viernes, julio 27, 2018

Occidente y la mitología del “progreso” -Prometeo, Próspero y Fausto-


| Por: Julio César Carrión Castro |

La teoría del “progreso” en el mundo occidental, cabalga sobre tres enormes personajes creados por la literatura:

1.- Prometeo. Según Paul Diel, es el símbolo del intelecto capaz de fracasar, es decir, es el símbolo del hombre, de ese ser intelectualizado, pensante, que despertó de la animalidad gracias a la conciencia. Prometeo anuncia el advenimiento de la conciencia, el despertar del pensamiento.

El nombre de Prometeo quiere decir el que prevé, el que se anticipa a los hechos, El mito de Prometeo está descrito por Hesíodo -siglo VII a de C- en sus obras Teogonía y Trabajos y días, también en Prometeo encadenado de Esquilo -siglo V antes de nuestra era- la única obra que queda de una trilogía que escribiera sobre el personaje.

Prometeo es un titán, hijo de Japeto (algo así como un primo o pariente muy cercano de Zeus, el soberano de todos los dioses). Cuando los titanes le declaran la guerra al Olimpo, el astuto Prometeo se declara neutral, lo que le permitirá luego acercarse a Zeus y participar en la creación de los seres humanos. Por alguna razón, tanto Hesíodo como Esquilo presentan a los dioses como enemigos de los recién creados hombres. Zeus decide (como otros dioses de las diversas religiones y mitologías) enviar un diluvio para exterminar a esta primera humanidad. Ahí es donde entra a funcionar Prometeo que se convierte en héroe civilizador -como Osiris, Quetzalcóatl o Bochica-, ayuda a crear una nueva humanidad, a partir del barro y del aliento que les insufló Atenea, la diosa de la inteligencia.

Prometeo robó el fuego sagrado del sol y lo entregó a los mortales y Zeus, entrado en ira, decide castigar a los mortales enviándoles a la mujer llamada Pan-dora, es decir, poseedora de todos los dones, pero también de todas las desgracias. Antes de enviarla Zeus le dio un engañoso cofre diciéndole que allí se encontraban todos los bienes. Prometeo rechazó el regalo, pero Epimeteo, su hermano, -el torpe creador de todos los animales- sí aceptó a Pandora desposándose con ella. Pandora abrió la caja y soltó todos los males y dolores que desde entonces aquejan a la humanidad, quedando sólo en el fondo la Esperanza, como supuesto único don positivo. Zeus intenta nuevamente acabar con los humanos, además castiga a Prometeo atándolo a una roca del Cáucaso, donde un águila le devora permanentemente las entrañas que, al ser inmortal, le vuelven a renacer. Sobreviven a la nueva inundación Deucalión y Pirra, que dan origen a una tercera generación de humanos.

Prometeo, además del fuego, enseñó a los hombres el trabajo, estableciéndolo como fundamento de la realidad y de la vida y fijando la razón como el principal mecanismo provocador de resultados positivos, forjó de esta manera el progreso como resultado de la productividad y de todos los afanes humanos.

Opuesto a este elemento racional, esencial en la concepción del hombre en Occidente, quedarían en el camino los representantes del deseo y de los sentimientos, como Orfeo, Narciso y Dionisos. Marcuse dijo: “Si Prometeo es el héroe cultural del esfuerzo, la fatiga, la productividad y el progreso a través de la represión, los símbolos de otro principio de la realidad deben ser buscados en el polo opuesto”.

Dionisos, el dios de la alegría, de la fiesta y de la embriaguez, podría ser ese antagonista que defienda otra realidad distinta a la de la racionalidad productiva que ha llegado a imperar en Occidente.Tanto Dionisos, como Orfeo, armonizan de otra manera al hombre con la vida, con la sensibilidad, el sentimiento, el arte, el juego y la seducción, no sólo con el trabajo y la productividad. Orfeo igualmente derrota a los dioses con la música y la poesía, y desciende a los infiernos, pero en busca del amor.


2. Próspero. En La tempestad, última obra de Shakespeare, escrita en 1611, se muestra el poder casi mágico de una floreciente burguesía que ya empieza a sentirse como propietaria del mundo. Próspero es, como su nombre lo indica, un orgulloso y civilizado gobernante capaz de hacer uso de la magia y del saber, pero ha sido despojado de su poder y obligado a vivir en una remota isla que antaño había sido habitada por la bruja Sicorax y en donde se encuentra ahora su hijo Calibán, un ser salvaje, terrígeno, deforme, sensual; una especie de subhumano, casi un animal, sin entendimiento, sin moral, como “un pedazo de tierra humanizado”, al decir de Ezequiel Martínez Estrada. También habita la isla Ariel, un ser alado, espiritual, cambiante, sutil; símbolo de la inteligencia. Próspero esclaviza a los dos y como amo les obliga a cumplir arduas tareas. Ariel obedece sumisamente, pero Calibán es obligado mediante la fuerza y la violencia.

La tempestad nos muestra la naturaleza sometida por el pensamiento. Calibán recibe lecciones de Próspero, éste le enseña moral y luces -para decirlo en los términos bolivarianos-, pero Calibán mantiene viva su rebeldía, llegando incluso a pretender violar a Miranda, la bella hija de Próspero, por lo cual es castigado severamente.Hay en esta historia un componente explicativo de la ideología del “progreso” y de la vocación evangelizadora y civilizatoria que implica, como elemento central del eurocentrismo, del racismo y del colonialismo, principales factores de que ha hecho gala la llamada civilización occidental y cristiana, desde la época de los “descubrimientos” y del expansionismo colonial.

La visión de las culturas subyugadas está explícita también en el comportamiento de Calibán que, ante el reclamo de Próspero por no agradecer el que le haya enseñado un idioma, una moral, una religión, le grita: “Tú me enseñaste a hablar, y mi ganancia es que se maldecir. ¡Maligna peste te pague la enseñanza que me diste! ...”

Contra la hegemonía cultural y política de las metrópolis, contra el etnocidio y la aculturación, siempre se han levantado los pueblos vencidos, por desgracia, la historia siempre la han escrito los vencedores.

El nombre de Calibán proviene de una transposición de la palabra caníbal que, según las expresiones de los “descubridores” y “conquistadores”, incluido el propio Cristóbal Colón, señala la condición antropófaga de los habitantes de los pueblos “salvajes” y “bárbaros” que hallaron es las Indias Occidentales. En el Diario de navegación Colón anotó que se habían encontrado con“gente que tenía un ojo en la frente y otros con hocicos de perros que comían los hombres… y que se llamaban caníbales…”

Calibán es el arquetipo del salvaje, del bruto, iletrado, del no civilizado. Hay sin embargo una reinterpretación de esa concepción colonialista e imperial. El escritor cubano, Roberto Fernández Retamar, en su libro de 1971, CalibánApuntes sobre la cultura en nuestra América, ha rescatado el personaje como símbolo de identidad latinoamericana frente al colonialismo y al imperialismo.

Desde las tierras del Gran Can, que creyó hallar Colón, se levantan estos pueblos, incluso contra los abyectos “servidores” de los colonialistas, los cipayos y los intelectuales fletados que, como Ariel, sucumben obedientes y sumisos ante el poder imperial. El discurso de Calibán resume el punto de vista de los vencidos, contra la ideología imperial de la civilización y del “progreso”.

3. Fausto. Johann Wolfgang von Goethe, en los comienzos del siglo XIX, recogiendo una antiquísima leyenda alemana, nos cuenta en su Fausto la historia de un vesánico hombre que vende su alma al diablo, en busca de la felicidad. Mefistófeles, encarnación del demonio, logra establecer el pacto, ofreciéndole múltiples ventajas para satisfacer la curiosidad intelectual, las ansias de poder, el amor y la codicia de Fausto, quien a pesar de todo, mantiene en alto los sublimes atributos del conocimiento, el interés por la comprensión de la realidad y los anhelos de transformación del mundo hacia el “progreso”. En la intención de curarse del afán de saber, sucumbe gustoso a la tentación y así, queriendo gozar de las mieles del poder y del saber, se empeña en una aventura que le lleva al abandono de los viejos valores humanista, a la traición del amor de Margarita, a la explotación de otros hombres y a la depredación de la naturaleza; todo en pos del desarrollo y del progreso.

Ese es el estilo fáustico que ha caracterizado el comportamiento del modo de producción capitalista que, al decir de Marx, ha realizado una continua modificación en la producción, en el consumo y en las relaciones sociales; ha profanado todo lo sagrado, destruido todo lo establecido y arrastrado tras de sí todos los pueblos y culturas, forjando finalmente “un mundo a su imagen y semejanza”.

Para Fausto, como para el capitalismo, poco importa el daño causado a la naturaleza o a los seres humanos, si a la postre se realiza el progreso. Así, en la segunda parte de Fausto, nos encontramos con dos personajes, Filemón y Baucis, que encarnan la lucha del antiguo mundo bucólico y provinciano frente al poder del “progreso”. Ovidio, en el siglo I de nuestra era, en La metamorfosis narró la historia de amor conyugal de los ancianos Filemón y Baucis, quienes reciben en su cabaña la visita de Zeus y Hermes a los que ofrecen toda su hospitalidad, granjeándose de esta manera, el apoyo de los dioses que los salvan de morir durante el diluvio que llevaría al fin de toda la humanidad.

Filemón y Baucis son retomados por Goethe en Fausto en donde se convierten en víctimas del desarrollo y del progreso, ya que Fausto y Mefistófeles, conforme a su programa de modernización del mundo, convocan grandes ejércitos de obreros para remover los bosques y la tierra, para construir diques, represas, edificios, abrir minas, trazar carreteras y, entonces, deciden prender fuego a la estorbosa cabaña y asesinar a los viejos que impedían el progreso. A fin de cuentas, como lo señala Mefistófeles a Fausto, “quien tiene la fuerza, también tiene el derecho”.

Esta es la fáustica saga del realismo cínico del capitalismo que, cabalgando sobre la ideología del progreso, sustentado en la racionalidad instrumental de unas ciencias y unas tecnologías, falsamente neutrales, nutren permanentemente, desde las universidades y centros de investigación, el complejo industrial-militarista que gobierna el mundo y que no se detiene frente a los llamado “daños colaterales” causados sobre todo aquello que se interponga en la llamada marcha triunfal de la civilización, sea la naturaleza o los seres humanos. Depredaciones, invasiones, intromisiones políticas, imposiciones culturales, guerras. Todos los medios son válidos con tal de realizar ese supuesto sueño de crecimiento infinito que significa la ideología del “progreso”.

La ideología del progreso como religión contemporánea

Comprender la historia como una continuidad evolutiva, perfectible, que va de lo inferior a lo superior, ha sido una mítica convicción que siempre ha acompañado a la civilización occidental, tercamente propensa a la búsqueda del paraíso perdido, como fue fijado desde los primitivos planteamientos judeo-cristianos. Los filósofos del cristianismo asumieron la idea del progreso como resultado de un plan divino, de una escatología, presente desde los orígenes mismos de la humanidad.

Esta visión futurista del progreso como “la más auténtica religión de la civilización occidental”, sería heredada por la Ilustración: Primero estuvo cargada de esperanzas utópicas y contribuyó a forjar el sueño de una edad de oro en el porvenir. Con el advenimiento del modo burgués de producción, se consideraría que el triunfo de la razón sobre los elementos haría posible una sociedad alejada del miedo y la miseria. En los términos del cartesianismo, nos haríamos dueños de los secretos que guarda la naturaleza hasta alcanzar el bienestar general y la comodidad y, desde la perspectiva kantiana, el progreso indefinido nos permitiría lograr “la paz perpetua”.

Hoy, puesta en evidencia la falsedad del sueño, bajo la carga de las muchas frustraciones y catástrofes vividas y provocadas por la realización del desarrollo y el progreso, desde los escombros de una imaginación defraudada, nos acorralan otras perspectivas; todas esas distopías o anti-utopías de ciencia ficción inauguradas con la novela 1984 de George Orwell y con Un mundo feliz de Aldous Huxley, nos anuncian la decadencia y la catástrofe que ya hemos comenzado a vivir.

Rousseau desde 1750, en el Discurso sobre las ciencias y las artes, nos advertía acerca del significado de un progreso que simultáneamente implicaba la destrucción del hombre y la naturaleza. Allí sentenciaba Rousseau: “Se han corrompido nuestras almas a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado hacia la perfección…”. Es decir, ese anhelo de ser dueños y señores de la naturaleza, convirtiéndola en objeto del uso y del abuso por parte del hombre, ya anunciaba este horizonte de fatalidad y de barbarie ecológica que hoy soportamos.Para los pensadores revolucionarios del siglo XVIII el motor del progreso serían las luces. Se trataba de iluminar las tinieblas medievales de la ignorancia y la estrechez de miras, esto conduciría al fomento del calor, del movimiento, de la industria; a la búsqueda de combustibles, es decir, al mejoramiento de las fuerzas productivas, a la revolución industrial, a la máquina de vapor y después a todo ese cúmulo de nuevas y nuevas invenciones científicas y tecnológicas que, en resumen, han llevado hasta el paroxismo el legado del fuego de Prometeo.

Además de ese ímpetu en la transformación de los medios y las fuerzas productivas, la teoría del progreso lleva implícita la idea de la “evolución del espíritu humano”, lo cual convoca todos esos procesos formativos y domesticadores que se resuelven en la promoción de la alfabetización y de la escuela, como principales mecanismos para “el triunfo de la razón y la civilización”. Las tecnologías del poder se centraron, entonces, en la regulación y la normalización, primero de los cuerpos individuales, en una especie de anatomo-política, y luego, en el control poblacional y de la especie, llegando a lo que tan acertadamente llamó Michel Foucault, la bio-política, que no consiste ya exclusivamente en el despojo y el genocidio colonialista que, a nombre de los procesos culturizadores y civilizatorios se desplegaron por el mundo entero durante los siglos anteriores, sino en esa decantada lógica de aceptación de lo dado, en esa generalizada convicción de que no existe alternativa al desarrollo y al progreso, tal como lo difunden las escuelas.

Pero no fue sólo Rousseau, otros pensadores nos previnieron con respecto a las ilusiones de ese “progreso” basado en la cognitividad y el racionalismo; para Federico Nietzsche, occidente todo es decadente e incapaz de proponer un futuro mejor a esos rebaños humanos que solo viven un presente de prisa y bajo los lineamientos de la “autoridad”. No se evoluciona hacia algo mejor o superior como se cree, sino que se camina hacia la catástrofe.

Baudelaire afirma que el progreso es “una forma de suicidio permanentemente renovada” y dijo que “la teoría de una verdadera civilización no reside en el gas ni el vapor, ni en las mesas de tres patas, sino que reside en la disminución de los rastros del pecado original…”. Noción esta que sería más ampliamente explicada por Freud en El malestar en la cultura, en donde afirma que “nuestra llamada cultura lleva gran culpa por la miseria que sufrimos y podríamos ser mucho más felices si la abandonáramos para retornar a condiciones de vida primitivas…”. Más adelante señala que “esta cultura está ligada indisolublemente con una exaltación del sentimiento de culpabilidad” y que el precio pagado por el progreso reside en la pérdida de la felicidad por el aumento de ese sentimiento de culpa. Para Freud el sentimiento de culpabilidad engendrado por la civilización, no se percibe abierta y claramente, sino que permanece inconsciente -oculto- y se expresa solamente como malestar, como descontento, como miedo, ansiedad y necesidad de castigo.

El marxismo, por su parte, continuaría con la idea del progreso que se hará efectivo y real, sólo después de una segunda revolución que elimine la explotación del hombre por el hombre y modifique las relaciones sociales, sustentadas en la propiedad privada, en la opresión y en la alienación. En todo caso se ha criticado duramente la dialéctica de la Ilustración y la modernidad, en especial por la Escuela de Frankfurt, por haber permitido, paradójicamente, la persistencia del mito y el retroceso hacia la barbarie, en el nombre del progreso.

La Ilustración traía oculto, tras el velo de la razón, otras formas de engaño, de opresión y de dominio.Walter Benjamin refrendaría esta crítica aseverando que la historia del progreso es a la vez la historia de la barbarie, “no existe documento de cultura -dice- que no sea a la vez documento de barbarie”. Benjamin, siguiendo a Marx, pone en evidencia las antinomias del progreso, haciendo ver como todos los pasos dados a favor de la supuesta emancipación de las fuerzas naturales y sociales, son, asimismo, elementos de una mayor dependencia, empobrecimiento y esclavitud para la mayoría de los seres humanos. Contra esta tendencia -no comprendida por el marxismo vulgar que insiste en promover la desgastada idea del “progreso”- Benjamin prendió las alarmas, confrontó el desarrollo técnico alejado del espíritu y la ciencia carente de conciencia, señalando esa “nueva religiosidad de nuestro tiempo”, sustentada en el poder de ciencia y técnica puestas al servicio de la opresión y de la guerra. Denunció la “dirección única” que significa esa imparable evolución que se dirige al desastre, porque, en resumen, la ciencia y la tecnología han traicionado los intereses éticos y políticos de la humanidad.

En sus Tesis sobre el concepto de historia Benjamin demostraría cómo la idea del progreso es aliada del fascismo, porque todos los desastres y el enorme desfile de víctimas históricas que lo precedieron, fueron sus premisas; simplemente lo venían proyectando, hasta que se dieron las condiciones políticas para su epifanía. Este texto nos permite entender que el nazi-fascismo no surge como un error en el devenir histórico, o que se trató sólo de un acontecimiento singular, sino que es el resultado, la lógica consecuencia de la teoría del “progreso”, tan socorrida en Occidente. La cual, como lo hemos visto, se ha forjado sobre la explotación, la desigualdad, la exclusión y la marginalidad, ejercida sobre innumerables culturas y pueblos vencidos. Por todo ello Benjamin propone rescatar la dimensión política de la memoria; plantea construir una cultura del no olvido, no simplemente recordar, como cándida y elementalmente se recalca: “para que la historia no se repita”, sino para exigir justicia para los oprimidos, los humillados, los vencidos, para dar una oportunidad a los conocimientos y a los sentimientos subyugados.

Hoy, cuando vivimos ya la época de las catástrofes anunciadas, de las guerras totales, de la instauración del terrorismo de estado, del establecimiento de la excepcionalidad como regla, de la imposición del “pensamiento único” y la puesta en marcha del fascismo democrático, cuando es notoria la decadencia irrefrenable de Occidente en un mundo globalizado, y cuando las peores predicciones se han cumplido; el desengaño, el escepticismo y el hastío hacen mella sobre la teoría del “Progreso” y muchos recurren a la nostalgia y a los anhelos de retorno a un pasado supuestamente encantador, bucólico y elemental, cuando no al nihilismo, al pragmatismo cínico o al escapismo ateórico y ramplón. No en vano Peter Sloterdijk, ante el desencanto y la desilusión reinantes y frente al estancamiento de la teoría, al ocaso de esa falsa conciencia impuesta al mundo por la fuerza de las armas y de las escuelas, en su libro Crítica de la razón cínica propone de nuevo la “búsqueda de la insolencia perdida”, la burla a la falsa seriedad de la historia, de la filosofía y de la vida, y contra los absurdos morales de una civilización que niega al hombre, nos plantea la necesidad de un existencialismo crítico y de una conciencia satírica que corte de plano con todas las nociones eurocéntricas.

Por ello también Jacques Derrida, en esta época que presume haber llegado al final de la historia y haber fabricado al último hombre, nos convoca a “aprender a vivir con los fantasmas” y al decirnos que hay duendes, espíritus, fantasmas y otras apariciones, como aquellos que acosaban al Hamlet shakesperiano, nos pide ver el tiempo como algo desarticulado, nos exige hablar con los Espectros de Marx y entender que la promesa emancipatoria aún es viable y la fatalidad de la venganza posible, sin necesidad de una “acumulación infinita de riquezas”, liberando a los hombres del poder de la economía, sin caer en esa desaforada expansión tecno-científica que tanto daño ha causado, abriendo nuevas posibilidades a la subjetividad; superando los intereses compensatorios de estas sociedades consumistas; impidiendo que la marginalidad y la exclusión persistan y confrontando la criminal tendencia hacia la homogeneización de los seres humanos que ha provocado la tradición exterminista del “progreso”. Es absurdo que nos sigamos viendo como atrasados o subdesarrollados y comprometidos en la tarea de endogenizar ciencias y tecnologías para “ser como ellos”, persiguiendo como “dirección única” una, perpetuamente aplazada, idea de progreso.

Derrida dice que aún es posible resistir inspirándonos en los fantasmas de Marx. Debemos entender, superando la máquina de los dogmas y la doctrina del uniformismo, que las sociedades llamadas primitivas o salvajes no representan etapas “superadas” por el progreso de la civilización, que no existe un determinismo histórico que tengamos que cumplir inexorablemente y que las diversas culturas pueden -y deben- plantear soluciones distintas a problemas similares.

El Manifiesto comunista de 1848 comenzaba diciendo: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo…”. Ahora, 167 años después, podemos afirmar que los fantasmas o espectros de Marx siguen rondando, más allá del ostensible fracaso del llamado “socialismo real” que pretendiera la gregarización estalinista, y que es posible confrontar todos esos viejos modelos “democráticos” y desarrollistas del capitalismo decadente, con el vigor del pensamiento y del espíritu de Marx y del marxismo, de su proyecto emancipatorio y su promesa histórica de un nuevo concepto del hombre y de la sociedad.

Los fantasmas del Marx auténtico nos permitirán conjurar el eterno mito del progreso, que Occidente viene sustentado desde que entrara en escena el legendario Prometeo.