lunes, abril 29, 2019

Como matar a un guerrillero en plena Paz, con emprendimiento, legalidad y equidad


| Por: Luis Orlando Ávila Hernández* |

Al reincorporado ex miliciano y dirigente comunal Dimar Torres y al también dirigente comunal sacerdote católico Tiberio Fernández, les une desde sus cuerpos violados y mutilados en sus tumbas, el haber buscado lo colectivo por encima de la individualidad, este último motor y sustento del capitalismo expoliador y del pathos consumista.

Tal vez para las escuelas de guerra y de pensamiento estratégico de la Policía Nacional y de las Fuerzas Armadas con sus históricos asesores de la CIA y el Pentágono, y con sus más recientes de la MOSAD y del MI6, aquella dicotomía de lo colectivo versus la individualidad, sea el paradigma central de sus cátedras de pensamiento implantado sobre los, las y les jóvenes soldados y policías colombianos, su experimento de guerra bajo contrato.

¿Más que lleva, que motiva a jóvenes pobres presuntamente fanáticos del cristianismo como lo son buena parte de los, las y les policías y militares, a violar, castrar y al final desfigurar (decapitación o explosión de su cráneo), a inermes, indefensos y desarmados dirigentes comunales?

Sin duda, el pensamiento implantado durante sus adiestramientos desde la oficialidad y suboficialidad  policial o militar, productos del entrenamiento bajo los asesores extranjeros de guerra, que durante 60 años les dijeron (sembraron) que lo colectivo y quien le promoviera, eran su enemigo interno.

Otra explicación menos directa pero literariamente esclarecedora sobre el pensamiento  implantado del enemigo de guerra (interno) de lo colectivo como desarrollo cultural, económico y social, se puede observar, por ejemplo, en el documental de inicios del XXI de la BBC de Londres “El siglo del Yo”, o en la novela británica de mediados del XX  hecha cine “El señor de las moscas” o en la película del trágico escritor gringo Andre Dubus III “La Casa de arena y niebla”, por citar algo que pudiera intentar a ayudar a des-implantar los sembrados enemigos de guerra interna en los, las y les jóvenes policías y soldados colombianos.

La dictadura blanda que gobierna a Colombia desde la imposición de presidentes collarejos y godos no electos democráticamente como el del patético Guillermo León Valencia, lo sabe bien y por ello en su remasterizado experimento social del siglo XXI de aniquilar lo colectivo y a sus promotores (o por lo menos declararlos objetivos policial o militar para su violación o desfiguración/mutilación)  e implantar de una vez por todas una útil y rentable nación colombiana de individualidades, ha dado en los 263 días de presidencia del señor Duque en elaborar su propio mensaje corporativo subliminal: Emprendimiento, Legalidad y Equidad.

El capitalismo expoliador (ya sea el pro chino o el pro gringo-europeo), necesita que en cada actividad humana, exista un cliente, un consumo y una renta.

Bajo esta egida – en la cual hasta el alabado propio señor de las mariposas amarillas  ahogado en dólares y lambonería con el poder internacional diera en los 80 en perseguir policialmente cada centavo de dólar que se les escapaba con la piratería de sus obras en los semáforos de Bogotá, Cali o Medellín – el exponente fabricado casi terminado de la dictadura blanda colombiana, el señor Duque, ha dado en entrometer a la fuerza a su estado colombiano gobernado por el capitalismo criollo en actividades tan comunales y tan humanas como el arte popular, las artesanías o la contemplación absorta y libre de ríos, montes y selvas.

Sus parafraseo (como todo lo para que le rodea y sustenta) pareciera ser: si las comunidades por años se organizan para protegerse, proteger su entorno y salvaguardar su colectiva vivencia de nación, en cada uno de estos actividades humanas debe haber una inversión y una renta que les individualice, que les rapte sus ganancias intangibles y las vierta en dinerarias para la bolsa de valores, o dicho por su innombrable mentor, les vierta en una Confianza Inversionista.

Solo así es posible responder por qué se les implanta el pensamiento de guerra del enemigo interno a los, las y les soldados y policías colombianos, buscando dar rienda suelta al durmiente demonio que todos poseemos para violar, castrar y desfigurar el cadáver aún caliente de un sacerdote católico o de un ex miliciano que firmara la Paz,  ambos colectivizadores de lo comunal y de lo humano.  

El querido sacerdote Tiberio Fernández (quien lo creyera, formado en Israel en cooperativismo) en los 90 creía en el emprendimiento cuando alentó la creación de 22 asociaciones desde cultivadores de mora, adultos mayores hasta de carpinteros en Trujillo (Valle), pero su emprendimiento no era el de la bolsa de valores de hoy del señor Duque, por ello policías, militares y paramilitares de entonces le bajaron del bus que de Tuluá le llevaba junto a su sobrina Alba Isabel Giraldo a Trujillo: violados, mutilados, castrados y decapitados (el cadáver de Alba nunca se encontró), después de haberles masacrado a buena parte de los miembros de las 22 asociaciones creadas dejándolas en solo dos, así pagarían su emprendimiento comunitario no individualizante.

Al entrañable comunero Dimar Torres (y porque no a Samuel David hijo de padres emprendedores guerrilleros en Paz del partido FARC), mejor no lo pudo informar Noticias Uno en su emisión del sábado 27 de abril pasado: violado, castrado y desfigurado dentro de una base militar, paga con su existencia el colectivizar y no individualizar.

La legalidad para esto y presuntamente para la de las 175 mil asesinados y casi 30 mil desaparecidos de crímenes de estado y del conflicto social armado bajo el adiestramiento de seis décadas del enemigo interno, queda en las propias palabras del mercaderista que hoy firma como Ministro de Defensa: un accidente que la Fiscalía del omnipresente cianuro y del “jijiji, hijueputa es eso una coima, marica” irá a investigar.

La equidad, la de algo menos de siete mil combatientes guerrilleros que entregando sus armas firmaron un Acuerdo de Paz con un estado de un poco más de 500 mil combatientes aun armados, gobernado por el señor Duque y sus capitalismo expoliador, a los cuales quizá les espere el mismo sino de Samuel David, de Dimar Torres o del padre Tiberio Fernández.

Como matar a un guerrillero en plena Paz, tal vez sea uno de los macabros emprendimientos innovadores que alimentaran la máquina de guerra del señor Duque y la de sus fabricantes que aún no le terminan: la ultraderecha colombiana en cabeza del Centro Democrático, cuyos exponentes, informantes o colaboradores en su franquicia inhumana en el Tolima e Ibagué, son en su orden: El señor Ferro, la señora Matiz, el señor Hernández, el señor Yepes y el señor Medina, y bajo su sombra de legalidad el señor García, el señor Martínez y el señor Jaramillo. 

Amanecerá y veremos, dicen que solía decir el expresidente Virgilio Barco Vargas.   

(*) Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.