martes, agosto 14, 2018

Colombia 1958-2008: lecciones para la historia



| Por: Miguel Eduardo Cárdenas Rivera / Colectivo Comuna y Comunidad |

La palabra ‘revolución’ ha sido desgraciadamente prostituida por nosotros, los que pretendemos ser revolucionarios. Se ha utilizado con ligereza, como una afición, sin un verdadero respeto y sin verdadera profundidad.
Camilo Torres Restrepo, 22 de mayo de 1965, conferencia en la Universidad Nacional

Las ideas son, a la larga, más fuertes que las armas.
Orlando Fals Borda, La Subversión en Colombia, 1967.


Este artículo tiene tres partes. La primera trae una breve reseña del debate en torno a la estrategia de la revolución colombiana durante el primer lustro de los años sesenta y hace un recuento de su ulterior influencia a lo largo de medio siglo. Para tal propósito se asevera que Orlando Fals Borda (1925-2008) fue a lo largo de su periplo vital un continuum sobre la vigencia del pensamiento de Camilo Torres Restrepo (1929-1966). La segunda parte analiza el problema que crea la incongruencia entre la construcción de una propuesta programática –como discurso político– y la capacidad –en términos de gestión pública  territorial–  de  producir  las  necesarias  transformaciones  que  requiere  la  sociedad colombiana. La última parte trae una propuesta sobre cómo producir el cambio inaplazable del régimen político y dar el salto hacia la paz con justicia social como expresión de la ética en la política, y la concreción de la idea moral del “amor al prójimo” a través del bien común, esto es, reiterar la idea moral del comunismo (cristianismo o comunalismo en Camilo Torres Restrepo) como respuesta a la crisis de la modernidad capitalista en Colombia y en el ámbito mundial para dar un ‘soplo de vida’ al humanitatis principium(principio de humanidad). En su conjunto el presente estudio muestra la pertinencia y consistencia de los esfuerzos desplegados de manera consciente y planificada a lo largo de medio siglo, y hace su resonancia para ser aplicados en el análisis y la acción en la coyuntura actual latinoamericana y mundial.

I.

Desde el 15 de febrero de 1966 hasta su muerte acaecida el 12 de agosto de 2008 Orlando Fals Borda fue un portaestandarte de la propuesta revolucionaria elaborada por Camilo Torres Restrepo, idea de la que no desistió hasta su último respiro. Como bien se sabe Fals Borda fue su colega académico en la Universidad Nacional de Colombia en la creación en 1959 de la Facultad de Sociología.(1) En su primer lustro de funcionamiento el libro La Violencia en Colombia se constituye en el más importante producto de la Facultad, pues en él se encuentra una interpretación sobre el período comprendido entre 1946 y 1957 –conocido en la historiografía como ‘La Violencia’–, que explica la idea de “revolución social frustrada”. Su alcance es de tal magnitud que podría servir de base para “armar el rompecabezas del presente para proyectar el futuro de una Colombia transformada”. (Palacios, 2012, p. 31)

Al respecto, vale recordar la comprensión que hiciera el propio Camilo Torres:

la violencia ha constituido para Colombia el cambio socio-cultural más importante en las áreas campesinas desde la Conquista efectuada por los españoles. Por conducto de ella las comunidades rurales se han integrado dentro de un proceso de urbanización en el sentido sociológico con todos los elementos que este implica: la división del trabajo, especialización, contacto socio-cultural, socialización, mentalidad de cambio, despertar de expectaciones sociales y utilización de métodos de acción para realizar una movilidad social por canales no previstos por las estructuras vigentes. La violencia además ha establecido los sistemas necesarios para la estructuración de una sub-cultura rural, de una clase campesina y de un grupo de presión constituido por esta misma clase, de carácter revolucionario. Sin embargo, la violencia ha operado todos estos cambios por canales patológicos y sin ninguna armonía respecto del proceso de desarrollo económico del país”. (Torres Restrepo, 1963 [1972], 268)[2]

Se trata de una interpretación por parte de Camilo –muy cercano a la elaboración del libro antes mentado–, en su doble condición de sacerdote católico y sociólogo marxista, que puede entenderse como un preaviso de su separación radical de la teoría social para moverse hacia un humanismo católico radical, precursor de la teología de la liberación.[3] El cuño de las interpretaciones adelantadas por Torres Restrepo y Fals Borda va moldeando un inconformismo de base científica que “los convirtió en verdaderas antiélites, que propugnaron por el cambio de las estructuras de poder y la construcción de un pensamiento científico acorde con las realidades inmediatas, cercanas y propias del contexto violento- cíclico colombiano”. (Herrera Farfán y López Gúzman, 2013, p. 8)

En aquellos primeros años, Orlando Fals ocupaba su tiempo como académico en la Universidad Nacional y como Secretario General del Ministerio de Agricultura; Camilo Torres era un reputado académico, Decano de la Escuela Superior de Administración Pública –ESAP–, y miembro de la Junta Directiva del Instituto Colombiano para la Reforma Agraria –INCORA–. Tanto para Camilo Torres Restrepo como para Orlando Fals Borda habían dos asuntos centrales: la reforma agraria y la acción comunal.

El problema agrario era –y aún es– la médula de la crisis y para su solución era –y es– menester confiar en los campesinos y contar con ellos. (Torres Restrepo, 1968, pp. 55-58) Por eso, sus esfuerzos académicos estaban enfocados en este asunto. Prueba de ello está la conferencia dictada por Orlando Fals Borda, mientras se desempeñaba como Secretario General del Ministerio de Agricultura durante el gobierno de Lleras Camargo, en Montevideo (Uruguay) a comienzos de 1960, que lleva por título “La Reforma Agraria”, con un último apartado dedicado al problema de la autonomía regional y de la acción comunal. (Fals Borda, 2010, pp. 100-101)

Por otra parte, hay que destacar que ambos, en cumplimiento de sus funciones, propusieron la creación de la acción comunal como fundamento de un cambio en el enfoque de la responsabilidad de la administración pública.[4] Ambos llegaron a pensar que ésta podría ser el instrumento básico de organización y de movilización popular, tanto en el campo como en la ciudad:

Pero en la formación técnica y para la comercialización no se detiene el esfuerzo de capacitación del hombre del campo, que debe ser la meta primordial de una reforma agraria (...) El gobierno colombiano y muchas agencias semi-oficiales y privadas están prestando atención al proceso de desarrollo integral de las comunidades rurales (…) con el proceso de acción comunal se busca que las gentes campesinas descubran su propios problemas y se organicen cívicamente para resolverlos con sus propios medios y con el estímulo y el apoyo del Estado.

Y en términos de gestión participativa planteaban que:

Por este proceso se descubren y desarrollan los verdaderos líderes locales, estimulando a todas las gentes para que superen su condición social y económica (…) para poder llevar a cabo estos proyectos es necesario tener fe en el campesino y confianza en sus fuerzas y talentos (…) He aquí la grave y grande responsabilidad de las clases dirigentes de América, de las cuales todos nosotros constituimos una muestra. De lo que hagamos con el campesino dependen el bienestar y el progreso de toda nuestra sociedad. (Fals Borda, 2010, p. 100)

Sin embargo, en el contexto de la confrontación interna que se reinicia con el primer gobierno del Frente Nacional,[5] “la Acción Comunal cayó en manos de maquinarias partidistas o de entidades ineficaces que permiten desvirtuar sus intenciones de desarrollo popular”. (Fals Borda, 2008, pp. 196-197) Y, como lo ilustra Palacios:

Las Juntas de Acción Comunal, que en zonas vulnerables de orden público quedaron a cargo de las Brigadas Cívico-Militares, fueron instrumento de clientelas barriales y veredales que alimentaban el mercado electoral limitado por las reglas del régimen frentenacionalista. De todo esto puede inferirse que las élites del poder no tuvieron la oportunidad de aprender a dialogar y conciliar genuinamente políticas con los representantes autónomos de las clases populares o con sus organizaciones. (Palacios, 2012, p. 51)

Y en su condición de testigo, estudioso y protagonista de primera línea, Luis Emiro Valencia histórico dirigente social y prestante intelectual, explica en detalle como:

la actividad comunal es interferida en el camino de su autonomía, libertad e independencia, quizá por su propia condición social débil y circunstancias internas y externas, de orden económico, político, cultural e institucional. Esta realidad social hace suponer que la acción comunal es canalizada, utilizada y aprovechada o tergiversada en sus fundamentos, tradición, vivencia y perspectivas de trabajo social por la denominadapolitiquería, mediante la manipulación, el oportunismo o protagonismo –propio o ajeno–, desvirtuando así sus fundamentos, principios y valores, características de la naturaleza democrática, vivencias cotidianas y perspectivas del movimiento comunal. Estas condiciones desvían el camino de sus vías autónomas, como actores sociales que trabajan en sus escenarios naturales, éticos y constructivos, como corresponde al rol de un formidable movimiento social, histórico, unitario, plural y democrático, con cobertura geográfica en todas las regiones y entidades territoriales de Colombia. (Valencia, 2009, p. 13)

En las condiciones actuales, Fals Borda podría plantear lo mismo, con mayor fuerza y fundamento que hace 54 años, porque sigue siendo pertinente frente a la realidad colombiana. Para el actual gobierno que tan decidido se muestra con la reforma rural, incluso como un acuerdo crucial en los diálogos de La Habana, debería ser comprensible y aceptable que sin campesinos organizados, formados como productores y como ciudadanos, conscientes de sus derechos y con capacidad de hacerlos valer, no habrá reforma social agraria. (Sandoval, 2011)

Fue tan intenso el compromiso de ambos con la reforma agraria y la acción comunal que Orlando Fals Borda no duda en señalar a su amigo y colega como un defensor decidido del comunalismo acotando que tanto la reforma agraria como la urbana que aparecen consignadas en la Plataforma del Frente Unido tienen en la acción comunal –entendida como acción colectiva– el basamento: “Cita a la ‘acción comunal’ como fundamento de la ‘planeación democrática’, auspicia el cooperativismo y busca una mayor participación de los obreros en las empresas”. (Fals Borda, 2008, p. 212)

En medio de este primer lustro de vida de la Facultad de Sociología y de los reiterados encuentros y desencuentros con la realidad social y política del país, se va gestando un nuevo proyecto político revolucionario que descollará en medio de la campaña presidencial de 1965. En aquel momento crítico, Orlando Fals indica que

la generación de La Violencia encuentra un campeón en un sacerdote católico, sociólogo, influenciado por el ambiente ecuménico de la Europa occidental y cuyo mensaje y ejemplo se haría más vibrante cada día: el Padre Camilo Torres Restrepo, creador del aparato político ‘pluralista’ del Frente Unido para combatir el pacto oligárquico del Frente Nacional, que además expresa una propia utopía original. Esta utopía tiene ingredientes nuevos, como aquellos derivados de convicciones religiosas y del examen de la realidad de las revoluciones latinoamericanas contemporáneas. Pero en el fondo es una reiteración de ideales socialistas, en respuesta al impulso del cambio secular-instrumental del pueblo y de la época. (…) El Padre Torres se convierte así en paradigma de la generación de la Violencia, en el portavoz de su protesta reprimida, inyectándole vigor a la confrontación ideológica e iniciando una cuarta subversión en Colombia, la ‘neo-socialista. (Fals Borda, 2008, pp. 205-206; Torres Restrepo, 1968, pp. 287-288)

En su obra cumbre La subversión en Colombia, reeditada por cuarta ocasión en 2008 y escrita originalmente en 1967, Fals Borda se concentra en estudiar, analizar y valorar el proyecto político de Camilo Torres, a tal punto que dedica su texto a su amigo con las siguientes palabras: “A Camilo Torres Restrepo, fundador del Socialismo Raizal e impulsor de los primeros esfuerzos para alcanzarlo en Colombia”. El Socialismo Raizal se asume como la base para el logro de la paz como meta histórica6.

En el prólogo original de esta obra el maestro Fals anota:

Descuella en este grupo [se refiere a los fundadores de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional] el padre Camilo Torres Restrepo, símbolo de nuestra ‘generación de la Violencia’, cuya visión ideológica y consistencia de carácter se están perfilando con claridad (…) La influencia intelectual y personal del padre Torres ha sido y seguirá siendo importante. Fue del tipo de subversor moral, de los que abren trocha nueva. Por eso, el dedicarle este libro es no sólo un acto de amistad, sino uno de justo reconocimiento a su contribución para entender el sentido de la época que nos ha tocado vivir. (Fals Borda, 2008, pp. 19-20)

Y al referirse a la concepción utópica (estratégica) planteada por Camilo señala que

…el pluralismo no es una condición, ni un sistema dentro del orden, ni sigue actuales reglas del juego; sino más que todo es una herramienta o aparato para unir o fundir grupos diversos, inclusive los socialistas y cristianos, para moverlos hacia una misma dirección. Se diseña como una estrategia que busca cambiar las reglas del juego y que al hacerlo propende a alcanzar el cambio del orden social en que se ejecuta. Pero su meta final es el desarrollo económico concebido como la creación, resolución y superación de una subversión neo-socialista que deba dar por resultado una sociedad superior, en que las diversas tendencias progresistas se entiendan entre sí. (Fals Borda, 2008, p. 208)

Dicha concepción –que goza de un sólido fundamento ético, científico y técnico (Torres Restrepo, 1964, pp. 13-28; Torres Restrepo, 1965, pp. 17-44)– se condensa en la ‘Plataforma para un movimiento de unidad popular’ del 17 de marzo de 1965. Para el propio Camilo el objetivo orgánico del movimiento del Frente Unido “es la estructuración de un aparato político pluralista, no un nuevo partido, capaz de tomar el poder”, detallando la naturaleza de ese mecanismo en el punto octavo de la misma: “El aparato político que debe organizarse debe ser de carácter pluralista, aprovechando al máximo el apoyo de los nuevos partidos, de los sectores inconformes de los partidos tradicionales, de las organizaciones no políticas y en general de las masas”. (Torres Restrepo, 1966, pp. 18; 24-25)

Fals Borda precisa, respecto del Frente Unido, que

la ‘comunidad pluralista’ cuenta con tres principios: amor, libertad (justicia) y sabiduría (…) es una meta hacia la cual deben moverse los cristianos, así como también los creyentes de otras confesiones. Es la meta cuya visión llevó al Padre Torres, indirectamente, a tomar una posición ideológica definida ante el país y la sociedad; aunque él mismo, paradójicamente, hubiese estado derivando hacia actitudes anti-pluralistas requeridas por la necesidad de tener un partido homogéneo (“no alineado”), una vez cayó en cuenta de lo irrealizable de su utopía, poco antes de ingresar a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional en Santander, en noviembre de 1965”. (Fals Borda, 2008: 210; Archila Neira, 2003: 98, 283-284)

Y profundiza su análisis acotando que, en aras de concretar su iniciativa política, Camilo Torres

respalda la revaloración del ser humano con la idea telética de la justificación moral de la rebelión, o la contraviolencia, lo que lo lleva también a postular el antinomio ‘pueblo-antipueblo’. Su pensamiento queda plasmado en cuatro de sus ‘Mensajes’: los dirigidos a los cristianos, a los campesinos, a la oligarquía, y a los presos políticos. Plantea en primer lugar que ‘la oligarquía tiene una doble moral de la cual se vale, por ejemplo, para condenar la violencia revolucionaria mientras ella asesina y encarcela a los defensores y representantes de la clase popular ( ); o dividiendo al pueblo en grupos enfrentados artificialmente, combatiéndose entre sí por asuntos académicos como la inmortalidad del alma y distrayéndolo de descubrimientos radicales como el de que ‘el hambre sí es mortal’. El hambre es un común denominador de los pobres. Dice luego, que como ‘tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías (…) que no lo van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder (…) para dárselo a las mayorías pobres. La revolución puede ser pacífica si las minorías no hacen resistencia violenta’. Y como esta revolución busca la justicia y el pan para todos los grupos, ella es ‘no solamente permitida sino obligatoria para los cristianos’”. (Fals Borda, 2008, pp. 80, 83-86, 212- 213; Torres Restrepo, 2010, pp. 207-210)

Para finalizar su valoración de la utopía pluralista que significó el Frente Unido, Fals Borda señala que el “aparato pluralista” propuesto por Camilo no logró tener los resultados esperados en la práctica, pues los diversos comandos del movimiento -a nivel comunal y vecinal, y desde el demócrata-cristiano hasta el comunista-, “en vez de aplicar la tolerancia esperada, tornaron los disórganos en una torre de Babel”, lo cual se convirtió en “un error táctico que hizo dispersar el movimiento del Frente Unido, cuyo núcleo se fue reduciendo a miembros ‘no alineados’, (…) personas que no pertenecían formalmente a ningún grupo político y cuyas tendencias eran progresistas y activistas, como decididos amigos del cambio”. (Restrepo, 1989, pp. 104-105; Fals Borda, 2008, p. 217)

Cuando en 2006 se cumplieron 40 años de la muerte en combate del sacerdote y sociólogo Torres Restrepo, hecho que consternó al país y al mundo por sus inusitadas características, Fals Borda reflexionó en los siguientes términos (por el valor se cita in extenso):

Al cabo de este casi medio siglo, muchos se han preguntado, ante la imagen del Camilo con fusil que se impuso rápidamente en los medios, si el pensamiento y la obra de Camilo como ciudadano civil tuvieron importancia en sus días y también sobre la continuidad de su pensamiento hasta el momento actual.

La respuesta [de Fals Borda] como testigo de esa época es positiva. Para entenderlo, es necesario desbordar, sin desconocerlo, el estereotipo del ‘cura guerrillero’ del Ejército de Liberación Nacional. Cuando Camilo Torres creó el Frente Unido en marzo de 1965, declaró que este sería un ‘movimiento pluralista para tomar el poder’.

No era un partido político corriente. Era una utopía novedosa que corre hasta nuestros días. Significa unir fuerzas u organismos civiles diversos para hacerlas mover en la misma dirección hacia objetivos comunes valorados de transformación radical de la sociedad.

La utopía pluralista de Camilo Torres se alimentaba de sus convicciones ecuménicas religiosas y de su formación científica como sociológico en Lovaina –avanzada del pensamiento católico renovador– que le llevaron a posiciones autonómicas y de independencia hasta la heterodoxa teología de la liberación.

Lo religioso lo basó en doctrinas tomistas sobre la guerra justa, como la de la ‘contraviolencia’ para desalojar a los poderes ilegítimos y/o tiránicos –el ‘antipueblo’ con su doble moral– que ejecutan la violencia sangrienta o absoluta. Lo sociológico le llevó a buscar bases firmes para un socialismo raizal, con el marco marxista inicial que se adoptó por muchos para entender la trascendencia de la Revolución Cubana.

Pero pronto combatió el colonialismo intelectual en las ciencias sociales y económicas “prescindiendo de esquemas teóricos importados... para buscar los caminos colombianos”. Estas ideas siguen teniendo vigencia en la Colombia de hoy. La revolución resulta así una obligación moral cristiana y sacerdotal para llegar a la democracia participativa.

Con este fin propuso, en su ‘Plataforma para un movimiento de unidad popular’, trabajar por la dignidad de los pueblos dominados y explotados y contra el intervencionismo norteamericano; desarrollar una ciencia propia, la nacionalización de empresas del Estado, la educación pública gratuita, la autonomía universitaria, las reformas agraria y urbana, la planeación con acción participativa y comunal, las cooperativas y la participación de obreros en las empresas.

Con estas iniciativas democráticas, que son de interés actual, Camilo articuló su utopía pluralista y puso a trabajar sus caudas en el Frente Unido durante el año 1965. La meta era adoptar ‘un sistema orientado por el amor al prójimo’.

En esta forma tomó en cuenta algunas tendencias instrumentales del mundo moderno, reiteró ideales socialistas y estimuló la autenticidad regional y nacional. No era una utopía clerical ni menos liberal o conservadora. Buscaba construir una sociedad abierta y justa, metas que todavía se plantean en diversos partidos y movimientos en muchos países.

Sin negar sus dificultades, porque en aquellos años la utopía se decantó y frustró rápidamente. ¿Cuánto queda todavía de interés en la Plataforma de Unidad Popular de1965? Evidentemente, todo o casi todo. Son elementos de valor que Camilo reiteró en sus otros escritos y conferencias. Su pensamiento activo de entonces siguió latente y vivo. Así incide en el mundo actual y, por supuesto, en la sociedad colombiana.

La prematura muerte de Camilo en Patio Cemento impidió que el cura guerrillero enriqueciera aún más el avanzado e interesante ideario del Ejército de Liberación Nacional. El comandante ‘Antonio García’, destacó el carisma de Camilo y la relevancia de su pensamiento y de su mensaje para los actuales movimientos políticos en el continente y en Colombia. En efecto, el elemento utópico mismo, con visos socialistas nuevos, se presenta en estos movimientos, como los que surgieron después de la muerte de Camilo: el de ‘Firmes’, de Gerardo Molina, el de ‘Anapo Socialista’, el de ‘Colombia Unida’ que reunió grupos de todo el país hasta la fusión con el ‘Movimiento19 de Abril’, que descendió del monte en 1988, para seguir con la Alianza Democrática M-19 que llegó a la Asamblea Constituyente de 1991 con grandes empeños de transformación.

Luego de todos estos movimientos –en los cuales Fals Borda actuó en los cuadros directivos– nació la inspiradora iniciativa sindical del Frente Social y Político, del que formó parte el tristemente célebre Luis Eduardo Garzón, cuyo rápido ascenso a posiciones de gobierno en la capital y en lo nacional, se explica en la forma como la oligarquía promueve líderes que bien sabe puede manejar a su antojo para hacer creer que es posible el cambio por la vía institucional. Esta nefasta experiencia igual ocurrió en regiones donde las llamadas “izquierdas” también accedieron por la vía electoral a los gobiernos, como la de la Costa Atlántica del Movimiento Ciudadano y la Región Surcolombiana de Angelino Garzón en el Valle de Cauca, Parmenio Cuéllar en Nariño, Guillermo Alfonso Jaramillo en Tolima y Floro Tunubalá en el Cauca, durante el período 2000-2004.

En la ciudad de Ibagué, se realizó el 18 de marzo del 2000 un foro ideológico que acordó el impulso del ‘Movimiento Alternativa Socialista y Democrática’ que se inspiraba en la siguiente formulación del escritor argentino Jorge Luis Borges: “Hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan diversos idiomas han tomado la extraña decisión de ser razonables, han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades”.

Para leer texto completo AQUÍ