domingo, noviembre 04, 2018

Muertos, sobrevivientes y agónicos



| Por: Álvaro Marín / Ojo del Cangrejo |

Al final de la película documental Réquiem N.N. de Juan Manuel Echavarría queda una extraña experiencia del descenso, y una sensación de sinestesia. La película huele a río fangoso, sus sonidos son oscuros. Además sale uno confundiendo lo visible con lo invisible, la apariencia con lo real. Del tiempo nada se sabe porque se desconoce en cuál de las orillas del río estamos, si en la vida, o en la muerte. Finalmente se reconoce que estamos en la muerte ¿Pero cómo es posible que en un pueblo existan más despojos de seres sin nombre, más muertos provenientes del río, que muertos del pueblo?

En la conciencia arquetípica la muerte es el descenso y para encontrar a los muertos es necesario el paso del río. Aquí ocurre lo contrario, los muertos vienen del río, ascienden. Primero fueron arrojados río abajo, como leños flotantes, por la borrasca de la violencia que los desprende de su tronco social y de la vida. Pero los pescadores diferencian desde lejos, en el horizonte del río, un cuerpo humano de un tronco de madera, porque casi siempre los cuerpos humanos traen sobre ellos a los zamuros que les picotean las entrañas mientras vadean el agua y la muerte. El cuerpo del muerto es una balsa a la que llegan volando las oscuras sombras de las aves carroñeras.

Sí, estamos en la muerte, y para ser más exactos, en Colombia, no hay noche siquiera en donde refugiarse. Cuando todo es realmente oscuro no es la noche, es la muerte. Muerte con todos sus ritos, y estas almas penantes que salen del río en las atarrayas de los pescadores, van luego a la cuba del carretillero de Berrío quien las acerca al cementerio, porque ellas solas no tienen aliento después del brutal suplicio al que han sido sometidas en la vida: mutilaciones, golpes, violaciones, descabezamientos, torturas.

Algunas veces no es un alma completa, es un brazo, una mano, una cabeza, una pierna que sale en la atarraya. Se siente el abismo, la caída. Este es el vértigo de la violencia en Colombia, el otro lado de las batallas y las confrontaciones. Pero estos muertos son en su mayoría civiles, eran civiles, ahora son solo eso: muertos y ni siquiera muertos, porque ya no tienen nombre, ni dolientes.

En un momento del descenso aparece el animero con su libro de cuentas de difuntos y su diario de ánimas. Es el guía y protector de las ánimas en su camino de sombras. Unas sombras más abajo hay que encender velas porque se llega a una oscuridad más cerrada que la noche invernal. Es noviembre, mes de las ánimas, y el animero ha salido con ellas a un recorrido religioso por el pueblo, pueblo de muertos, Berrío. Luego del recorrido el animero y los dolientes devuelven las ánimas a su frío de huesos.

Cada muerto es elegido por algún habitante de Berrío para cuidar de él. El protector le da una lápida y un nombre, le reza, le lleva agua y flores, le limpia la lápida; pero el mayor favor al muerto es hacerle sentir que tiene un doliente. Los nombres que los vivos protectores le dan a los muertos casi siempre empiezan por N, lo mismo el apellido, y con esta letra inicial levantan sobre una identidad: “N.N.”

En realidad el cuidado del muerto no es una función muy clara, porque es muchas veces el muerto el que cuida del que está vivo. A cambio de velas y rezos el habitante pide favores, y en la cualidad de estos favores uno puede ver la dimensión de la orfandad de un pueblo: piden trabajo, piden salud, piden protección, las funciones se invierten. Los habitantes de Berrío como los de Colombia son las almas penantes que los muertos cuidan. En este intercambio de roles finalmente no se sabe quiénes son los N.N., tal vez todos estamos muertos, tanto los habitantes del pueblo como las almas del río, tal vez somos el río mismo, el descenso, el otro lado de la vida.

La dimensión del abismo que es Colombia puede verse allí, en la película de Echavarría, en nuestras formas de intercambio con la muerte. Las sociedades pueden ser vistas muchas veces con más claridad, no cuando a plena luz emprenden sus tareas y funciones, sino en la manera que en la sombra intercambian con la muerte. De la pobre calidad de este intercambio puede descifrarse el estado agónico de los vivos, las almas penantes que a la luz del día nadie ve: ni la misma sociedad, ni los semejantes, ni el Estado. Una sociedad en su plenitud, en sus momentos de mayor vitalidad, tal vez tenga muy poco o nada que intercambiar con la muerte.

Estos despojos que llegan a Berrío no sé sabe exactamente de qué lugar vienen, solo se sabe que vienen de la guerra: son fusilados, descuartizados, atormentados, desplazados, desaparecidos, cuerpos arrojados al río que el agua y la desmemoria deslíen, son nada: ánimas, como los habitantes de Colombia.



Fotografía y dibujo

Las relaciones del arte ritual con la muerte nos llevan, casi siempre, a ese paso mitológico en donde los vivos buscamos el rescate de los seres queridos raptados por la sombra. Otras veces la liturgia nos convoca al emplazamiento de esa otra parte oscura en donde están las obras inconclusas de la cultura, a ese paso del río de niebla que es la neblinosa y sangrienta historia de Colombia.

En la exposición de uno de los trabajos de Juan Manuel Echavarría, hacemos los pasos y los movimientos por el claroscuro del negado mundo interior de nuestra historia y nuestra cultura. Dibujos a color con los momentos vividos en la guerra interna y que llevaron a la descomposición del proceso político colombiano de los últimos tiempos. En muchos de estos trabajos realizados por integrantes de las fracciones enfrentadas, vemos cielos rojizos, no arreboles decorando un paisaje, sino un rojo intenso sobre verde. En medio del rojo casi siempre hay una mancha que sobrevuela y que no se sabe si es un sol apagándose, una luna agónica, o un ave rapaz, porque el color usado con insistencia en los diferentes registros es un amarillo tiznado, con vetas de sangre, una lluvia roja que se difumina en el verde, con todas las historias de crueldad y desmembramientos practicados sistemáticamente en diferentes regiones de Colombia.

Predominan el rojo y el verde. Grandes plantaciones asediando poblaciones como si la naturaleza misma fuera un cerco, o una avanzada militar. Un asedio que se repite en todos los dibujos y que termina casi siempre a la orilla de la carretera, en un río, o en una mancha oscura. Algunos ríos son azules, como si el cielo hubiera caído más bajo que la tierra, y vadeando este cielo caído avanzan algunas lanchas de un verde oscuro, como si fueran aves de la muerte que esperan el salto de la vida del río para caer sobre ella, o grandes peces de la guerra que se deslizan en la superficie.

En algunos casos, los dibujos y las fotografías muestran el arrasamiento, dejan la impresión de que la guerra se ha dado en cada rincón de los las selvas, las montañas, los ríos, y que el único testigo que ha quedado con vida ha sido la naturaleza misma, o los animales, y no los seres humanos; y casos de una violencia atroz en donde no queda siquiera un hilo de naturaleza de ninguna especie, solo escombros. Los testigos de la guerra muchas veces son un árbol, un ave, un caballo, una pared derribada, un salón de clase, sin techo. Como si la vida humana hubiera desaparecido de los territorios.

Desde el fondo de la sala alguien canta, pero no es nadie, son las voces de las almas penantes: un corto, Bocas de ceniza. Imágenes de campesinos que entonan cada uno un lamento distinto, una queja, un dolor. Rostros manchados por el sol, por el dolor, o por el tizne de la muerte, los campesinos cuentan sus historias desde los territorios del terror. No logran entender cómo han llegado estos afrentosos días, porque antes vivían en un tiempo en donde estaba solo la comunidad o la familia; no entienden cómo sus parajes entrañables se han convertido en abismos, en el lugar de las pesadillas y de las apariciones, del terror.

Se desciende más aun, a imágenes que no se sabe que son y que antes fueron escuelas. No son imágenes, son agujeros en el espacio, sitios deshabitados en donde no se sabe qué cosas están vivas y qué otras están muriendo. En una de las fotografías la selva entra en lo que fue una escuela y ahora son cuatro paredes herrumbrosas sin techo, y un tablero en donde quedaron escritas algunas palabras que dan a entender instrucciones de guerra.

El fotógrafo en medio de le exposición se acerca con uno que fue paramilitar y que ahora es periodista y se llama Jefferson, un hombre de Segovia, Antioquia, de actitud dialogante y dispuesto a enfrentar su pasado frente al público de la sala. Jeffersson hizo parte de los paramilitares que se tomaron una tarde la escuela que está en la fotografía. Cuando llegaron al otro día los niños y la profesora, ellos no entendían qué pasaba, -dice el hombre-, pero la orden era permanecer allí, y allí estuvieron durante tres años. Los niños no volvieron más, la escuela se convirtió en refugio paramilitar, y detrás de las paredes de la escuela creció una fosa común.

Más de cien escuelas, la mayoría de Los Montes de María, vivieron el paso oscuro y abrupto de las letras a las armas, a los bombardeos, al desplazamiento, al silencio y al abandono. Una de las profesoras fue prisionera de los paramilitares: tres meses amarrada en una carpa como esclava sexual, una muerta más que el comandante paramilitar volvió a matar para deshacerse de su cuerpo humillado. Su segunda muerte fue en silencio, sin disparos, la guerrilla estaba cerca.

Al final de este descenso de abismo, en una cafetería, Juan Manuel Echavarría comparte un café con personas del público. Al fotógrafo, le inquieta la historia de cada uno, su relación no solo con lo que se acaba de ver, también con la historia de Colombia y las experiencias con la violencia. Como a muchos artistas a Juan Manuel Echavarría le gusta el arte imaginativo y quisiera hacer un trabajo que no dependa de la historia, pero finalmente dice que nadie puede escapar de la historia. Echavarría, es uno de los artistas que ha entendido la necesidad de expresar un momento ineludible de nuestra historia, como ha ocurrido con otros artistas que han dejado su registro al lado de la experiencia vital, histórica. Las imágenes fotográficas a pesar de venir de los hechos tenebrosos de la guerra tienen una bella estética. En medio de la conversación Echavarría recuerda la etimología de la palabra fotografía: escribir con la luz.