domingo, julio 22, 2018

Educación, cultura y tradición religiosa (1)



| Por: Julio César Carrión Castro |
                       
Con la iglesia hemos dado, Sancho. Ya veo, respondió Sancho, y plega a Dios que no demos también con nuestra sepultura.
Cervantes

Fantasmas de otras épocas y de otras latitudes son en Latinoamérica vigorosas presencias que frecuentemente arremeten con inusitada fuerza y enorme prepotencia, provocando temor en toda alma viviente.

La derrota del miedo y de los mitos fue la divisa primordial de la Ilustración. En procura del advenimiento de sociedades enteramente secularizadas se forjó el ideal racionalista de la modernidad, que pretendía el desmoronamiento de la dictadura espiritual de la iglesia y de las ilusiones metafísicas que campearon durante todo el medioevo. Se trataba del proceso de desencantamiento generalizado del mundo. Al compás del desarrollo de las ciencias, de las artes y de la producción capitalista, se fue imponiendo la visión profana que reclamaba el imaginario colectivo de un incontenible “progreso” como fundamento de la existencia humana. Pero la misma burguesía, promotora de este proceso desintegrador del viejo régimen fue incapaz de asumir hasta las últimas consecuencias las dimensiones políticas del proyecto de desencantamiento del mundo, y la sólida presencia del pensamiento religioso medieval obligó a la naciente mentalidad burguesa a la astucia del ocultamiento, al enmascaramiento; es decir, a efectuar transacciones ideológicas con la tradición(2).

Hoy, desde la particular perspectiva del racionalismo instrumental y de un vulgar pragmatismo, transitoriamente victorioso, se plantea que nos encontramos frente al global desencantamiento del mundo, que las diversas ofertas ideológicas ensayadas en Occidente acusan fatiga y generan el escepticismo; por doquier se nos hace notar el derrumbe de los paradigmas y no faltan quienes señalan la muerte de las ideologías e incluso el luminoso final de la historia. Pero, por el contrario, asistimos aterrorizados a un pasmoso recrudecimiento de las concepciones y posturas reaccionarias; por una parte, el pasado persistente en nuestro medio hispanoamericano, con todo su peso de arcaísmo y regresión, y por otra, paradójicamente, como lo denunciaran Horkheimer y Adorno, el iluminismo recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse(3); el mismo ponderado cientifismo y la tecnología encierran la presencia del mito. El inicial proceso de desacralización ha devenido en una nueva sacralización.

En momentos de mayor crisis social reaparecen las visiones apocalípticas, los movimientos mesiánicos, y se acrecientan las misiones evangelizadoras y el clericalismo.

Como lo han expresado muchos estudiosos e investigadores -Rubén Jaramillo Vélez entre nosotros(4)- la experiencia de la modernidad se ha postergado en las naciones hispanoamericanas debido a la pertinaz presencia de la iglesia. Somos herederos de un pasado colonial español del que aún no nos liberarnos, a pesar de las magníficas actitudes de desobediencia, ladinismo y rebeldía realizadas por indígenas, negros y mestizos en esta Nuestra América que llamó Martí. Durante todo este transcurso de tiempo hemos llegado a establecer una exuberante y singular identidad colectiva basada en un sincretismo cultural que ha permitido soportar de alguna forma estos quinientos años de permanente evangelización y de precario modernismo.

Tradición y secularidad

El también singular proceso histórico de la España medieval, en abierta confrontación con el Islam, condujo, no a la laicización y autonomía de lo político, como en el resto de Europa, sino a una más estrecha fusión entre los quehaceres político y eclesiástico. No es gratuito que la Contrarreforma –movimiento conservador que pretendía la renovación del poder terrenal del papado, seriamente cuestionado por Lutero y los reformistas- haya sido una expresión específicamente española, liderada por Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús, para mayor gloria de Dios. Con el encuentro entre los españoles y los indios, como bien lo explica Wolfgang Schmidt(5), no se enfrentaron la realidad y el mito sino que se creó un espacio de amalgamamiento entre el arcaico misticismo español y la ritualidad indígena, extrañas relaciones conceptuales y vitales provocadoras de una mentalidad colectiva que aún perdura.

La empresa de la conquista y la colonización americana se efectuó afirmando y prolongando la mentalidad medieval española, con sus ideales caballerescos y religiosos; con “la cruz y la espada” se llevó a cabo el expansionismo imperial y la aculturación de los pueblos aborígenes de América, anhelos ecuménicos caracterizaron la colonización española. Este afán evangelizador provocó la afirmación de procesos que han tenido hondas repercusiones durante toda la evolución histórica de Hispanoamérica. El pensamiento religioso basa la organización social y política del mundo en el texto sagrado. Lo característico de la visión religiosa de la política es suprimir la distinción entre lo privado y lo público, entre individuo y colectividad6. Situación ésta que es detectable en el modelo de educación ofrecido durante la colonia hispánica; la evangelización y la catequización obedecían no sólo a los intereses de la iglesia sino a los de la Corona, que deseaba afianzar también la conquista espiritual de América. La escolástica tomista era la ideología oficial en los reinos de Castilla y Aragón y ésta operaba como discurso normativo gracias al insustituible apoyo del Santo Oficio de la Inquisición, encargado de reprimir las disidencias y mantener el dogma y la ortodoxia.

La Inquisición se estableció en España hacia el año 1480 por iniciativa de los reyes católicos. Las distintas órdenes religiosas que se desplazaron a América recibieron de la Corona la tarea de impulsar una acción ideológico–evangelizadora que debía incluir, además de la enseñanza de la lengua de Castilla, la imposición de la religión y la moral católica. Llegó a tanto la injerencia estatal en materia religiosa, que la reina propició la reforma del clero e intervino en la organización eclesiástica en muchos aspectos con mayor fuerza e intensidad que el propio papado. La actividad misional de los curas doctrineros se estableció en la América en interacción con las autoridades civiles representantes de la Corona. En virtud de la doctrina del Patronato, el Papa español Alejandro VI concedió a la monarquía española los territorios del Nuevo Mundo, a condición de orientar la evangelización. De esta forma la doctrina cristiana se convertía en la ideología de la dominación. Inicialmente los curas párrocos ofrecieron en las casas curales alguna instrucción que era solicitada por las familias, la educación se restringía a las capas sociales altas. Hacia la segunda mitad del siglo XVI surgen las escuelas de primeras letras en las cuales se enseñaba religión, algunos elementos de gramática, artes y teología. Estas escuelas eran sostenidas por los cabildos o por las comunidades religiosas. Después de las escuelas parroquiales y conventuales, abrirían sus puertas en América los seminarios y las universidades o escuelas de altos estudios, regentadas particularmente por los Jesuitas y los Dominicos, y que serían los principales centros de difusión de la ideología tomista durante el período.

El propósito de la educación en la Colonia era la formación de hombres en la fe, practicantes de la religión católica y cumplidores de los compromisos que les señalaba la iglesia... se combinaba la función civil de ciudadano con su ejercicio religioso y con el santo temor de Dios. La escuela era el artífice de esa unidad entre ciudadano y cristiano(7). Es fácil entender cómo, bajo el amparo de un Estado confensional y complaciente, el clero se fue convirtiendo, desde la Colonia, en una institución dominante. Salvo contados intentos fallidos de secularización que ha conocido la historia de Hispanoamérica, esta simbiosis Estado-Iglesia se ha mantenido prácticamente inalterada, constituyéndose la escuela en campo cerrado del quehacer eclesiástico(8).

El poder civil llegó a disputarle, en contadas ocasiones, a la iglesia el control sobre la educación; pero esto jamás significó una auténtica laicización de la enseñanza. Por el contrario, la debilidad estructural del Estado durante los siglos XVIII, XIX y XX ha contribuido a la consolidación de este fenómeno y el peso de la tradición y la cultura colonial española ha impedido históricamente la conformación de una sociedad civil autónoma, fuerte y decisoria en los países latinoamericanos.

Desde el período colonial el clero ha sido el principal agente socializador; por generaciones los educandos han sido formados dentro de una cosmovisión anacrónica y dogmática que impone el odio, la calumnia y la tergiversación hacia toda corriente ideológica contraria a la fe católica. Como lo anota Rafael Gutiérrez Girardot, el Catecismo de la Doctrina Cristiana, del padre Gaspar Astete, que fue publicado por primera vez en el año de 1599, ha sido el vehículo de afirmación ideológica y de fanatismo en las escuelas y colegios colombianos: Tras su forma simple de preguntar y responder, tras su apariencia “racional”, se oculta la intolerancia y su forma “decisionista” de pensamiento (¡sí o no como Cristo lo enseña!, que impone el sí y crea la noción de “amigo-enemigo”, popularizada luego en la “asignatura” de Historia Sagrada con la frase de Cristo “el que no está conmigo está contra mí”(9).

En Colombia, la Constitución Política de 1886, elaborada bajo el influjo del pensamiento conservador de Miguel Antonio Caro, significó un retorno a la tradición hispano-colonial, la escuela fue entregada al clero mediante el acuerdo concordatario de 1887. El Estado colombiano debía impedir que “en todas las ramas de la instrucción se propaguen las ideas contrarias al dogma católico y al respecto y veneración debidos a la iglesia”. Para el año de 1903 se promulgó la ley 39, conocida como “Ley Orgánica de Instrucción Pública”, que planteaba un total sometimiento de la educación a los designios del clero, orientación diametralmente opuesta a la que había propuesto para el año de 1870 el Decreto Orgánico de Instrucción Pública del gobierno del liberal radical Eustorgio Salgar. La ley orgánica de 1903 planteaba que “la instrucción pública en Colombia será organizada y dirigida en concordancia con la religión católica”(10).

Ausencia de una ética civil

El siglo XX se inicia en Colombia de manera traumática, con los estragos de la guerra civil de los mil días, el falaz desmembramiento de Panamá y la entrega de la soberanía al Vaticano en materia tan significativa como la educación. La pedagogía católica se hizo oficial bajo el confuso gobierno del General Rafael Reyes; las distintas congregaciones religiosas empezaron a afluir atraídas por una Colombia convertida, de nuevo, en tierra de misiones. Tales congregaciones -Salesianos, Hermanos cristianos, Maristas, Calasancios, Monjas de la Presentación, de María Auxiliadora, etc.- fueron asumiendo el control y la organización de la enseñanza, en una empresa que ha sido constante durante todo lo que va del siglo. Pero este control educativo se remite a una intrincada y oscura relación entre lo privado y lo público, característica que ya anotamos de toda actividad política que se asume desde una perspectiva religiosa. El proyecto pedagógico católico ha sido defendido por las distintas administraciones públicas con el argumento de la vigencia que pueden tener los dogmas y la moral católica, como “alternativa” de recuperación social ante la crónica violencia que ha azotado al país. No obstante, vale la pena preguntarse si no existe acaso responsabilidad histórica por el manifiesto fracaso de una ética confesional y tradicional que, precisamente por impositiva, cotidiana y habitual, rehúye cualquier crítica o cuestionamiento. Va siendo hora de que desde la sociedad civil se emprenda una amplia discusión pública sobre una moral supuestamente arraigada en las costumbres, pero que no ha servido para frenar el surgimiento y la consolidación de esta nuestra “cultura de la muerte”. Por el contrario, aterra comprobar cómo muchos de los más repulsivos actos de barbarie criminal cometidos en Colombia se han llevado a cabo por sujetos que, al menos en sus manifestaciones exteriores, se encuentran comprometidos con una adscripción religiosa. En nuestro país el comportamiento político ha llegado a con- fundirse con los rituales religiosos, y no solo por ese cariz de mesianismo que encierra el caudillismo, tan característico de los partidos tradicionales colombianos, sino porque los púlpitos y las mismas ceremonias religiosas han sido utilizados para promover el sectarismo. A nombre de Cristo Rey y con vivas a la Santísima Virgen se han desatado, a semejanza de la España franquista, acciones de retaliación y hostigamiento político.

En su libro Matar, rematar y contramatar, María Victoria Uribe, al analizar algunas de las características culturales de los bandoleros de la llamada época de la violencia, que desde mediados del presente siglo se estableció en Colombia, anota que la mayoría de los cuadrilleros eran supersticiosos y creían en agüeros. Para protegerse, llevaban en sus bolsillos estampas de la Virgen del Carmen, del Cristo Milagroso de Buga, escapularios y varias medallas en el cuello y en los tobillos y, algunos de ellos, tatuajes en los brazos y en el pecho(11). Muchos de estos delincuentes, como los sicarios de hoy, confían plenamente, no solo en las cualidades mágicas y milagrosas de dichos artificios sino que, además, encomiendan sus acciones criminales a la protección de los santos y la Virgen; creen que este amparo sobrenatural les hace invisibles a sus enemigos, les impide caer en emboscadas o les aleja de la muerte.

En la perpetración de los genocidios subyacen siempre motivaciones de carácter religioso o similar. Las políticas de exterminio de las minorías obedecen a una especie de idealización y delirio cultural: se busca con las persecuciones afirmar la identidad del grupo pretendidamente selecto, del “pueblo escogido”; la confrontación con los otros tiene el carácter de “cruzada”, de “misión”; se trata de atraerlos, ganarlos, convencerlos de “la verdad”. Quienes se aparten de ella, las minorías, son responsables del mal, a ellos se les imputa entonces la culpa y el pecado, justificándose así, en forma paranoica, su sistemática eliminación como un acto de limpieza social. Las incontables masacres que colman nuestra reciente historia, con toda la vesania que las caracteriza, con el derroche de torturas a las víctimas, la vejación de los cadáveres y las más variadas mutilaciones, constituyen una especie de rituales de muerte que están emparentados con los rituales religiosos. Pero este ritual de sacrificio es a la vez un anti-ritual. Un ritual que invierte y hasta se burla de otros rituales, más establecidos, más oficializados, más sancionados y legalizados por una iglesia y una doctrina, la católica. En su inversión y en su sátira, el ritual adquiere sus sentidos que aunque arbitrarios, o precisamente por eso, están cargados de significaciones. Un ritual que se apoya en, al mismo tiempo que nutre los rituales oficiales.(12) “No se mata más que a nombre de un dios o de sus sucedáneos”, Cioran dixit.

Superar esta cultura de la muerte implica construir un Ethos secular, una ética civil y de solidaridad que comprometa a los individuos en el respeto por las diferencias. Para el logro de estos ideales, que no son otros que los ideales de la Ilustración, es menester la promoción de una seria tarea pedagógica, cimentada en la obtención de la mayoría de edad y el uso público de la propia razón, rompiendo la ceguera valorativa en que nos han encerrado los distintos dogmatismos y ortodoxias. Es preciso educar en la sinceridad, contra los uniformismos gregarios, la simulación y los lenguajes estratégicos; sólo una ética comunicativa, y un claro respeto por la intersubjetividad hará posible la búsqueda de consensos no coactivos y la convergencia de las más variadas utopías emancipatorias.

La libertad de cultos y la enseñanza de la religión

La Constitución Política de 1991 consagró como derecho fundamental de las personas la libertad de cultos (artículo 19) y consecuentemente se fijaron los efectos civiles de todos los matrimonios, incluidos los de carácter religioso, el derecho que tienen los padres a escoger el tipo de educación para sus hijos y la no-obligatoriedad de la enseñanza religiosa. Estas disposiciones han generado enorme revuelo entre las comunidades religiosas y los defensores de la tradición. Era de esperarse. La Constitución de 1886 había instituido una serie de privilegios y ventajas para la fe católica. Hoy se pretende confundir a la opinión ciudadana haciéndole creer que la educación religiosa no es un asunto privado sino un derecho sancionado por la ley, y que su amparo y difusión corresponde a los organismos del Estado.

Por esas prerrogativas otorgadas a una sola iglesia la vieja Constitución, contribuyó al estancamiento de la sociedad civil y a impedir la consolidación de un proyecto educativo y cultural que reflejara auténticamente nuestra diversa unidad nacional. La tergiversación de los valores y del concepto de libertad llevó a confundir la libertad de empresa con la libertad de enseñanza y de cátedra, de ahí la enorme proliferación de establecimientos educativos de carácter privado, los cuales la mayoría de las veces operan guiados exclusivamente por el interés de lucro. La educación pública fue transformada en oficial y la educación privada creció de manera incontrolada. Así, en medio de un caos administrativo total, compiten en Colombia dos sistemas educativos encontrados y dispersos.

La Constitución Política del 91 abre las puertas para que nos emancipemos del tutelaje religioso y estatal que pesa sobre la educación y para que por fin ensayemos el ejercicio de la tolerancia. Allí se define a Colombia como un país pluricultural y multiétnico, se establece que la educación es un derecho de la persona y un servicio público con función social, se garantizan las libertades de enseñanza, de aprendizaje, de cátedra y de investigación; también la autonomía universitaria, y se propone la participación de la comunidad en la dirección de las instituciones escolares; además se precisa claramente que “en los establecimientos del Estado ninguna persona podrá ser obligada a recibir educación religiosa”. El cumplimiento de estos preceptos constitucionales convoca al ordenamiento de un Estado verdaderamente laico y a la construcción de una sociedad civil participativa y autónoma.

* Tomado del libro Sombras de humo. Pedagogía, política y otros delirios Universidad del Tolima. Ibagué 2006.Pag. 75 ss.Publicado inicialmente en la revista Plural No. 1. Ibagué, febrero de 1993.

Edición N° 00408 – Semana del 18 al 24 de Julio – 2014

(1) La revista Educación y cultura número 104, correspondiente al mes de julio de 2014, editada por el Centro de estudios e investigaciones docentes –CEID- de la Federación colombiana de educadores, publica un artículo del profesor Alexander Ruiz Silva titulado “Desprendiendo a Cristo de las paredes de la escuela”, que ha empezado a suscitar un enorme controversia alrededor del tema de la laicización de las educación en Colombia. Para contribuir a este debate, me permito presentar de nuevo este texto que ya cumple más de 20 años de haberse publicado originalmente, en espera de que podamos insistir en este tema tan crucial para la educación en Colombia...

(2) Cf. ROMERO, José Luis. Estudio de la mentalidad burguesa. Alianza Editorial. 1987

(3) HORKHEIMER, Max y ADORNO Teodoro. La Dialéctica del Iluminismo. Ed. Sur. Buenos Aires, 1969. p.42.

(4) Ver al respecto el artículo La postergación de la modernidad en Colombia. En Estructura científica, desarrollo tecnológico y entorno social. Ed. U. Nacional. Bogotá 1990.

(5) SCHMIDT, Wolfgang. En los límites de la Modernidad. En Debate sobre modernidad y postmodernidad. Editores Unidos Nariz del Diablo. Quito. 1991.

(6) FREGOSI, Renée. Laicización de lo político. En revista Letra Internacional No. 19. 1990. Madrid. España.

(7) MARTÍNEZ BOOM, Alberto y SILVA, Renán. Dos estudios sobre educación en la colonia. Universidad Pedagógica, centro de Investigaciones CIUP. 1984.

(8) Como vanos intentos de secularización de la educación en Colombia podemos anotar la expulsión de los Jesuitas ordenada por el rey Carlos III en el año de 1767, la legislación pertinente que se produjo entre los años 1767 – 69 y particularmente los planes educativos que en 1774 presentó Don Francisco Antonio Moreno y Escandón, fiscal de la Real Audiencia. Durante la época republicana tendríamos el plan de estudios que mediante la ley 18 de 1826, propuso Francisco de Paula Santander y las tentativas que por establecer un Estado moderno, burgués, laico y democrático, impulsó durante la segunda mitad del siglo XIX la generación del liberalismo radical, que condujo a la excomunión del presidente Tomás Cipriano de Mosquera por parte del Papa Pío IX. Por supuesto todos estos proyectos de modernizar al país habrían de fracasar ante la fortaleza mostrada por los defensores de la dominación y del tradicionalismo.

(9) GUTIÉRREZ GIRARDOT Rafael, Universidad y sociedad. En Revista Argumentos. No 14-17. Bogotá, 1986.

(10) Cfr. QUICENO, Humberto. Pedagogía católica y escuela activa en Colombia. Ediciones Foro Nacional por Colombia. Bogotá, 1988 Pág. 25.

(11) URIBE, María Victoria. Matar, rematar y contramatar. CINEP, 1990. p. 111. 82.

(12) URIBE, Carlos Alberto. Nuestra cultura de la muerte. En revista Texto y contexto. No. 13 enero –abril 1988. Universidad de los Andes. Bogotá.