jueves, noviembre 08, 2018

La legitimidad sostiene la movilización Universitaria



| Por: Manuel Humberto Restrepo Domínguez / Barómetro |

La movilización por la defensa de la universidad pública, ha dado muestras de que cuando se quiere avanzar en colectivo se puede para recuperar garantías a derechos o conquistar nuevos. En pocos días ya hay frutos importantes, hay atención de la sociedad colombiana y del conjunto de organizaciones sociales, el tema es noticia y motivo de preocupación, el gobierno entre la displicencia y solapadas actuaciones, ya prometió escasos pero importantes recursos para atender las urgencias próximas y los gobernadores asumieron otro aporte, aunque sumado todo no supera la quinta parte de lo requerido.

La regla y conducta social de la movilización ha sido la de “unir en lo que une” y el núcleo es la defensa de la Universidad pública Colombiana, para impedir la muerte anunciada de su existencia pública, laica, plural y democrática y convertirla de manera radical y definitiva en una empresa más del estado atendida con mecanismos de gestión privada y gobernada por gerentes y asociados. La movilización nacional está compuesta de una compleja trama de movilizaciones locales, que marcan su fortaleza para resolver los problemas del conjunto y de cada una de las 32 universidades del sistema público y de las otras 50 instituciones técnicas y tecnológicas con iguales dificultades.

La movilización no es ajena a la dinámica social del país, es solo una de sus partes, Colombia es un país ampliamente desigual, que firmó la paz, pero su implementación está llena de obstáculos y barreras, que ya prevén incluso la entrada de la Corte Penal Internacional, ante una presumible maraña de impunidades a terceros incluidos y militares que actuaron con barbarie. El péndulo de guerra regional y la paz nacional es producto de conflictos no resueltos, como la inequitativa distribución de la tierra y la capacidad militar y de barbarie de los despojadores, la exclusión política de toda tercera fuerza distinta al bipartidismo liberal-conservador asentado en el poder del estado hace 200 años, y los miedos y amenazas presentes que evocan todo el tiempo el levantamiento comunero de 1789 contra los elevados tributos y el mal gobierno y finalmente el desprecio de las elites contra el resto de la población, a la que solo entiende como subalterna y humillada y se niega a verla educada, prospera y libre. A eso se suma la creación ficticia de una clase media, que sin serlo, es atacada como si lo fuera, con impuestos y créditos personales impagables, desempleo del trabajo calificado y quiebra de pequeñas y medianas empresas atacadas por los tratados de libre comercio.

Todos estos aspectos, impiden diferenciar con claridad las causas y las consecuencias, lo que es aprovechado por las elites para mantener una confusión permanente, que le facilita mantenerse en pie firme y sólida, a pesar de sus fisuras y debilidades, que sabe superar muy bien con nuevas medidas de poder, caracterizadas porque cada una es peor que la anterior y cuando se queda sin salida hace uso de verdades a medias, cortinas de humo o uso intensivo y desmedido de la fuerza policial o militar.

La movilización universitaria, ha sabido moverse entre todas estas dificultades y mezclar transversalmente el contenido de su lucha que incorpora partes de distintas demandas como la precariedad laboral del profesorado y trabajadores, la ineficiencia del sistema de salud, el endeudamiento de jóvenes para pagar sus estudios y otros factores propios del contenido del derecho a la educación. También ha sabido salirle al paso a tiempo y con prudencia a la espontaneidad y modular la velocidad de la negociación con el gobierno, propenso a minar, crear fisuras, desgastar e interrumpir el ímpetu y capacidad del movimiento, del que desconfía porque puede generarle complicaciones de fondo a su gobernabilidad y credibilidad, en un momento en que el presidente no logra asentar su poder, mantener las alianzas de sus asociadas clientelas, ni obtener la aceptación que necesita para gobernar, a lo que suma la incidencia de los pasos en falso del partido de gobierno, que aparece escuálido, incoherente, arbitrario y arrogante en su lenguaje frente a quienes se niegan a aceptar sus deseos.

La movilización universitaria es jalonada con total legitimidad por los estudiantes, en eso basan su potencia, en la legitimidad del movimiento y justeza de su causa. Y aunque empieza la entrada del fin de año su capacidad es de largo aliento y sabrá sortear esta coyuntura. La clase social beneficiaria de la universidad pública, empieza también a hacer conciencia y a comprender que está en juego no la salvación del semestre académico, sino la de la universidad como concepto, símbolo, institución y base material del derecho a la educación de la clase social que ni hace parte del poder del estado, ni es tenida en cuenta para construir la democracia y sus instituciones.

La movilización universitaria, es conducida por jóvenes, cuyos modos de acción pacífica y alegre mezclan lo viejo con lo nuevo, la pancarta tradicional con la besaton y la poesía, la arenga del pueblo unido jamás será vencida, con los canticos de repudio al patriarcalismo y al machismo. La vanguardia es colectiva, junta militancias múltiples con independientes comprometidos. El profesorado va a su lado y espera poner sobre la mesa las otras demandas que falta tramitar. La conclusión es que es un movimiento joven, independiente, democrático y democratizador, que permanece en situación de paro nacional, conducido por una amplia delegación de estudiantes que conforma la Mesa Nacional que funciona en Bogotá y Mesas Locales en cada universidad regional. Hay dinámicas que incluyen aulas abiertas en las calles, observaciones, deportes, música, danza, cine, ayunos, marchas permanentes, plantones y diversas actividades festivas para anunciar que algo pasa y es de fondo para recomponer el sistema de educación universitaria pública.