lunes, mayo 28, 2018

Voltaire: una llama viva



| Por: Julio César Carrión Castro |

Confrontando el fanatismo, el terrible poder de las iglesias, el pretendido objetivismo de los cultores de la ciencia, (con todo su bagaje de “verdades”) y la cotidiana simulación del pensamiento (tan usual en el mundillo académico y universitario), persiste todavía un sueño: la recurrente ilusión de entender el pensar como símbolo de resistencia.


Este irreductible y obstinado sueño de asumir los intereses emancipatorios como orientación y guía fundamental para el quehacer de los humanos, está asociado de manera inevitable a la inconmensurable figura de Voltaire.

Tras el legado de este pendenciero hemos tratado de cumplir un itinerario de vida, unas veces forjando sueños e ilusiones, y otras viéndolos irremediablemente destrozados. Sueños, quimeras, utopías que, como cadáveres insepultos, se niegan a desaparecer y continúan burlonamente rondando la existencia; delirios de amor, de vida, de esperanza; ilusiones perdidas y fracasos... en fin, como nos lo enseñara Voltaire, la tragedia inscrita en la ironía y la risa, la risa siempre ahí, discreta y taimada o desaforada y vanidosa, como expresión de radical escepticismo y de crítica social porque, “perseguimos con risa burlona y maliciosa al que prometiendo maravillas, no hace más que tonterías...”

Voltaire es un demonio, un genio del mal que desde su pesimismo ilustrado nos convoca a no desfallecer frente a las ilusiones metafísicas y transmundanas, a la pesada carga de las engañifas militantes y a las trapisondas pseudo-intelectuales de los “decentes”, los “buenos” y los “verdaderos” que, desde su condición de “mayorías”, condenan y queman a los herejes, a los rebeldes, a los heterodoxos y a todos aquellos que pretendan celebrar discretos o marginales aquelarres, y conspiraciones individuales, contra las convicciones colectivas, las supersticiones y las más diversas banderías.

En esa búsqueda incesante -quizá sin objeto ni respuesta-, de la libertad y de la autonomía; en este vacío dejado por las utopías, nos propone Voltaire un horizonte de esperanza: la huida hacia nosotros mismos, atrincherarnos sin miedo y sin rencor, en el cultivo de nuestro propio huerto, creyendo en la validez de las pequeñas cosas que, como sombras tutelares, nos acompañan para no dejarnos perder el goce de la vida y enfrentar con valentía la establecida “infamia” -hoy tan plural-, que pretende definirnos los sueños y las perspectivas de vida...

Huir hacia nosotros mismos, hacia una interioridad que espera compartirse; entendiendo, como lo explicó Deleuze que, “huir no significa, ni muchísimo menos, renunciar a la acción, no hay nada más activo que una huida. Huir es lo contrario de lo imaginario. Huir es hacer huir, no necesariamente a los demás, sino hacer que algo huya, hacer huir un sistema como se agujerea un tubo... Huir es trazar una línea, líneas, toda una cartografía. Sólo hay una manera de descubrir mundos: a través de una larga fuga quebrada”.

Cultivar nuestro huerto significa retornar a una auténtica subjetividad que rompa la masificación, la absurda gregarización en que cómodamente se han establecido las “mayorías”, los “rebaños”.

Se trata de un giro hacia el interior, porque, como lo asevera Slavov Zizek,“todas las orientaciones filosóficas de hoy, incluso las que se oponen entre sí, están de acuerdo con algún tipo de instancia anti-subjetividad... el sujeto cartesiano tiene que ser deconstruido, o... situado en una larga dialéctica intersubjetiva...”. Por ello postula un regreso al sujeto, pero no al sujeto cartesiano puramente racional, sino, a un sujeto inherentemente político que logre hacer frente a esta paradoja que no ofrece salidas …

Ser libre para sí mismo, para cultivar nuestro huerto, como lo propusiera el Cándido de Voltaire, significa afirmar la vitalidad confrontando el nihilismo, no con la acomodaticia intencionalidad panglossiana de querer brillar en las tribunas, en las academias o en alguna universidad, dando continuidad a esos interminables y aburridos razonamientos sobre los efectos y las causas, o acerca del mejor de los mundos posibles, fortaleciendo esas inútiles discusiones metafísicas, moralistas o políticas,como suele hacerse en el gueto de los quehaceres académicos, simulando posturas novedosas y hasta revolucionarias, pero amparados bajo el techo de este tipo de parques temáticos para el empequeñecimiento humano que son las universidades, esas instituciones centradas en la doctrina de la felicidad y de la virtud, que reduce a los seres humanos, mediante el amaestramiento y la educación programada, a una triste individualidad rutinaria y resignada, que sólo busca la homogeneización, la masificación y la uniformidad, bajo una absurda máscara de petulancia y de engreimiento academicista...