lunes, marzo 04, 2019

El rencor ante la ciudad*


| Por: Rubén Jaramillo Vélez** 

Me voy a concentrar en la problemática de la sociedad moderna y contemporánea y, como decía el profesor Bernardo Correa, quiero insistir, sobre todo al final, en un asunto de extrema importancia: el rencor hacia la ciudad, que precisamente hace cien años, a raíz del affaire Dreyfus en Francia, condujo a ese país al borde de la guerra civil, todo lo cual mucho tiene que ver con la problemática de la gran ciudad moderna y de la reacción contra ella, una reacción que inclusive anticipa el fenómeno de la contrarrevolución del siglo xx: el fenómeno del fascismo, que recoge esa tradición del rencor hacia la ciudad.

Según me parece, en Colombia se está viviendo precisamente, con el proceso de urbanización tan acelerado durante los últimos lustros, algo de ello. Ya en los años cincuenta, durante el período de la violencia, encontramos claras manifestaciones de ese odio a la ciudad y de un falso elogio al campo, y todavía hace algo más de veinte años un político conservador tan importante como Álvaro Gómez Hurtado elogiaba a los “chulavitas” durante su campaña presidencial llamándolos “campesinos abnegados”, y se refería a aquellas bandas de sicarios que a comienzos de la década del cincuenta asolaban los campos y asesinaban sistemáticamente a quienes no compartían su ideología anti moderna.

Quisiera comenzar con unos datos demográficos que nos permitan ubicar el problema del surgimiento de la ciudad moderna. Europa, incluyendo Rusia Occidental, albergaba hacia el año de I8oo -el año en que se inicia, con Napoleón, el siglo diecinueve- unos ciento noventa millones de habitantes. Era la época del romanticismo, durante la cual una ciudad de diez a quince mil habitantes constituía el promedio y ciudades de cien mil habitantes eran consideradas grandes ciudades. En I87o, cuando se inicia el período durante el que propiamente se forma la Europa moderna y entra en crisis la sociedad tradicional, ya cuenta con trescientos millones. En I9oo son cuatrocientos millones, a los que hay que agregar doscientos millones de europeos que han emigrado, en su mayor proporción a los Estados Unidos de América y en menor medida a Argentina, Chile, Uruguay y otros países iberoamericanos, así como a Asia y a África. De manera que, de I9o millones a comienzos del siglo xix, la población europea pasa a ser de 660 millones en vísperas de la Primera Guerra Mundial, de los cuales 460 viven en Europa.

Los cincuenta años que se extienden en el lapso de tiempo a partir de los setenta corresponden a una transformación vertiginosa de la sociedad europea; y también de la sociedad norteamericana, tras el triunfo en el 65, del norte yanqui protocapitalista, sobre el sur señorial esclavista, con lo cual se inicia también aquí un vertiginoso proceso de industrialización cuyos resultados a comienzos del siglo sobrepasan ampliamente en cifras los de los países europeos, por todo lo cual resulta necesario tener en cuenta esas dos fechas: 1870 y 1914, y considerar además los resultados de la Primera Guerra Mundial: por un lado, la revolución rusa y por el otro, los movimientos contra revolucionarios, comenzando con el fascismo italiano, que lleva al poder a Mussolini en el 22.

Hay que recordar que a principios del período, en la primavera de 1871, se proclama la comuna en París, la primera república obrera (aunque hoy en día no se la considera propiamente “obrera” sino como una república popular en la cual también jugó su papel la pequeña burguesía radical aunque, de todas maneras, constituye la primera proclamación de una sociedad igualitaria). En 1873, se inicia un período en la historia del capitalismo que se acostumbra llamar “la gran depresión”, de la cual éste emerge, a mediados de la década de los noventa, radicalmente transformado. En efecto, el de finales del siglo xix no es el capitalismo clásico, liberal, sino el de los grandes trusts, el de gran concentración de capital en sectores claves de la economía. Ya en 1900, por ejemplo, sectores como el del carbón y el hierro están concentrados en pocas manos, en países como Alemania y Austria. En 1907 un magnate norteamericano, Andrew Carnegie, con la Betehelem Steel Company, se convierte en productor del 80% del acero mundial. Pero además, ese capitalismo que emerge a finales del siglo y se encuentra en plena expansión en vísperas de la primera guerra mundial, se encuentra vinculado al fenómeno del imperialismo: la década de 1880, que se inaugura con la llegada de los ingleses a Egipto y al Sudán, fue la década de la expansión imperialista.

En 1870 existían en Europa unas 70 ciudades con más de cien mil habitantes, que ya eran 200 en 1900. Al lado de Londres -que era una metrópolis a mediados del siglo pasado- aparecen otras ciudades con más de un millón de habitantes: París, Berlín, Viena, San Petersburgo, Moscú. Esa multiplicación corresponde a un fenómeno de migración masiva del campo a la ciudad y a la formación del proletariado a consecuencia de la industrialización masiva. En 1848 Berlín, por ejemplo, albergaba unos 400 mil habitantes y en 1900, 4 millones: había multiplicado por diez su población; el mismo ritmo de crecimiento se puede constatar en otras ciudades alemanas, como Frankfurt, Leipzig, Hamburgo, München. En Viena sucede lo mismo. En el primer censo que se realizó allí, en 1859 todavía no alcanzaba el medio millón de habitantes; en 1880 ya pasaba de los 700.000, para tener en 1890, 1.340.000 y 1.700.000 a finales del siglo, alcanzando los dos millones en vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial. Después de la guerra este proceso se va a acelerar.

Lo característico de este período que va de 1870 a 1914 es el fenómeno de la formación de la sociedad de masas, la aparición de la multitud y la aglomeración. Algo del rencor hacia la ciudad se manifiesta durante este período, a través de algunos intelectuales de tendencias elitistas. Podríamos citar algunos pasajes de Nietzsche al respecto, por ejemplo, o de Alexis de Toqueville, un representante del liberalismo clásico, del liberalismo romántico, que presiente un gran peligro en la formación de las masas. Una causa específica de este desarrollo demográfico vertiginoso tiene que ver con el avance del saber y de la técnica, concretamente en el campo de la medicina preventiva, pues a partir de 1870 sus avances ya permiten registrar el control de enfermedades como el cólera, la fiebre tifoidea, la viruela. Las epidemias pueden ser controladas; a mediados del siglo comienzan a emplearse métodos profilácticos para prevenirlas. De otra parte, entre 1870 y 1914 la industrialización, hasta entonces predominante en Inglaterra y Bélgica, se extiende a todo el continente, incluyendo a la Rusia occidental que, a consecuencia de las grandes reformas implantadas por el Zar Alejandro II a comienzos de la década de 1860, alcanza un ritmo vertiginoso de desarrollo, particularmente en los años ochenta y noventa. Ya en este período la automatización y la mecanización se vuelven características de la vida cotidiana: el proceso de la reproducción material de las sociedades comienza a verse determinado por la producción fabril, por la gran industria. Todo lo anterior va a tener sus consecuencias en el terreno jurídico-político.

Durante el período que se extiende de 1870 a 1914 se conquista el derecho al voto masculino en la mayoría de los países europeos; a finales de este período se inician los movimientos feministas y en los países nórdicos las mujeres adquieren el derecho al voto hacia 1905. Con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial las mujeres ocupan los lugares de trabajo de los hombres que van a las trincheras, lo cual contribuye a impulsar su emancipación. Pero, también, se produce una reacción ante los desarrollos de la democracia, ante los avances de las masas. En Francia hay que mencionar a Gustave Le bon, quien publica en 1895 la Sicología de las Masas, obra en la cual, entre otras cosas, se basará Freud cuando escriba su Sicología de las Masas y el Análisis del Yo (1921). Tanto en Le Bon, como en muchos de los que se ocupan de las masas -ya he mencionado a Toqueville- se percibe cierta hostilidad hacia ellas, pues el individuo de la era liberal presiente en la formación de los grandes conglomerados urbanos una amenaza a su intimidad: la burguesía clásica presiente que la masa significa una homogenización, una estandarización, un descenso en el proceso de individuación. También, a finales del siglo pasado se comienzan a publicar en Alemania trabajos críticos de tales desarrollos. Debemos mencionar en primer lugar a Ferdinand Tönnies, a quien se ha considerado el “decano” de la sociología alemana y quien publica en 1887 una obra clásica –Comunidad y Sociedad- en la cual él, que había nacido en una pequeña aldea del archipiélago de Frisia que se extiende hacia la entrada del Báltico y fue testigo a lo largo de su vida de la formación de las grandes ciudades, contraponía la “voluntad esencial” (Wesesnswille) que según su parecer caracterizaría a la vida de la aldea (la solidaridad, el sentimiento comunitario arraigado en ella) a lo que él llama la “voluntad arbitraria” (Kurwille) característica de las grandes ciudades y de la sociedad capitalista moderna. Esta obra tuvo mucha influencia en un tipo de ideología que Georg Lukacs y luego Michael Löwy llamarán el “anticapitalismo romántico”; actitud que impregnó notablemente el comportamiento de la intelectualidad alemana, como por ejemplo el de los miembros de la “Asociación para la Política Social”, que agrupaba a grandes profesores de sociología y de economía, como Max Weber y Lujo Brentano; una actitud de rechazo del capitalismo en nombre del pasado, en nombre de la comunidad aldeana y de una supuesta “organicidad”; actitud que, también, va a caracterizar el pensamiento protofascista durante los años veinte de nuestro siglo, como, por ejemplo, el del sociólogo católico austríaco Othmar Spann. Ya el mismo Marx, en sus “glosas marginales” a un tratado de economía política de un miembro de la mencionada asociación para la política social -Adolf Wagner- se burlaba, con esa ironía tan característica de su estilo, de ese intento por “reconstruir” la aldea. Porque Marx no era un anticapitalista romántico sino un anticapitalista revolucionario, él no estaba pensando en liquidar las ciudades y reconstruir las aldeas, sino en que la clase trabajadora asumiera la dirección de la sociedad.

El otro clásico que debemos mencionar es Max Weber, quien a comienzos del siglo fundó el Archivo para la Ciencia Social y estudió el fenómeno de la secularización acelerada que conllevaba el “desencantamiento” del mundo moderno, concepto que ya había utilizado Jacob Burkhardt -el amigo paternal de Nietszche- en su libro sobre La cultura del Renacimiento en Italia, la primera forma de la sociedad burguesa, una sociedad protomoderna, como la que se formó en Florencia en la segunda mitad del siglo XV: ya era una sociedad desencantada, porque en ella los hombres no se enfrentaban a la realidad desde la perspectiva del más allá sino que asumían tareas seculares, mundanas, con base en instrumentos racionales.

Igualmente se refería Weber a la “racionalización”. La vida en la gran ciudad, como lo describía Georg Simmel en un ensayo intitulado Las grandes ciudades y la vida del espíritu, es una vida “intelectualista”, pues en ella rigen valores abstractos universales; no el sentimiento, no el compadrazgo, no la ritualización que caracterizan a la vida aldeana; porque en ella se produce una intelectualización y una racionalización general que descansan en el pleno desarrollo de la economía mercantil y en la universalización del principio del intercambio. Será un discípulo de Weber y de Simmel: Georg Luckacs, el que, en uno de los ensayos que componen su libro Historia y conciencia de clase (1924), estudie a fondo el fenómeno de la “reificación” o “cosificación” de la conciencia, desarrollando el  “fetichismo de la mercancía”, que describiera Marx a finales del primer capítulo de El Capital; el hecho de que las relaciones entre las personas aparezcan como relaciones entre cosas, lo que conllevaría un proceso de enrarecimiento progresivo, una creciente “opacidad” del espacio social.

A consecuencia de todo lo anterior se produce una especie de rencor hacia la ciudad, sentimiento de protesta inconsciente contra esa racionalización, que se ve acompañado de una cierta nostalgia que luego va a explotar los movimientos fascistas. Una característica de esta sociedad moderna, de las grandes ciudades es la importancia que adquiere la ideología, o sea el trabajo de los intelectuales, quienes tratan de racionalizar lo que la mayoría de las personas no entienden. Por eso afirma Theodor Adorno (un pensador que quiere ser enfáticamente moderno: en alguna parte repite la consigna de Rimbaud “hay que ser absolutamente moderno” aunque agregando “críticamente moderno”) en su polémica con los rezagos de ese anticapitalismo romántico, por ejemplo en el caso de Martín Heidegger -un heredero de esa tradición así sea un gran pensador- que la ideología aparece cuando se han desarrollado por completo las relaciones burguesas de producción y se ha impuesto el principio del intercambio, el principio burgués. Entonces, agrega Adorno, el intelectual burgués cree “que es suficiente poner orden en la conciencia para poner orden en la sociedad”, añadiendo enseguida que “no sólo es burguesa esa fe sino además la esencia misma de la ideología”, ya que esta “como consecuencia objetivamente necesaria y al mismo tiempo falsa, como entrelazamiento inseparable entre verdad y contra verdad, pertenece por lo menos a una sociedad en la cual se ha desarrollado una economía urbana de mercado”. Pues la ideología, en efecto, “es justificación y supone pues, ya sea la existencia de una condición social que se ha vuelto problemática y conocida como tal, pero debe ser defendida, o bien por otro lado la idea de la equidad sin la cual aquella necesidad apologética no subsistiría y que a su vez se basa en el intercambio de equivalentes”.

A mí me parece que precisamente es en este contexto en el que se debe entender esa ideología antiideológica, ese irracionalismo que acompaña al pensamiento antiurbano, nostálgico, que se inicia hacia los años noventa del siglo pasado y llega a su plenitud en el fascismo, movimiento esencialmente contradictorio, porque él, naturalmente, también contribuyó al desarrollo tecnológico y albergaba cierta admiración por la tecnología. Precisamente una de las raíces ideológicas del fascismo italiano se encuentra, por ejemplo, en el movimiento futurista, en los manifiestos de Marinetti, en los cuales se hacía precisamente la apología, inclusive grotesca, de la modernidad.

Y lo mismo acontece con el fascismo alemán. Hitler era un gran admirador de la tecnología, del automóvil, del avión, aunque, al mismo tiempo, aspiraba a formular una ideología organicista premoderna en el sentido de “la sangre y la tierra”, del arraigo y la conservación de las tradiciones (que el propio desarrollo objetivo del capitalismo y de la sociedad burguesa del siglo veinte, de la tecnología y de la industria, hacían imposible) para engañar sistemáticamente al pueblo, a las masas, a las que no se estaba liberando sino explotando de manera desmesurada. Con esto quiero terminar, me refiero al rencor ante la ciudad y el rencor ante la modernidad, rencor que en ocasiones, según me parece, se disfraza de “postmodernidad”, en mi concepto, por incapacidad ante la tarea de asumir el “proyecto inconcluso de la modernidad” (Habermas).

En este respecto vale recordar una aguda apreciación de Walter Benjamín, de quien, para concluir, voy a leerles un fragmento en el que se consigna una acertada apreciación sobre  ese gran urbanista que fue Baudelaire. En su obra póstuma sobre Baudelaire, él se detiene en el análisis de un cuento de Edgar Allan Poe intitulado El hombre en la muchedumbre, que el poeta había traducido al francés. Allí Benjamín afirmaba que el sentido de la vista tuvo que acostumbrarse a la vida citadina y a la experiencia de la muchedumbre, lo que confirmaría el famoso aserto de Marx, en los manuscritos de París, según el cual la formación de los cinco sentidos sería el resultado de la historia universal hasta nuestros días.

Escribía Benjamín: “Quizás la visión cotidiana de una multitud en movimiento fue durante cierto lapso un espectáculo al cual el ojo debía habituarse antes. Si se admite esta hipótesis, se puede quizás suponer que una vez cumplido ese aprendizaje el ojo haya acogido favorablemente toda ocasión de mostrarse dueño de la facultad recién conquistada. La técnica de la pintura impresionista, que extrae la imagen del caos de las manchas de color, sería por lo tanto un reflejo de experiencias que se han vuelto familiares para el ojo del habitante de una gran ciudad. Un cuadro como La catedral de Chartres, de Monet, que es una especie de hormiguero de piedras, podría ilustrar esta hipótesis.”

Y agregaba: “Angustia, repugnancia, miedo, suscitó la multitud metropolitana en los primeros que la miraron a los ojos. En Poe la multitud tiene algo de bárbaro. La disciplina la frena sólo con gran dificultad. Posteriormente, James Ensor no se cansará de poner en ella disciplina y desenfreno. Se complace en hacer intervenir compañías militares en medio de sus bandas carnavalescas. Ambas se encuentran entre sí en una relación ejemplar: como ejemplo y modelo de los estados totalitarios, donde la policía está aliada a los delincuentes” (…). Moverse a través del tránsito significa para el individuo una serie de shocks y de colisiones. En los puntos de cruces peligrosos, lo recorren en rápidas sucesión contracciones iguales a los golpes de una batería. Baudelaire habla del hombre que se sumerge en la multitud como en un reservoir de energía eléctrica. Y lo define en seguida, describiendo la experiencia del shock como “un calidoscopio dotado de conciencia”. Si los transeúntes de Poe lanzan aún miradas sin motivo en todas direcciones, los de hoy deben hacerlo forzosamente para atender a las señales del tránsito. La técnica sometía así al sistema sensorial del hombre a un complejo training. Llegó el día en que el film correspondió a una nueva y urgente necesidad de estímulos. En el film la percepción por shocks se afirma como principio formal. Lo que determina el ritmo de la producción en cadena condiciona, en el film, el ritmo de la recepción.

* Tomado de la  Revista Aquelarre  No 21 (segundo semestre) 2011. Centro Cultural, Universidad del Tolima.