viernes, enero 18, 2019

A mi querido Queer Héctor Sánchez


Por: Luis Orlando Ávila Hernández* |

Tantos años del ver, del verse, del copular anal, del subsistir, del revivirse y al fin del vivir y resulta que ahora, en este el Ibagué lleno (re-lleno) hasta la medula de los tales echa’os p’alante y de sus saltimbanquis remedos de boyacos, rolos, llaneros, caleños, santandereanos, pastusos, costeños, tolimas u opitas, en fin de la lista de bellacos pantomima de ultra-heteros, resulta pues que ya nadie puede morirse drag, queer o tan simplemente marica.

Morirse tan siquiera alejado de la cruz que les (nos) tocó vivir, con su diario padrenuestro de hombres tan diurnamente heteros, muy disfrazadamente fálicos, que destajan, roban, descuartizan, empalan, despojan, violan, desmiembran, usurpan o acaso cuando el tiempo les sobra, a veces, hacen del simular fiscales o de jueces o de héroes, mientras tan hermafroditas entre si se (entre) cantan vallenatos, se (entre) persignan u oran y según su androginia, sus cuatro rayas les confunden al castillo y a la cabaña.

Tanto así que resulta que esta docta gleba tan aparente hetero es la que decide.  Y decide quién, cuándo y cómo se muere.

Para dicha del señor y del Señor.

Porque esta docta gleba gobierna.

Y la gleba docta simulada, que es la peor.

Más, sin previa, se les (nos) murió don (doña de noche, como Marechal, Proust, Lezama) Héctor Sánchez Vasquez, a sus anchas, tan queer, tan él, tan ella, tan vivencial.

Muerto mi querido amigo escritor del Guamo – aquel Guamo lleno últimamente de tantos echa’os p’alante y sus saltimbanquis – al que alguna vez le encontrara de repente en una lejana noche de 2001, cantándole al borde de su cama, con su dulce y mágica voz, a su (nuestro) amigo Hugo Ruiz Rojas, entonces casi ido y demente por los colmillos de jabalí que se tomó de mas al fiado (su costumbre) en el desaparecido bar de la 37 de su alumna y usurpadora cómplice paisa Beatriz (por ahora aun no uribista, es decir simuladamente hetero, pero solo por ahora).

Muerto Héctor Sánchez Vásquez, como Floreal Ruiz, como el Mono Villegas, como Leopoldo Marechal, como Manuel Puig, como Gabriel el de los billarines de la 5ª, como el gordo Lezama Lima, como los curas del Tolimense ibaguereño.

Muerto don Héctor Sánchez Vásquez.

Tal vez no sirva de nada la leyenda del puñal en su reclinado e imberbe pecho cadavérico de tres días.

Tal vez menos sirva la de su deseado y sexualizado torso desnudo con el calzón y el zapato de mujer calzado en su pie casi putrefacto.

¿El izquierdo o el derecho? Qué más da, es el (la) Ibagué (por lo de villa) sin sus echa’os p’alante ni sus saltimbanquis. 

La vergüenza ajena.

Para eso está las buenas autoridades, sus Rubén Darío, los demás putativos del sátrapa Arnulfo Sánchez y por si faltara, la inefable Medicina Legal o la Fiscalía del Papayo. Que mejor mote.

Para ajustar lo desleído, lo borroso, lo incontable, lo ininteligible de un Hombre hermoso tolimense escritor muerto que lo contó todo con su vida queer y de amantísimo amigo sincero, único.  Solitario, como ha de ser.

Los echa’os p’alante y esa otra gente de otros partos que se dicen entre ellos mismos se descienden, han intentado en este Tolima (re) escribir (nos) la historia, nuestra historia, con sus destintados lápices policiales y forenses, de los que echaron mano por lo menos desde la (su) primera violencia: la del (su) asesino Laureano Gómez.

Pero desafortunadamente se les muere nuestro Héctor Sánchez Vásquez.

Para contarnos el mismo Héctor con su muerte de leyendas queer, incólume, como tantas veces lo hiciera desde la Barcelona en los 80, junto a Magil y a Hugo Ruiz.

Hoy, mi desaparecido amigo de mis amigos y paisano, junto a la univoca bella letra de Lomuto y Laguna, a la orquesta de don Francisco Canaro, cantaremos todxs eternamente a dúo con la igual hermosa voz de Carlos Roldan en 1943, para que descanse muy en paz amantísimo escritor y ejemplo queer de los que han de venir, mientras los que aun quedamos vivos, tumbamos a este gobierno de echa’os p’alante y a su progenie de bellacos que ningunea lo queer (doña de noche, como Marechal, Proust, Lezama): 

Pasó mi vida entre sonrisas y alegrías
Pasó mi vida en una eterna diversión
No encontré nunca la amargura en el camino
Y con grave desatino, brindé mi corazón

Mis compañeros de las noches de parranda
Cambian de rumbo enderezando hacia el hogar
Y yo optimista siempre he sido mi locura
Confiado a la aventura de no despertar

Ya están blanquiando mucho mis cabellos
Ya tengo huellas hondas en mi frente
Pero es muy tarde ya, para reflexionar
No quiero, no quiero ni pensar

Los años van pasando así volando
Amarga soledad fueron dejando
Quien puede remediar ahora
este vacío en mi corazón  

(*) Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.