viernes, noviembre 30, 2018

Roger Waters y la música de alas



Por: David Alirio Uribe Laverde* |

A la música del cielo, la música de alas, se le conoce cuando se la escucha. Se le respeta y por eso callamos, un estadio entero en silencio, extasiado, conmovido, cabeceando con los ojos cerrados, tocando el bajo o la guitarra sobre el vientre. Waters hizo historia al silenciar un estadio con cincuenta y dos mil personas como si tratase de un pequeño recital ¡Es música de alas!

¿A qué sabe Pink Floyd? Sabe al guiso de mamá, a la papa con ají, al jugo de naranja, al queso con bocadillo, al chorro más chimba. Waters nos lo sirvió en dos tandas, dos platos fuertes minuciosamente preparados, perfectamente emplatados, alimento para los sentidos y para el alma.

El concierto fue una demostración de coherencia y ¿cómo puedes ser coherente gastando miles de millones de dólares en equipos audiovisuales de la más alta tecnología? Pregúntenle a Roger Waters. Aquí les dejo algunas de mis razones para explicarlo.



El espectáculo. Waters no se comporta como superestrella, es un director de orquesta de espaldas al público, se dirige a este sólo para honrarlo con su venia. La centralidad es el espectáculo; la música, los colores, las ideas. Waters se ve pequeñito en un escenario austero donde prima el negro, irreconocible entre los demás músicos si no fuera por su bajo Shun!… Shun!… Shun shurururum shurururum shurururum [One of these days]. Y ahí está él, tocando un riff sencillo, despercudido, pero diciendo entre líneas “Párese al lado mío quien pueda tocar esta mierda como un puto Dios”. Ese viejo setentón, dando cátedra, fumándose a los ficticios que se creen artistas “Yo me inventé esta vuelta y dúdenlo”.

Waters hizo sólo dos interrupciones, una para hacernos saber quiénes eran los niños, niñas y jóvenes que se subieron con él para Another brick in the wall Pt. 2, gente de barrio, y otra para presentar a todos y cada uno de sus músicos y colaboradores, y claro… para tirar línea, recordando que no hablamos de derechos humanos si no son de todos y todas, y que la educación pública no les cabe en la cabeza a nuestros mandatarios neoliberales. 72 metros de pantalla fueron más que suficientes para decirle al país:We do need more education.



La música. La antesala del concierto fue una escena de 15 minutos con una mujer que mira al mar. Pero lo atractivo no era la imagen sino el sonido, escuchar el viento, el mar, las aves y luego un canto ancestral. Así nos chicanearon el sonido cuadrofónico, un “teatro en estadio” capaz de hacerte levantar la vista para cerciorarte si lo que estás escuchando es verdad o fantasía, si había un helicóptero sobrevolando el cielo o no.

El sonido no se desperdició, Waters hizo música de alas y nadie pudo haber salido del estadio sin su orgasmo. Fiel al concepto progresivo de Pink Floyd, el concierto fue una sola pieza. Transitó como quiso por la historia de la banda e incluyó, imperceptiblemente, temas propios. Otros artistas ancianos no se atreven a tocar canciones nuevas ¡y mejor! Porque cuando las tocan uno siente necesidad de éxitos. Waters y su combo tocaron temas del año pasado y nos los sollamos completos. Pudieron improvisar una canción y la hubiéramos vitoreado porque la experiencia nunca se fragmentó.

Momento sublime. Jess y Holly, maquilladas para una ópera futurista retro, dos panteras que se auparon al escenario para devorarse en una noche estrellada, dos exclamaciones, dos gemidos, dos lamentos que desfallecen y se apagan lentamente como una vela que se extingue. La versión sublime de The Great Gig in the Sky. Sin palabras.



Lo visual. El 3D no se creó en la era digital, se creó o se perfeccionó con la psicodelia. Juegos de imagen en 2D que inducen movimiento donde no lo hay, que te envuelven, te sumergen, heroína visual. La alucinante pantalla de altísima resolución tampoco se desaprovechó y Waters poco apareció en ella, no había nada que ver en él. Su aversión por la idolatría quedó grabada en su anécdota escupiendo a un fanático que no paraba de gritar.

En su lugar, un maravilloso coctel de colores nos deleitó durante las tres horas de concierto. Desde las antiguas animaciones de Gerald Scarfe en The Wall hasta los modernos proyectores mapping que recrearon con perfección la Battersea Power Estation de Londres. Fragmentos de mundo en fotografías y videos, la bóveda celeste, sátiras políticas, sonrisas, miradas, caos urbano, guerra, y el exquisito recursoglitch que permitió ver a los artistas haciendo magia con sus instrumentos, envueltos en la distorsión psicodélica. A eso súmenle lásers, el famoso cerdo inflable, una luna negra reflectiva y juegos pirotécnicos. Mejor se daña.



El concepto. Pero el poderoso hilo conductor de esta experiencia sensorial, visual, auditiva es el concepto sintetizado en la frase del cerdo volador: stay human, sean humanos. Waters logra sembrar una idea a través de sentimientos. La más alta tecnología, que nunca imaginó en los sesentas y setentas, se dispone para “abrir las puertas de la percepción”, no en las cabezas como el LSD, sino en la realidad misma.

Another Brick In the Wall nos reaviva el ánimo incendiario, la volición de acabar violentamente con lo que está mal en el mundo, con lo que produce dolor, tristeza y miseria, y luego lo transforma tocando junto a niños y niñas de la ciudad que desvisten sus uniformes para bailar frenéticamente la resistencia. Pigsgeneró catarsis en el público que gritó putazos de odio al infinito de una pantalla, putazos cordialmente dirigidos a los cerdos que nos mal-gobiernan. Us and them nos invita a eliminar fronteras y a vivir una sola humanidad, a estrechar manos sin clasificar rostros. Con sus contrastes Waters nos regala dos palabras: amor y resistencia.

En resumen, el Us + Them fue un espectáculo en donde lo central no fue el artista sino el concepto. Mérito del artista. A eso le llamo coherencia.



(*) Abogado defensor de la vida, los derechos de los pueblos y el territorio. Investigador del Abya Yala y relator de los días.