martes, julio 17, 2018

Tres mujeres, una sola resistencia



| Por: Luis Orlando Ávila Hernández* |

Gina Quintero, Rocío García y Mónica Godoy, dieron esta semana una contundente lección de la nueva sociedad civil que se abre paso en el Tolima, en medio y a pesar del retorno al poder del fascismo colombiano disfrazado de partido político.

Tres mujeres, una sola resistencia.

A las tres bellas resistentes y a su inteligente manera de hacernos repensar, don Luis Vidales ya las avistaba, desde hace casi un siglo:

Este viento que viene es desconocido.
No es ninguno de los de nombre propio.
No es de mar ni de montaña.
Ni es ninguno de los huracanes medidores de nudos.
Es un desconocido este viento que llega.
Desde la prehistoria viene, cruza las edades.
Toma fuerza en las selvas de hombres, no de árboles,
Crece, crece, ya está con nosotros, y puede pasar.
Este viento es suave y sedoso.
Pero es la rebelión este viento, este viento.
                                               (El Viento, del libro Suenan Timbres, 1926    

Hacer la impronta a la jerga campesina tolimense como el ineludible vigorizante del castellano colombiano, tras siglos de catecismo e intracolonialismo montañero o sabanero dirigidos a hacernos olvidar el cómo hablamos o el cómo nos pensamos hablando, para recolonizarnos de tanto en tanto y de paso saquearnos.  Gracias Gina, la añorada actriz de la UT.

Mirar, volver a admirar y tornar el desnudo cuerpo femenino como arma de resistencia (justo o no en su reclamo laboral) pero como silente vindicador ante la pacatería mediática local, o ante el omnímodo cristianismo gobernante, o contra la férula fascista que hoy domeña a la universidad pública con su perorata rentística, y sobretodo, ante la camarilla de manzanillos, lagartos, sindicalistas de chequera e informantes de toda pelambre que hicieron del parque Murillo Toro su nido, su camada, a la espera de las sobras de poder que les han de arrojar desde el violado edificio hecho por Rojas Pinilla.  Quien más sino Rocío, gracias negrita a nombre de los teatreros, por lo menos.

Dar al traste (así sea mediando la diletante Corte Constitucional) con la insuflada pose progre e incluyente de la academia privada propiedad de los y las que se apropiaron del Tolima con sus haciendas y sus empresas, nos invita a repensar como sociedad aquello de que no todo lo que brilla es oro. El pensamiento y la discusión académica, va inexorablemente de la mano del humanismo y dentro de este la vanguardia: el sexo biológico no determina los roles sociales.  Lo demás son las fábricas de títulos, la repetición del patriarcado hecho intelecto, como otra colega y paisana de Mónica, que no contó a su favor con el péndulo jurídico y que  le impetrara oportunamente al alter ego del corporativismo universitario tolimense: Los Andes (Carolina Sanín pierde tutela, Diario El Espectador, marzo 2017).  Así Mónica, que un millón de gracias si lo suyo será también observar el acoso y el matoneo a lxs LGTBIQ, que habitan el campus del barrio Ambalá.        

La resistencia tiene muchas formas, pero más acertada si una de estas es la identidad de género o dicho mejor por Judith Butler: (como) la mirada del Arzobispo Justin Welby, de Inglaterra, quien recientemente afirmó el derecho de los jóvenes a explorar su identidad de género, apoyando una actitud más abierta y de aceptación hacia los roles de género en la sociedad. Esta apertura ética es importante para una democracia que incluya la libertad del expresar el género libremente” (El Fantasma del género, Judith Butler, diario Pagina12 noviembre 2017). 
     
PD: Es hora que el sindicalismo de los que “enseñan a luchar” (a propósito no se publicó por Fecode o por Simatol un aviso de prensa de página entera o siquiera a un cuarto en apoyo a la profesora Magda Deyanira Ballestas, ¿será que no cumple el estándar sindical?), se prepare igualmente, no sea que la nueva sociedad que nos imbuye, les arrase al olvido con su paso agigantado.

(*) Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.