miércoles, mayo 09, 2018

Marx 200 Años: Los espectros de Marx y el desquiciamiento del mundo



“Mi libro es un saludo al Marx de ayer y de mañana”, dijo Jacques Derrida, refiriéndose a su obra Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional (originado en una conferencia ofrecida en la Universidad de California, en abril de 1993 y editado en castellano por Editorial Trotta -Cuarta edición 2003- )…

| Por: Julio César Carrión Castro |

Derrida busca, ante el desconocimiento de lo que queda por venir, aprender a vivir con el legado de las anteriores generaciones, aprender a vivir con esos fantasmas del pasado, “es decir, ciertos otros que no están presentes”, porque -dice-, “hay espíritus, y es preciso contar con ellos…”, en ello radica su intención de poner en actualidad a Marx, en nombre de una "política de la memoria" y de un deber de justicia con la historia, como lo expresara Walter Benjamin. Para Derrida, como para el príncipe Hamlet, todo comienza con la angustiosa aparición de un espectro. Asevera, entonces, que el fantasma inscrito en el Manifiesto de Marx y Engels, es un fantasma que opera como una presencia viva alrededor del desquiciado mundo contemporáneo y que, a pesar de todas las criminales tergiversaciones impuestas por la maquinaria dogmática y los aparatos ideológicos, debemos entender que “no hay porvenir sin Marx”, sin el diálogo fecundo con estos espectros que nos posibilitarán un día la mesiánica realización de la venganza. Dice Derrida (Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional Editorial: Trotta. Página 42):“Lo mesiánico creemos que sigue siendo una marca imborrable -que ni se puede ni se debe borrar- de la herencia de Marx y, sin duda, del heredar, de la experiencia de la herencia en general…”

Hoy existe, sobre todo en el mundillo académico y universitario, el propósito de neutralizar el marxismo vivo, utilizando a Marx contra Marx; buscan reducir el marxismo a mera especulación teorética, alejarlo de sus fundamentos políticos y sociales, de su propuesta de transformación del mundo y de la vida, convertirlo en simple teoría economicista. Se intenta estabilizar el desarreglo, el desquiciamiento del mundo actual, convocando un supuesto “nuevo orden mundial” y este restablecimiento implica -de nuevo- derrotar el marxismo, ahora presentado en una versión light (la versión académico-universitaria), para poder instaurar sin contratiempos un nuevo tipo de hegemonía, de carácter mediático, tele-discursiva (basada en el más pedestre consumismo y la acumulación de riquezas, en hermenéuticas de la farándula y en tecnologías del esparcimiento) que pretenden haber conquistado el fin de la historia (Fukuyama) y dado muerte a Marx, al marxismo y las esperanzas que encarnaba. Este poder tecno-mediático, sustentado en un discurso intelectual, erudito o académico, pero también comercial, con gran potencial, ha logrado instituir el reino del simulacro y de la homogeneidad.

La imposición de la llamada democracia liberal en la mayor parte del mundo, asumida como telos absoluto de la historia, como realización del “progreso”, no representa, como pretende Fukuyama, una “buena nueva”, sino una irreductible expresión de la catástrofe que, además, se acompaña de fantasmas religiosos con sus escatologías mesiánicas premodernas -como las de las tres religiones llamadas del libro- que continúan generando a partir de sus embustes un permanente estado de guerra a nivel mundial. Frente a todo esto Derrida nos propone recoger, de manera irreductible, el legado, la herencia crítica de Marx, la promesa emancipatoria: “puede ser, incluso, la formalidad de un mesianismo estructural, un mesianismo sin religión, incluso un mesiánico sin mesianismo, una idea de la justicia, -que distinguimos siempre del derecho e incluso de los derechos humanos- y una idea de la democracia -que distinguimos de su concepto actual y de sus predicados tal y como hoy en día están determinados-” (página 73).

Propone rescatar el marxismo y plantea que éste tiene espectros que nos asedian, uno de ellos es el espectro o fantasma del mesianismo. Esa condición mesiánica de la propuesta marxista es para Derrida, uno de los principales legados de Marx. Gracias a ello podemos garantizar que el tiempo no siga desquiciado, bajo las apariencias de la publicitada “democracia liberal” y mediática que nos agobia, con su retórica formal y juridicista. La idea es que el marxismo (su fantasma) reaparezca con su promesa mesiánica, más allá del aterrador fracaso que lo precedió, superando las perversiones del estalinismo y buscando hacer las rectificaciones requeridas, porque “no hay herencia sin llamada a la responsabilidad. Una herencia es siempre la reafirmación de una deuda, pero es una reafirmación crítica, selectiva y filtrante…”.

Hay que establecer, entonces, un balance o inventario exhaustivo que permita fijar las delimitaciones precisas a nociones como clase, vanguardia, partido, poder del Estado, etc. (…) Para, finalmente comprender que el mesianismo también puede ser revolucionario. El marxismo entendido como un mesianismo sin mesías…como una promesa que tiene que cumplirse… una deuda que debe ser pagada a los vencidos…

-Peter Sloterdijk elabora una dura crítica al presentismo, a ese presente ausente que caracteriza a las sociedades contemporáneas, que se han reducido a la mera supervivencia, al sólo vivir aquí y ahora, contra el principio esperanza que acompañara antaño a la humanidad; “desaliento atrapado en una mera provisionalidad, extraña a la historia y que no tiene la costumbre de la alegría del futuro. El mañana adopta el doble carácter de lo insignificante y de la catástrofe probable y mientras tanto sigue actuando una pequeña esperanza de supervivencia” (SLOTERDIJK Peter. Crítica de la razón cínica. Ediciones Siruela. España 2003. Página 171).

Para Sloterdijk en las sociedades actuales se vive un sentimiento de conformismo y de plácida amargura que, a la vez que niega los sueños y las esperanzas, destruye la memoria, porque se ha entrado en una especie de seriedad organizada que cerró las posibilidades a la insolencia y a la jovialidad que en su momento propiciaran los críticos del statu quo. El carnaval, las universidades y la bohemia, que en su momento lideraron la insolencia histórica y social a todo lo dispuesto como oficial, autorizado o sancionado, irremediablemente han perdido su eficacia, porque las ciudades -que antes amparaban a estos jocosos subversivos- ahora “se han convertido en masas amorfas, donde extrañas corrientes alienadas transportan a los hombres a los diferentes escenarios de sus intentos y fracasos de vida”. Hace ya tiempo que el carnaval no significa ‘mundo al revés’, sino huida de la horrenda cotidianidad; la bohemia, (ese apartamiento de las normas, de lo convencional; la taberna, el garito, la holgazanería, el burdel…), ya no tiene el sentido de burla e insatisfacción, quizá marcada por la impronta de simuladores y farsantes tipo Hitler. “Y por lo que respecta a la universidad ¡mejor no hablar!” -dice Sloterdijk-: El cinismo y la pedantería entraron a sustituir la insolencia de la inteligencia goliárdica que desde la Edad Media tardía caracterizó a estos centros de estudio, hoy reducidos, bajo el slogan de vivir en una supuesta “sociedad del conocimiento”, a la curricularización del mundo y de la vida y a la torpe administración de aburridas cotidianidades.

Agotadas las reservas, tanto del optimismo ilustrado, como del descontento popular e intelectual, la moderna conciencia infeliz de la gente desilusionada, desarrolla en estas sociedades, una especie de marcha fúnebre que, no obstante, es cínicamente presentada como una marcha triunfal (el optimismo ilustrado fue sepultado definitivamente luego de Auschwitz e Hiroshima). En medio de un difuso cinismo universalizado, contrapuesto a todo individualismo, a toda crítica y sumergido tanto en los convencionalismos y en las conveniencias de las mayorías, como en la arrogancia y en la petulancia de los poderosos, solamente se promueven procesos de autoconservación a corto plazo.

En este tipo de sociedades apocalípticas contemporáneas, en que se muestra “el último hombre” que predijera Nietzsche, aquel que todo lo empequeñece, que “tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche”, no sólo hemos de lamentar la pérdida de la memoria de la insolencia, sino la falsificación monstruosa de la esperanza, bajo el cinismo, que se complace en enmascarar el irremediable fracaso de la ilustración tras el velo de sus supuestas realizaciones, donde ya no es posible siquiera el impulso de un mesianismo tardío, moderno, porque estos cínicos “últimos hombres”, intuyen que ya no se puede cambiar el mundo.

En otro de sus libros, Celo de Dios, Sobre la lucha de los tres monoteísmos Peter Sloterdijk, glosando la obra Espectros de Marx de Jacques Derrida se refiere al asunto mesiánico en estos términos: “…tres escatologías mesiánicas, mutuamente enzarzadas entre sí por competencia, movilizan -si es que Derrida tiene razón- «directa o indirectamente, todas las fuerzas del mundo y todo “el orden mundial” para la guerra sin cuartel que libran»… una de las exageraciones más patéticas que se han escuchado de un filósofo en el pasado más reciente… Derrida habla en ese lugar de judaísmo, cristianismo e islam. Lo que intenta es identificar el grupo de las religiones monoteístas como «partidos en conflicto» histórica y universalmente entrelazados… … Quiero referirme, por último… (a esa) trascendencia del que tampoco es fácil desembarazarse en favor de una simple explicación naturalista. Va acompañado de la idea de que una instancia ultraterrena, llamada usualmente Dios, en momentos especiales, por amor, compasión o enfado se vuelve hacia seres humanos concretos y los elige como receptores de mensajes que según ciertos criterios fehacientes se interpretan como revelaciones. No es éste el momento de discutir sobre las implicaciones del concepto de «revelación». La expresión sólo adquiere sentido en el marco de un modo de pensar repleto de presupuestos, que en otro lugar llamo metafísica del remitente fuerte…”

En el caso del sionismo que hoy orienta el Estado de Israel, la idea del mesianismo pareciera realizada ya con la instauración de este agresivo y criminal estado judío en Palestina. Lo cierto es que… “Así, a la razón occidental, que viene librando desde hace siglos esta batalla frente al cristianismo y el judaísmo, se le ha abierto un nuevo frente de combate. Puesto que en la lectura de los libros sagrados de cualquiera de las tres grandes religiones monoteístas todo depende de sus intérpretes (basta ver las diferencias de enfoque que van desde el integrismo hasta la Teología de la Liberación en el catolicismo), la influencia política de una u otra perspectiva depende de las necesidades de la hora. "El islam puede ser tan capaz de belleza y caridad como de violencia y de guerra. Todo depende de quien lo interpreta (...) El Corán no dice ni más ni menos que lo que el intérprete le hace decir”. ¿Acaso no ocurre exactamente lo mismo con el Antiguo y el Nuevo Testamento? ¿Los libros sagrados, escritos tanto por visionarios, profetas, iluminados y luchadores sociales de su tiempo como por "paranoicos y embaucadores" (expresión de Lisandro de la Torre, Intermedio Filosófico; La cuestión social y los cristianos sociales, Ed. Anaconda, Colegio Libre de Estudios Superiores, Buenos Aires, 1937.), no han servido de excusa y mandato para las peores atrocidades y los más conmovedores martirios? (Carlos Gabetta, Desafío a la razón occidental 07/10/12 Sin Permiso).

- Slavoj Zizek en El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo, analizando la generalizada hipocresía social que lleva a la gente a cumplir con los rituales religiosos sin creer en ellos, y sin tomarlos en serio, como realizando una especie de cínico desplazamiento de las creencias a las conveniencias, se pregunta: “¿qué necesidad tenemos de religión en nuestros tiempos modernos?” Y, recabando sobre las tesis de Nietzsche, dice: “Cuando uno lee las epístolas de San Pablo, no puede dejar de notar hasta qué punto se muestra directa y terriblemente indiferente respecto de Jesús, tomado como persona viva (el Jesús que no era aún Cristo, el Jesús prepascual, el Jesús de los Evangelios). Pablo prácticamente ignora por completo los actos, las enseñanzas y las parábolas particulares de Jesús, todo aquello a lo que Hegel se refirió luego como el elemento mítico de la narrativa de los cuentos fantásticos, de la mera representación (Vorstellung) prenocional. En sus escritos Pablo nunca se interna en la hermenéutica, no intenta indagar “el sentido más profundo” de esta o aquella parábola, de éste o aquel acto de Jesús. Lo que le importa no es Jesús, entendido como figura histórica, sino solamente el hecho de que murió en la Cruz y resucitó de entre los muertos. Después de establecer la muerte y resurrección de Jesús, Pablo continúa con su verdadero negocio leninista, el de organizar el nuevo partido llamado la comunidad cristiana…Pablo como Lenin, (fue) el gran ‘institucionalizador’…” (Zizek Slavoj El títere y el enano. Pag. 18).

Zizek nos dice que el núcleo perverso del cristianismo está en el hecho de no sustentarse en una lógica precisa que defina lo bueno y lo malo, sino que persiste en la ambigüedad y la simulación terrenal, como base del proyecto salvífico supraterrenal. Cristo manipuló a su discípulo Judas, para que lo traicionara, de la misma manera que Adán fue forzado a pecar por mandato del propio Dios. Para que el plan divino se pueda cumplir, se requiere que el hombre incurra en el pecado, en la traición. Desde siempre, el cristianismo ha requerido de la traición y la simulación. “En la lectura perversa del cristianismo Dios primero lanzó a la humanidad al pecado, PARA PODER crear la oportunidad de salvarla mediante el sacrificio de Cristo…” (Página 76) Cumplir con la ley encierra, pues, un contrasentido, una perversidad de Dios. “De acuerdo con la lectura estándar de Pablo, Dios le dio la Ley a los hombres para hacerlos conscientes de su pecado, hasta para inducirlos a pecar más y de ese modo hacerlos conscientes de la necesidad que tenían de lograr la salvación, que sólo podían alcanzar a través de la gracia divina” (página 162). Es decir, Dios incita al pecado para ofrecer la redención que habrá de llegar después de la caída y de la contrición. Se trata, entonces, de establecer prohibiciones para disfrutar luego no sólo con su incumplimiento o violación, sino con el beatífico estado del arrepentimiento, que siempre habrá de generar satisfacción entre los dispensadores de los premios y castigos.

Así trabaja el “sí, pero no” que da sentido y razón de ser a la Iglesia y a toda la ambigüedad institucional de estas sociedades profundamente burocratizadas, en donde todo pareciera que funciona perfectamente y de manera sincronizada, para “el cumplimiento de la ley” como lo señala Kafka en La Colonia Penitenciaria, modelo de todas las organizaciones burocráticas imperantes hoy en el mundo entero. La burocracia opera como esa compleja máquina kafkiana, en donde todo tiene que ser escrito, como sobre la piel de los condenados. El “correcto funcionamiento” de la estructura burocrática reclama no sólo la obediencia acrítica y la “servidumbre voluntaria”, sino el cabal cumplimiento de la normatividad fijada por el poder disciplinario: normas y reglamentaciones que el engranaje de la maquinaria exige: gestiones, trámites, papeleos, procesos, expedientes… porque nada puede quedar por fuera de la escrutadora mirada del poder y de sus funcionarios. Racional irracionalidad que hoy gobierna al mundo y que se caracteriza por la total desaparición de la individualidad, de la capacidad de juicio autónomo y del uso público de la propia razón, a favor de las “funciones”, los “cargos” y las “instituciones”. Permanentemente se nos recalca que “las instituciones permanecen mientras que las personas son prescindibles”. En esta afirmación descansa la realización de la metáfora de la maquinaria burocrática denunciada por Kafka y que oculta convenientemente, las auténticas intencionalidades del poder: Honrar a los superiores.

Bajo estas ambivalencias también se busca presentar como modelo de conducta, los comportamientos de individuos esquizoides que ostentan una aparente personalidad en público -en sus oficinas, por ejemplo- y otra muy diferente en lo privado -en el hogar, con la familia-. Zizek nos aclara que, en estas decadentes sociedades, el cambio de la apariencia formal funciona como si se tratara de cambios estructurales; que los afeites, los cosméticos y en general, las simulaciones, constituyen la auténtica estructura caracterológica de las personas.

A esta misma estructura de pensamiento pertenece la contemporánea actitud de la izquierda que milita en la academia, en el gueto universitario, que se entretiene en exigir muchas cosas, aunque de antemano sepa que sus demandas no serán satisfechas. De esta manera, dice Zizek, “el viejo lema de 1968 ‘seamos realistas pidamos lo imposible’ adquiere aquí una nueva significación cínica y siniestra que tal vez esté revelando su verdad: ‘Seamos realistas, nosotros la izquierda académica, queremos parecer críticos mientras gozamos plenamente de los privilegios que el sistema nos ofrece…’ ”.

Estas premisas de hipocresía y simulacro están presentes también en la geopolítica contemporánea: Así, los Estados Unidos disfrazan su intervencionismo y neocolonialismo contra los pueblos del mundo, tras el velo de la protección a los derechos humanos y la expansión de la democracia occidental; un Estado tan agresivo y militarista como Israel, se muestra publicitariamente como democrático y tolerante, mientras desarrolla una política criminal y exterminista contra el pueblo palestino. Se ha impuesto ya la astuta y general presencia de los “últimos hombres” que predijera Nietzsche. Soportamos el triunfo final del nihilismo, la vigencia permanente de un “mundo administrado”. Proyecto compartido hoy, tanto por las sociedades de la “democracia” -en sus distintas versiones: liberal, totalitaria o demofascista- y el llamado socialismo real -estalinista o socialdemócrata-.

Se trata de la derrota final de las Ilustración y del triunfo de esa irreductible ambigüedad instaurada por la institucionalidad paulina, por San Pablo, el teólogo político que marcó a Occidente con esa militancia persecutoria que ha caracterizado desde siempre no sólo al cristianismo, sino toda la moralidad y el pensamiento que ha conducido a la catástrofe monótona, permanente y omnipresente de este “mundo insomne” que llamara Stefan Zweig.