sábado, agosto 25, 2018

Ecocapitalismo, o cómo hacer negocio con la salvación de la Tierra mientras la destruyes


| Por: Luis Martínez* / Orden Mundial |

El ecologismo es uno de los principales movimientos del siglo XXI, y no es por casualidad. El profundo cambio que la humanidad ha experimentado desde que comenzara la Revolución Industrial nos ha hecho alcanzar cotas nunca vistas de contaminación y consumo de recursos naturales y han sido muchos los que han alzado la voz para prevenirnos del futuro oscuro que nos espera si todo continúa como hasta ahora. La presión de estos grupos sobre los Gobiernos y principales compañías del mundo ha provocado que ambos se empiecen a preocupar por la ecología y la conservación del medio ambiente, aunque cabe cuestionarse hasta qué punto se trata de una preocupación genuina o de una mera cuestión de marketing.


El ecologismo es un fenómeno relativamente reciente o, por lo menos, hace poco que se lo conoce por ese nombre. A lo largo de la Historia ha habido muchos ejemplos de comunidades que han luchado contra la destrucción de sus tierras y sus recursos naturales, pero no se constituyeron en un movimiento organizado hasta los años 60, cuando surgieron las primeras publicaciones de renombre sobre el tema, así como las primeras protestas multitudinarias contra la contaminación y sus efectos. La primera victoria significativa del movimiento fue la prohibición del pesticida DDT en Estados Unidos, causante de graves problemas medioambientales y sanitarios, y desde entonces han sido muchas las protestas y los boicots contra las compañías más contaminantes.

Los desastres ecológicos de los siglos XX y XXI también han servido para poner de relieve la magnitud del problema al que se enfrenta la humanidad y las trágicas consecuencias que puede tener. Los desastres de Chernóbil o Bhopal, así como las catástrofes del Prestige o la plataforma de BP en el golfo de México, abrieron los ojos a mucha gente y contribuyeron a crear conciencia. Y no solo han sido los desastres de gran calibre; también muchas comunidades —especialmente aquellas establecidas en el medio rural— han visto amenazada o incluso eliminada su forma de vida por causa de la contaminación o la industrialización agresiva, que destruye sus tierras, y han sido perfectos ejemplos de la profundidad de los cambios que estamos atravesando.

La fuga en la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, propiedad de BP, causó un daño ecológico irreparable en el golfo de México. Fuente: De-oil-it

Ante estos hechos, el ecologismo ha ido creciendo en las últimas décadas hasta convertirse en uno de los movimientos sociales y políticos más globalizados del planeta, conformado por millones de personas de todas las regiones del mundo y presente en multitud de luchas y reivindicaciones. Porque no solo son más numerosos; también son más exigentes y demandan cada vez más cambios significativos en los actuales modelos de producción y transporte, además de políticas locales e internacionales que confronten este problema directamente.

Sin embargo, el movimiento ecologista todavía dista bastante de ser un actor realmente importante en la toma de decisiones a nivel mundial, y no es solamente por la falta de interés en el tema de la mayoría de los líderes mundiales. El movimiento ecologista siempre ha sido muy heterogéneo, con diferencias significativas entre muchos de sus integrantes y cuyas acciones se caracterizan por la espontaneidad y la falta de coordinación entre los diferentes afectados. La mayoría de los simpatizantes o militantes ecologistas son generalmente jóvenes —como el propio movimiento—, indígenas o trabajadores del campo sin mucho acceso a educación o recursos científicos, por lo que no suelen tener una conciencia plenamente desarrollada sobre el asunto ni conocen exactamente el impacto ecológico de muchas acciones. Y de esto se han dado cuenta los enemigos de los ecologistas y causantes principales de sus luchas: dirigentes de multinacionales y jefes de Gobierno de medio mundo.

Las empresas del ecoblanqueamiento

Sin lugar a duda, una de las cualidades que ha hecho triunfar al capitalismo durante más de 200 años es su capacidad para penetrar en todo tipo de movimientos y luchas perjudiciales para el sistema y después vaciarlos de contenido eliminando aquellas posturas que entran en contradicción con la lógica capitalista e integrando todas las que no suponen ninguna amenaza real. Así, con unos pocos gestos es más que suficiente para que el capital sea considerado respetuoso con el medio ambiente, pro-LGTB o hasta feminista y se conciba como un sistema conciliador donde todo el mundo tiene una oportunidad, aunque en la práctica la realidad sea otra.

El ecoblanqueamiento o greenwashing es precisamente esto. Al igual que empresas que dicen ayudar en la investigación por el cáncer de mama son a veces las propias culpables de estos cánceres, muchas compañías han apostado por sacar líneas de productos ecológicos que invisibilizan la contaminación provocada por el resto de sus productos. En un mundo donde importa más lo que se dice que lo que se hace, muchas empresas han visto una gran oportunidad para limpiar o mejorar su imagen a través de campañas de marketing específicamente diseñadas para transmitir la idea de que tal empresa o tal Gobierno respeta profundamente el medio ambiente.

Generalmente, desmontar estas campañas no requiere más que un poco de investigación, pero el impacto visual y emocional que tienen sobre la opinión pública es muy grande y calan rápido entre la gente. Muchas multinacionales archiconocidas han conseguido crear una imagen de sí mismas que, basándonos en su actividad, difiere bastante de la realidad. Coca-Cola presume de producir bebidas “ecológicas” y envases menos contaminantes mientras la gran mayoría de sus productos generan una parte significativa del total de residuos de plástico del mundo, que aumentan año tras año a pesar de sus preocupaciones. Volkswagen es uno de los ejemplos más flagrantes: en 2016 se descubrió que los motores diésel, que anunciaban como los más limpios del mercado, tenían en realidad instalado un dispositivo que manipulaba los datos de emisiones contaminantes. 

Plástico de botellas de Coca-Cola en la playa de Texel (Países Bajos). Fuente: The Plastic Soup

Este último caso muestra una de las formas con las que las corporaciones intentan parecer sostenibles. El uso de palabras como limpio, biológico, eco, orgánico, natural o puro se ha popularizado con el fin de crear una ilusión de productos responsables y de calidad, pero a la hora de la verdad la mayoría de estos adjetivos no son más que relleno publicitario, ya que en países como Estados Unidos —no así en la Unión Europea— apenas necesitan pasar ningún control que garantice su veracidad. El dominio de las etiquetas de color verde con figuras de árboles o del planeta Tierra es otro de los juegos con los que intentan cambiar la percepción del público hacia determinadas marcas.

Hay muchas formas diferentes de conseguir que un producto parezca amigo del medio ambiente, pero todas las estrategias de este tipo se reducen a tirar la piedra, esconder la mano y mostrar la otra llena de cosas bonitas. El verdadero problema llega cuando, gracias a estas tácticas, las grandes corporaciones eluden las condenas sociales que sufrirían en otras circunstancias y, al hacerlo, se libran del único efecto que temen de su falta de políticas medioambientales. Hay muchos ejemplos que demuestran que, si este tipo de compañías llega a preocuparse en algún momento por el efecto medioambiental de sus prácticas, la única motivación real es adueñarse de un nicho de mercado creciente o mejorar su imagen, pero muy pocas veces será la conservación de nuestro planeta. Por consiguiente, nunca llevarán a cabo la transformación necesaria en su proceso de fabricación o extracción que minimice el daño al medio ambiente.

Las cumbres medioambientales y el ecopostureo

Las demandas de los grupos ecologistas no se dirigen solamente a las multinacionales más contaminantes del mundo; también exigen a los Gobiernos de los respectivos países —y a la comunidad internacional en general— que adopten nuevas leyes o regulaciones para controlar las emisiones contaminantes en sus territorios, así como el impacto medioambiental de las diferentes actividades, ya sean de organismos públicos o privados.

Como resultado de estas exigencias, la ONU convocó en 1992 la Cumbre de la Tierraen Río de Janeiro, donde representantes de 172 países discutieron en común por primera vez los pasos necesarios para preservar el medio ambiente. Ya en esta primera cumbre se pudo apreciar que sería muy complicado conseguir que todos los países remasen en la misma dirección; cada uno tenía su propia visión e interés en el tema. De esta cumbre salió la Agenda 21, un acuerdo que incluía las medidas que debían seguir los países firmantes para minimizar su huella contaminante, pero que no tenía ningún efecto vinculante.

De la Agenda 21 se llegaría al Protocolo de Kioto, acordado en 1997, que comprometía a los países firmantes a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. A diferencia del acuerdo de Río, el protocolo es vinculante y cuenta con mecanismos para vigilar que los países cumplan con sus obligaciones, aunque no ha tenido las consecuencias deseadas. Varios países occidentales han cumplido con sus obligaciones, pero tampoco se puede decir que haya sido por aplicar medidas ecológicas a sus modelos de producción. Básicamente, la mayoría de los países que han tenido éxito reduciendo sus emisiones lo han conseguido porque han deslocalizado una parte significativa de su producción nacional y la han trasladado a terceros países, no firmantes del protocolo en su mayoría, que son los que generan ahora esas emisiones —y en mayor medida—.

El caso de China es el mayor ejemplo. Con los años, ha ido creciendo hasta convertirse actualmente en el mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero debido a la gran cantidad de fábricas e industria en el país. Sin embargo, más de la mitad de las emisiones producidas en China provienen de productos destinados a la exportación y consumo externo, productos que antes se fabricaban en países más desarrollados y que ahora se externalizan a países con recursos y mano de obra barata, además de una legislación medioambiental débil o inexistente.
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Los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD por sus siglas en inglés), generalmente identificados con los países ricos, consumen más productos contaminantes de los que producen. Los no miembros —en verde— producen más emisiones en general, más incluso de las que corresponderían a su consumo. Fuente: Cicero

Desde la cumbre en Kioto, ha habido alguna más, pero ninguna con el carácter vinculante del protocolo. La más reciente e importante fue la Cumbre de París en 2015, que llevó al Acuerdo de París del que Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, se retiró en 2017. Este acuerdo fue ratificado por algunos de los principales países contaminantes y pretende controlar el aumento de la temperatura mundial que se viene apreciando en los últimos años, pero nuevamente no cuenta con ninguna cláusula vinculante que obligue a los países a cumplir con las promesas hechas frente a las cámaras de todo el mundo.

Esta es la realidad del ecoblanqueamiento institucional. Gobiernos y organizaciones internacionales convocan reuniones para tratar el problema y mostrar al mundo lo preocupados que están y acaban firmando acuerdos con poca o nula fuerza, porque saben de antemano que no van a cumplir lo pactado. Prácticamente cada cumbre sobre medio ambiente ha sido etiquetada como “la última esperanza” del planeta, pero solo de Kioto salió un acuerdo con obligaciones vinculantes —y ya hemos visto el resultado—. Políticos de los principales países consumidores de energía realizan brindis al sol promoviendo energías más limpias mientras siguen comprando cantidades ingentes de petróleo, gas natural y carbón a países como Arabia Saudí, Rusia o Colombia.

Previsión del consumo de energía mundial por regiones —abajo, izquierda— y combustibles —abajo, derecha—. Fuente: AIE


Sostenibilidad o barbarie

Los tres actores principales en la protección del medio ambiente —organizaciones ecologistas, corporaciones privadas y Gobiernos— tienen puntos de vista enfrentados. Los dos últimos reconocen la importancia del problema, pero sus acciones al respecto se limitan a meros gestos que cambian poco o nada la realidad, y los ecologistas demandan un cambio radical del sistema productivo y económico, uno que ponga la salud del planeta y de las personas por encima del beneficio económico.

Actualmente, nada se produce, transporta, construye o extrae sin usar combustibles fósiles, que se están consumiendo a un ritmo alarmante. Cada año se tala el equivalente a la mitad del territorio inglés, lo que llevaría a la desaparición de las selvas en cien años si se continúa a este ritmo. Y esto es solamente la punta del iceberg. Sin embargo, los dirigentes mundiales han optado por relativizar el problema y quitarle importancia mientras las arcas del Estado continúen llenándose.

Eso no significa que miren hacia otro lado; antes de que el movimiento ecologista se radicalice y se vuelva más combativo —o se alíe con otras luchas—, han infiltrado sus propias posturas ideológicas para debilitarlo. Con ello han conseguido que no se vea al capitalismo como enemigo del medio ambiente a la par que convertían la lucha ecologista en una lucha individualista, en la que cada activista intenta minimizar su impacto medioambiental particular y se olvida de exigir lo mismo a las grandes multinacionales, que son las mayores consumidoras de energías fósiles y las que más residuos tóxicos generan, o a los Gobiernos que las amparan.

Si el movimiento ecologista pretende transformar el mundo, debe eliminar primero estas concepciones de su lucha. Sin una condena social generalizada, que exponga claramente las atrocidades ambientales junto con los nombres y apellidos de los causantes, los principales contaminadores del mundo no van a variar lo más mínimo su actividad; se conformarán con sacar campañas de lavado en verde y teñir su logo del mismo color.

(*) Luis Martínez. Burgos, 1994. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Rey Juan Carlos. Apasionado de la antropología y del mundo lusófono.