domingo, mayo 13, 2018

Mejor una mala unidad, que refrendar la humillación



| Por: Manuel Humberto Restrepo Domínguez / Rebelión |

La brújula político social de la coyuntura electoral colombiana marca al norte la necesidad de mirar realidad tal como es, desnuda, sin velos, sin prejuicios, sin acudir a las pequeñas diferencias que separan con excusas que impiden asumir la responsabilidad histórica de los sectores populares y medios, ambos excluidos del poder y de las actividades de decisión y control del estado, desde el mismo momento en que empezó la vida republicana. El mundo ya no es un barrio obrero, ni la suma de mercancías de un mercado local, ni el volumen de órdenes de represión que expide el poder que sabe acomodar, mentir y confundir, pero también seducir. Leer los derechos en esta coyuntura, que es quizá la de mayor relevancia histórica de las últimas cinco décadas y de la generación que termina envejecida con la guerra y de la que empieza a mirar las oportunidades de la paz, necesita entender a fondo que a pesar de que el mundo de hoy sea ilegible políticamente, hay que leerlo en el momento concreto y usando la caja de herramientas adecuada y luchar para transformarlo.

En la coyuntura electoral, esta en juego una concepción de la política y del poder, no están en disputa solamente los cargos del estado, el control de las rentas, la conducción de políticas públicas o las garantías del poder coactivo institucional. Es el todo de la política, las relaciones entre la sociedad y el estado, el control de las conductas y la formación de un determinado espíritu de ser humano y la creación de condiciones de garantía del derecho a la paz para vivir efectivamente como están llamados a vivir los seres humanos del siglo XXI, libres del temor, el miedo y la miseria. Esto implica la necesidad individual y colectiva, de hacer el mejor de todos los esfuerzos del pensamiento, la palabra y la acción, para separase de prejuicios e intolerancias y entender que es preciso y necesario construir el ejercicio del poder de otra manera, solidaria, colectiva, con respeto por la dignidad humana y con capacidad para reconstruir la propia historia de seres humanos que esperan ser reconocidos como sujetos de poder para construir hasta ahora negado por el poder que destruye.

Hay una imagen espacio de país, forjado con retazos de corrupción, falsedad, mentira, odio, engaño y humillaciones, producidas y propiciadas por un círculo cerrado del poder indolente, que ante sus faltas responde con cinismo y se repone fácilmente cambiando las formas y metodologías o inventando un teatralizado perdón y contrición sin mínimos éticos. Y hay también un tiempo propicio para crear la unidad, no de la izquierda, si no de los empobrecidos, excluidos, marginados, intelectuales, estudiantes, trabajadores, desempleados e inconformes de todas partes, para lograr que sea una unidad de propósito con el objetivo de tomar el control del estado. No importa si se trata incluso de una mala unidad provisional, cuando lo central es impedir que las elites asociadas en el bipartidismo fragmentado, pero no antagónico, refrenden su inamovible posición como poseedores del control del país. Es preferible una mala unidad con fisuras o brechas, discordancias y tonalidades difusas y una que otra incertidumbre, que recaer en el vacío sin retorno.

Política y socialmente la imagen espacio del país, es la de una tragedia, de la que es urgente salir, y es también un tiempo de coincidencias para construir el destino merecido. En síntesis es un buen momento para reafirmar otro modo de ser del pensamiento y de la acción, para ser más humanos, más solidarios, más comprometidos con el afecto que inspira la paz, que con el odio que trae la guerra. La dignidad es el centro de mando, de origen y futuro, es una unidad en la lucha por la dignidad. Es tiempo propicio para la ruptura, la invención y el comienzo de una nueva era, en la que los derechos aplazados ocupen el lugar que merecen como la mejor riqueza cultural jamás producida.

Por lo que acontece la historia del país muestra una de las más grandes tragedias humanas, sociales y ambientales jamás ocurrida en otro lugar del planeta de manera sostenida. Se vive entre la desesperación y el olvido, entre la soledad y el silencio, entre la precariedad y el abandono, pero muchos creen que viven en el país más feliz y además cercano socio de los potentados del mundo o se cree que es querido porque envía soldados a guerras de países que pocos saben ubicar en el mapa. La tragedia tiene miles de fosas comunes provocadas por la avaricia y la sed de enriquecimiento de los poderosos, los potentados hacen del agua su negocio y muchos gobernantes comercian con la vida de los más vulnerables para mantener sus posiciones, hay quienes se lucran inclusive con la sangre de los enfermos y hay los que llenan sus despensas con la comida que les falta a los que mueren de hambre. La barbarie, la ignominia, el descontrol de las elites para someter y ocultar sus arbitrariedades y desvaríos de poder esta ad-portas de sellar quizá por cien años más su pacto de poder y de gobierno para que las formas cambien pero todo siga igual, impedirlo es el reto de la unidad.

Esa historia, la de las elites, tiene héroes y villanos y ha sido contada por ellas mismas convirtiendo en hechos triviales o simples anécdotas el sufrimiento y las carencias de los excluidos, para apropiarse del sistema y del dinero de la salud les basto cambiar el modelo, se apropiaron del congreso y les basto organizar empresas de clientela electoral a la vista de todos, se apropiaron de las riquezas minerales, vegetales, la fauna, la flora, el agua y la tierra y les bastaron unas pocas leyes, se apropiaron de la constitución y crearon la reelección y les basto un par de sobornos pagados con notarias, para hacer lo que quieran les basta con sostenerse en el poder.

La historia que cuentan esta llena de mitos y fantasmas que limitan la comunicación y sobreponen los apasionamientos sobre los que resulta fácil producir estigmas, descalificaciones y persecución a sus adversarios, pero ocultan que los principales responsables de la tragedia humana de Colombia son ellos mismos, su violencia sin límite, su capacidad de engaño. En presente no cuentan por ejemplo que por encima de los intereses del país firmaron desiguales tratados de Libre Comercio (TLC) que produjeron la quiebra de miles de pequeñas empresas y acabaron otros miles de empleos, o que con la misma actitud apátrida han extraditado a miles de colombianos (decenas inocentes) y permitido crear siete bases militares al servicio de guerras ajenas y vendido, con sobornos incluidos, miles de licencias ambientales, para destruir al planeta en nombre del oro que terminara en sus bolsillos. No cuentan en su historia que la causa de la tragedia resulta de la sumatoria de su voracidad soportada con su control del estado. Tampoco cuentan que la violencia cotidiana tiene como causa principal la desigualdad sostenida, que permite observar como crece la economía mientras la gente se empobrece más o como unos pocos, no más de un millón entre cerca de cincuenta millones, viven como príncipes, mientras los otros a su lado sobreviven como mendigos. Y han ocultado sus maneras de vivir con plenos derechos y garantías solo para ellos, menos del 3% de la población, dueña de todo, como si el mundo hubiera sido creado solo para ellos, poseen las tierras, los alimentos, las aguas, los negocios, las iglesias, las naves, la radio, la televisión, las vías concesionadas y los parques de la nación y han creado un apartheid de pobreza o limitaciones para el otro 95% de la población disponible para ellos y que a veces resignada y sin esperanza acepta el sometimiento y la opresión como asuntos naturales.

Superar las interpretaciones meramente formales o normativas, de la realidad, convoca a las organizaciones sociales y políticas, a la academia, a los universitarios sean profesores o estudiantes, a trabajadores y desempleados, a mujeres y hombres, a estudiar y entender la manera como operan las reglas del poder hegemónico, que impaciente trata de impedir, que aquellos a quienes solo han entendido como sus subalternos, sus servidores o sus súbditos se estén tomando en serio rebelarse y usando las mismas herramientas del poder institucional apuesten con unidad a tomar por mano propia la construcción de su destino, para cambiar la manera de pensar, diseñar y gobernar el país y sus instituciones con fundamento en la dignidad humana. La Unidad es el medio para aferrarse a la esperanza de que sí es posible salvar del desprecio al ser humano, concretar la paz estable y duradera e impedir que la guerra siga ultrajando el sentido de humanidad.