sábado, enero 26, 2019

De los falsos positivos a la neutra vileza


Por: Luis Orlando Ávila Hernández* |

Desde el usurpado bienestar social a su consecuencia histórica, la violencia para-estatal, probadamente les une desde hace más de siete décadas un hecho en común: la clase política.

No tuvieron que pasar más de seis meses del actual gobierno nacional de la ultraderecha al mando (Centro Democrático, Cambio Radical y Partido Conservador), para que desde el Tolima hacia Colombia, esté por fraguarse la versión moderna 2.0 del Pacto de Chicoral de 1972 (Se firma el pacto de Chicoral, Radio Nacional de Colombia, enero 9 de 1972), al que tal vez le denominen de Las Victorias, del Vergel o del Club Campestre y con el cual, entre otras,  puedan dar un entierro de tercera a lo poco que han permitido del cumplimiento del Acuerdo de Paz de la Habana, en especial del punto 1 o de Reforma Agraria Integral (Presidencia de la Republica de Colombia, Oficina Alto Comisionado para la Paz, noviembre 24 de 2016)  .

La familia Jaramillo Martínez  que como clase subsumen de la política – como alguna vez lo hicieran con Alberto Santofimio, éste sin iguales heredades de sangre – a finales de la segunda década de este XXI, a manteles se conjuntan con los, las y lxs millenials progenies conservadoras tolimenses de los Neira, los Angulo, los Valencia, los Laserna, sus capataces  y en general con toda su afín burocracia latifundista que ha decidido el destino (y la exclusión para la enorme mayoría) de los recursos públicos destinados a los tolimenses en el último medio siglo.

El botón de muestra: esta reciente declaración de la nepotista congresista toli-caucana de ultraderecha, Paloma Valencia, en la emisión del miércoles 23 de enero pasado en una cadena de noticias nacional: “Sólo dije que exploráramos una alianza con el partido Liberal”.    

Al final del día, a estos amanuenses liberales incursos en el nuevo pacto por firmar de la ultraderecha gobernante, sus propios y ajenos actos de gobierno les delatan en su insana unión como clase en desmedro del bienestar social de la mayoría que dijeron representar: la postergada práctica de no realización de actualización del catastro rural ibaguereño, la útil renuencia a realizar un focalizado censo agropecuaria municipal, la consecuente exclusión de los latifundios de la meseta y la ladera andina ibaguereña dentro del ajuste en el impuesto predial, la gratuita plusvalía servida de la Agropolis y la premiada presidencia nacional del Banco Agrario.   

La historia de la clase política de Ibagué y el Tolima, necesariamente se entrecruza con los hilos físico-geográficos de los empalamientos, los descuartizamientos, la “corbata” colombiana, las “mano negra”, las decapitaciones del siglo XX y con su más reciente plus del terror de los falsos positivos del XXI, como útil servicio para mantener el statu quo de tierras, haciendas y poder político gobernante desde Herveo hasta Planadas y desde Alpujarra hasta Cajamarca.   

Las 41 Brigadas del Ejército Colombiano hoy responsabilizadas por la Fiscalía General de la Nación de cometer entre 2002 y 2008 las más de 3.000 ejecuciones extrajudiciales sobre miles de desarmados jóvenes desempleados, campesinos o en enfermos mentales (El rol de los altos mandos en falsos positivos, Human Rights Watch, Diario El Tiempo, junio 23 de 2015), son solo uno de los síntomas de una larga enfermedad social o patología de la “normalidad” que vaticinaba la segura refrendación del Pacto de Chicoral 2.0 y que solo gracias a informantes de hoy dentro del mismo partido político gobernante que promovió en 2002 la política pública de la red del millón de informantes (Diario El Pais – España, agosto 9 de 2002) sabemos que el liberalismo regional o su alias de Partido Liberal del Tolima, rubricará.

Por la dignidad que subyace a los partidos y movimientos sociales alternativos y de izquierda  en el Tolima que creyeron (creímos) en la etérea aventura progre municipal del enfant gâté hijo putativo del neo-firmante partido liberal tolimense, ya es hora de dar un paso al costado y empezar a abrir las ramas del bosque para ver más allá de la dicotomía electoral que nos ofrece la falange criolla: la del locutor empresario vs heredero de médico de la legión de honor o la de la emisora de cadena radial vs el disfraz yupi naranja de los nichos empresariales-comerciante.

A estas dicotomías electoreras que nos proponen los seguros firmantes del Pacto de Chicoral 2.0, les calza muellemente la neutra vileza.

A los demás, el procurar cuidar de los falsos positivos por volver.

(*) Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.