viernes, junio 15, 2018

El asco de clases. Colombia y las elecciones



| Por: Álvaro Marín / El Ojo del cangrejo |

Colombia no encaja en las categorías de la sociología clásica, aquí todavía el siervo admira al señor que lo castiga, el cerdo es el tótem de una horda sangrienta y doctor es un mayordomo. El poeta Cardoza y Aragón observador de la cultura colombiana durante los años de violencia y ante la muerte de Gaitán decía:  “en el trato de señor a siervo es de donde surge la violencia en Colombia.” Para mirar lo que nos pasa es necesario partir de los hechos mismos, y de nuestro comportamiento social, antes que pretender ajustar nuestra realidad al mundo teórico. Si para algo ha servido este proceso electoral es para poner en evidencia nuestras fisuras, nuestros falsos valores, nuestras contradicciones y nuestras ambigüedades.

Aparecen nuevas corrientes críticas como un fenómeno estimulante y propiciador de perspectivas abiertas en lo político, y una corriente intelectual que se distancia de las posiciones conservadoras y estáticas de la intelectualidad tradicional que se había presentado como crítica del establecimiento, pero a la hora de las definiciones, cuando el establecimiento tiende al derrumbe, muestran su verdadero pensamiento con posiciones ambiguas, o abiertamente ladinas.  Es un momento que no da espacios para las dudas, un momento de definiciones históricas, y no es este un episodio puramente electoral, es una encrucijada de la nación y todos lo sabemos. No es la primera vez que estas evasiones se presentan en la historia de Colombia, pero sí es la primera vez en nuestra historia que la intelectualidad mimética es desbordada por la corriente crítica.

Hay una Colombia profunda que despierta, y al hacerlo deja en evidencia los desajustes en la cultura tradicional. La tendencia crítica es señalada de promover odio de clases, como si existieran en Colombia clases sociales. Estas nunca lograron configurarse por las mismas dinámicas internas que imposibilitaron la construcción de lo que se llama Estado nación, y por la interferencia de los intereses comerciales externos, que destruyeron en su origen el proyecto nacional. El comerciante detuvo el crecimiento de la clase obrera y de la clase burguesa y creo una mentalidad de zona franca en donde todo permanece en venta, hasta el Estado. Por eso en Colombia no hay burguesía sino delincuencia organizada sin otro interés que el saqueo y el beneficio privado, una horda empotrada en el poder. Aquí no hay clases sociales sino castas, y esta lectura del país está clara en la corriente que surge: “somos descastados, pero somos modernos, ellos son pre modernos”, más allá del debate sobre nuestro conflicto con la modernidad postergada, está la necesidad de superar la sociedad de castas.

Contamos con un territorio y unas comunidades medianamente consolidadas, pero no se puede decir lo mismo del Estado, su administración ha estado en manos de gobiernos que no pueden caracterizarse como gobiernos nacionales porque en su mayoría obedecen a intereses externos, y últimamente a los procesos globales, lo que agudiza la inestabilidad “nacional” y territorial. Incluso el territorio está diluyéndose, y sin que el país parezca advertirlo, por causa de las dinámicas globales. Tanto el territorio como los gobiernos obedecen a un orden y unas políticas diseñadas desde afuera. Por esta razón quienes creen que lo que está en disputa son unas elecciones, sin ver en el horizonte las jornadas que se vienen, desconocen la necesidad de acumular las fuerzas para resistir al poder mundial. Crear un proyecto nacional presupone crear un nuevo orden político nacional; dirán las mentes colonizadas que no se puede, y que en este mundo globalizado es imposible. Bolivia lo acaba de lograr, Uruguay y Ecuador lo lograron, y Brasil llegó a ser potencia mundial mientras Norteamérica y Europa estaban ocupadas saqueando y destruyendo el mundo árabe y enfilando sus máquinas de guerra hacia Oriente.

Las interferencias no han dejado espacios ni han permitido consolidar clases sociales sino castas a las que obedecen localmente intelectuales del establecimiento y gobernantes de juguete. Buena parte de la intelectualidad reproduce los vicios de las castas cuando miran la realidad desde arriba. La débil argumentación con la que una intelectualidad sirviente trata de hacer de contención de la corriente crítica expresa la atávica irracionalidad de las sociedades primarias. Al candidato de la corriente crítica los periodistas del servicio doméstico no le miran sus ideas sino sus zapatos, y se molestan porque son de una marca que la periodista considera un derecho exclusivo de la casta de mando, de sus patrones, pero no del candidato de los irredentos.

La confrontación y persecución de la servidumbre mediática al candidato popular no es un pulso y exposición de ideas sino una demostración de fuerza, de instintos primarios de periodistas que no se comportan como tales sino como perros guardianes. No piensan, ladran, no modulan el lenguaje, gritan. Y el instinto del periodista del servicio se expresa en odio, y en asco, porque no se puede expresar en un pensamiento crítico que no tiene. Si hay algo que le produce asco al intelectual servil es la inteligencia. Este asco instintivo, asco de casta, de horror al contacto, está presente todavía en la vida del país, y aunque agónico sigue dañando. Otro periodista que se presume inteligente y demócrata, dice que lo peor del candidato de la corriente crítica es su cara. La afirmación es del mismo tono, aunque más agresiva que la actitud de calificar a una persona por sus zapatos. El rostro puede ser un tema político, el periodista podría haberse dado cuenta que la expresión de un hombre del pueblo es distinta de la expresión de la casta mercantil, y hacer una reflexión pertinente con el momento político, pero no lo hizo, se impuso en él su asco de casta.

Los dos casos anteriores son solo un ejemplo de lo que pasa en la cultura colombiana, pero no podemos detenernos ahí, precisamente por lo que se viene. Quedan registradas esas actitudes mentales, sin nombres, porque son actitudes corrientes en nuestra intelectualidad y pueden llevar el nombre de cualquiera con un mínimo espacio en medios o con influencia social y micro poderes. Pero observemos bien estos atavismos en la cultura solo para saber de dónde es que huimos. Lo importante es lo que empieza a emerger en medio de esta cultura agónica, y lo que vemos es una cultura que empieza a abrir espacios en donde la corriente de convergencia política es parte de un proceso histórico, y junto a esa corriente emerge una nueva intelectualidad, más interesada en el análisis de los problemas que en figurar o en imponerse por su marca de casta, o de familia, o por la marca del vestido, o de los zapatos. La marca es el sustituto del escudo y el escudos es un arma de guerra.

Es en las regiones y los territorios en donde la corriente intelectual crítica se hace más presente, más viva, más confrontada y familiarizada con los conflictos de las comunidades y las regiones. En las corrientes de pensamiento que surgen se escuchan nuevas voces, más frescas, más decantadas, más claras, y menos temerosas de llamar la realidad por su nombre. La claridad y la pertinencia de las reflexiones de la corriente crítica acompañan un profundo sentido de verdad, de superación de la simulación, y de la apropiación de la libertad de expresión y pensamiento que reclama a quienes callaron en la auto censura por su largo silencio, por su arribismo, por su individualismo y su mentira, por su mimesis, por su condición servil de intelectual protegido y del servicio interno del poder.

El medio cultural y el país respiran un nuevo aire, y es necesario mirar lejos, en los resultados del 17 de junio se define parte de este proceso pero no el todo. No es suficiente con votar y replegarse, es necesario mantener vivo este proceso independientemente de lo que ocurra el domingo, y una forma de hacerlo es mantener los espacios de comunicación y de acción colectiva. Y una acción colectiva del movimiento que surge ha sido el debate y acompañamiento de estas elecciones, todos vamos aprendiendo de nuevo en la confianza, en la fraternidad, en el humor, en el arte, en el interés común, y en medio de un país que necesita salir definitivamente de la confrontación física de fuerzas. Vendrán otras jornadas, urgentes, inaplazables como la defensa de los territorios y la exigencia de la defensa de la vida de comunidades y líderes a los que siguen asesinando sin que la sociedad ni el gobierno respondan todavía, esa sería la primera acción si llegase a ser elegido el candidato de la corriente crítica, y si no, también sigue siendo la prioridad, más importante que las elecciones es la vida de los líderes que son parte de la consolidación del nuevo país, y ya mismo es tarde.

La calle, la plaza, la universidad, las redes, son espacios desde donde se puede dar continuidad y vida a este proceso que es necesario cuidar y fortalecer. También son urgentes los medios propios, la intelectualidad no puede seguir repitiendo el ritual de criticar el poder y refugiarse en él a través de los medios, es necesario construir medios críticos que acompañen el proceso, de todo esto puede generarse un proceso de comunicaciones que corresponda a las necesidades propias del movimiento que surge.

Vimos el papel regresivo que han tenido los medios en este tiempo de debate, y lo vimos porque nuestro interés estaba centrado, pero los medios hacen lo mismo todo el tiempo, por esto es necesario construir nuevos procesos comunicativos que sean capaces de orientar, de promover la reflexión crítica, de proponer y contribuir al avance del movimiento que ha surgido en este proceso electoral al que hay que mantener vivo si queremos un cambio real en la política y en la cultura colombiana.

Hay otras fuerzas que se desgranan de las formaciones tradicionales pero se distancian de la corriente crítica, son realmente la corriente democrático burguesa, si esto no es una contradicción en sus términos, o tal vez ese es su drama y el origen de su comportamiento ambiguo. Quieren democracia pero no tanta, quieren una transformación de la realidad social y cultural, pero no tanta, quieren el cambio pero le temen al cambio. Esta corriente es sin embargo una aliada cuando se decida a crear espacios autónomos que le permitan junto a la corriente crítica aislar a la corriente que se presenta como  “señorial” unas veces, y servil y retrasada en otras ocasiones, y que dificulta la creación de un proyecto nacional porque se sostienen sobre el poder del feudo y el poder del comercio. Oponiéndose al feudo con un nuevo proyecto fue que creció la burguesía europea y con ella la clase trabajadora, y no negándose a sí misma ni resistiéndose a un proyecto nacional, aunque retomar el sentido de lo nacional suene a atraso en los oídos de una intelectualidad de pose cosmopolita que arrastra permanentemente el cuero, “rastacuera”, como la llamaba Gutiérrez Girardot.

La insistencia de la corriente crítica en un acuerdo común y en un proyecto nacional es la intuición política que demanda una salida real a problemas concretos, y por lo que se ve hoy en el mundo, el momento es ya, otro camino sería condenar al país a otros largos años en la caverna y en la violencia.