo (Alianza editorial 1973), diáfanamente lo precisaron:

“Nosotros estuvimos muy de acuerdo con un gobierno que supo establecer de nuevo un vínculo entre ideales típicamente alemanes y el sentido de nuestra propia identidad: se nos daba allí la oportunidad de exhibir de manera uniformada nuestro propio valor personal. De repente aparecieron (...) unas jerarquías de autoridad claramente articuladas. La precisión de nuestra obediencia quedó probada de modo conveniente, y a la voluntad casi ilimitada de mostrarnos dignos de las esperanzas del Führer le fue lícito entregarse al desenfreno.”

Por esas mismas razones tampoco ahora es válido excluir de responsabilidad a todos esos judíos del montón, que esperan una especie de revanchismo, a su pasado de esclavitud, de pena y de martirologio; que tienen una acomodada justificación teológica para el despiadado y criminal comportamiento del estado sionista; personas que sutil o abiertamente, apoyan y respaldan esas acciones racistas, terroristas, genocidas contra el pueblo palestino, incluso -como lo muestran las imágenes- aplaudiendo las acciones criminales de su ejército, los constantes bombardeos sobre mercados, escuelas y hospitales palestinos, en fin, toda la barbarie exterminista de que está haciendo gala el estado teológico judío...

Los sondeos de opinión de los “medios de comunicación” en Israel han sido contundentes:

“La encuesta del Instituto por la Democracia de Israel de la Universidad de Tel Aviv -la que indica el arrollador apoyo a la ofensiva- da al Ejecutivo una nota media de 7,5 tras tres consultas hechas a lo largo de julio. La ofensiva empezó el día 8. La mejor calificación, un 8, la logró el día que se inició la ofensiva por tierra. La tendencia se repite en el sondeo del Canal 10: un 85% está “satisfecho o muy satisfecho” con el liderazgo de Netanyahu”. (Tomado del artículo, “Los asesinos se confiesan: Los israelíes apoyan la ofensiva de Netanyahu de modo casi unánime”. La Haine. Org. 1/8/2014).




Todo ello nos está demostrando fehacientemente que los sentimientos y comportamientos de odio, de racismo y de solución militar a los conflictos, arraigados en la sociedad israelí no sólo por la tradición religiosa, sino que están siendo propiciados y manipulados, sistemáticamente, por los grupos hegemónicos que asumen, aun hoy, la validez de unas “sagradas escrituras” que establecieron que la tierra de Israel fue entregada por Yahvé a Abraham, Isaac y Jacob, y que ellos, los descendientes del mitológico Jacob, son el pueblo escogido y por ello tiene un trascendental derecho sobre estos territorios. Se trata de la movilización de individuos sujetados a una administración total, que explota, controla, orienta, disciplina y regula todas las actividades y procesos de la vida. Se trata, en definitiva, de la más clara expresión de lo que tan apropiadamente llamó Michael Foucault el biopoder.

Cuando el sionismo, como clara expresión de ese biopoder, terminó abarcándolo todo, no sólo en Israel sino en la diáspora, es lícito afirmar que “no hay judíos inocentes”... Podríamos decir que peor que los obedientes soldados encargados de la perpetración directa de las masacres, son los judíos que respaldan, desde sus aparentes candorosas vidas cotidianas, las acciones genocidas de su gobierno; igual responsabilidad les cabe a quienes simulan indiferencia, desinterés, apatía o neutralidad, frente al despropósito, la vesania y el terror que le impone Israel al pueblo palestino; se trata de unos pragmáticos cínicos y acomodados que, al carecer de crítica al estado criminal, se constituyen en cómplices pasivos de este enorme genocidio.

Hoy, además, el sionismo internacional, astutamente, emplea palabras aparentemente sacralizadas como holocausto o antisemitismo, como comodines útiles para justificar la perpetración del genocidio palestino y los más despiadados crímenes porque creen tener ese derecho por una especie de revancha histórica...

El interés es indagar acerca del porqué de ese respaldo, de esa especie de “solidaridad” que los ciudadanos del común expresan a unos gobiernos que no sólo los oprimen, sino que, además, les manipulan los comportamientos. Es preciso indagar la genealogía de un proceso histórico que se remonta a los comienzos mismos de la intención de formar sujetos sometidos y obedientes, lo que se extiende, por supuesto, a los orígenes del sistema escolar. Y es que la escuela surge como una institución establecida con el propósito de socializar y regularizar a los individuos, según los patrones de comportamiento fijados por los grupos que ejercen la hegemonía cultural e intelectual en una sociedad determinada. Comportamientos ligados, en lo fundamental, a las exigencias de los procesos productivos, a los ideales de “orden” que ellos establecen, y que buscan, en todo caso, la homogeneización y la uniformidad de los sujetos, para etiquetarlos como “nazis”, “fascistas”, “estalinistas”, “sionistas” o “demócratas”, poco importa...

Ya lo sabemos; es largo el camino recorrido por las acciones inhumanas que presuntamente persiguen el establecimiento de valores trascendentales como la libertad, el orden o la justicia. A nombre de Dios, de la razón, del Estado, de la raza, de la clase social, del mercado, o de la democracia, se han perpetrado los más horrendos crímenes contra la humanidad. Lo de Gaza, lo de Palestina hoy, no es más que un crudo ejemplo de esa pavorosa continuidad...

La actual “apropiación de Jerusalem”: una gran amenaza

Jacques Derrida en su obra Espectros de Marx: el estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional, de 1995, estableció que, “La guerra por la ¨apropiación de Jerusalem¨ es hoy la guerra mundial. Tiene lugar en todas partes, es el mundo, es la figura singular de su ser ¨out-of-joint¨ (desquiciado)”. Esta aseveración, en este mundo “desquiciado”, en el contexto de la llamada era del postcomunismo, de la supuesta victoria del capitalismo mundial y el fin de la historia, se pone en evidencia con el bellaco reconocimiento que el gobierno del excéntrico payaso Trump y algunos gobiernos cipayos del imperialismo norteamericano, hacen de Jerusalem como capital del estado sionista de Israel, violando el derecho internacional e incluso a contrapelo de la propia historia...

Peter Sloterdijk al escribir su libro “Celo de Dios -Sobre la lucha de los tres monoteísmos-”, en el cual, luego de un detallado recuento de las premisas, posiciones, frentes y campañas desarrollados históricamente por los tres monoteísmos (Judaismo, Cristianismo e Islam), advierte, siguiendo a Derrida, que esto significa una gran amenaza, para el mundo de hoy, pues, “el que tres escatologías mesiánicas, mutuamente enzarzadas entre sí por competencia, movilicen -si es que Derrida tiene razón- directa o indirectamente, todas las fuerzas del mundo y todo “el orden mundial” para la guerra sin cuartel que libran”, constituye más que un debate ideológico o una confrontación de diversas ideologías, la puesta en marcha de un pensamiento peligroso…, no por el dogmatismo religioso implícito, sino por el entramado mesiánico-expansionista, de carácter geopolítico universalista, del modo de producción capitalista, de sus tesis liberales, de ese agregado teorético de los “Estados de derecho” y del “orden” mundial, y justificatorio, en fin, no solamente del imperialismo humanitario, sino del poder militar y nuclear de las potencias, mientras se argumenta la promoción planetaria de la “democracia” y de los derechos humanos, que, por supuesto, les lleva a contar con el apoyo tanto de innumerables sectas apocalípticas y maniáticas, de los tres monoteísmos, como de enorme rebaño de “hombres de bien” y de intelectuales, comprometidos en la realización de esa “democracia”…

¿Hay demócratas inocentes?