martes, abril 09, 2019

Un 9 de abril de 1948 en el norte del Tolima, de valor incalculable, pero sin estar en venta*


Marcha en apoyo al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, celebrada en Bogotá en marzo de 1947. Foto capturada por el lente de Sady González, uno de los pioneros del fotoperiodismo colombiano.

Un 9 de abril de 1948, por caminos empolvados, bajo un sol ardiente, Luis Enrique Castaño Granada se dirige a pie desde Santa Isabel hacia el Líbano, con un encargo de la familia. Debería arribar al Líbano donde llevaría a cabo algunas diligencias, posteriormente dirigirse a Armero y de regreso nuevamente a Santa Isabel. Luis Enrique es nieto de don Crisanto Granada, hijo de Camilo Castaño y de Eduarda Granada, nacido en el año 1924.

Aquel día, el sol canicular caía inclemente sobre la figura de Luis Enrique, que devoraba ligeramente la distancia que lo separaba con cada paso de Santa Isabel y lo arrimaba a casa de sus tías en el Líbano.


A medida que se aproximaba a su destino, sus pensamientos jugueteaban recorriendo la casa a la que llegaría; aquella casa grande a la que se ingresaba por la carrera 10 ubicada a tan solo cuadra y media del parque principal, entre la calle sexta y séptima, evocando una construcción colonial, con sus tres patios y dos largos corredores.

De entrada, se encontraba la sala de espera en donde los muebles conjugaban en exquisita sencillez, la madera, el mimbre y el cuero; continuaban amplias habitaciones en un largo corredor que acogía un patio interior donde destacaba un hermoso jardín, cuidadosamente sembrado por sus habitantes y que servía de vista al comedor cuando se abría aquella amplia puerta de plegar, engalanada con hermosos cortes, frisos y tallados en la madera, enmarcando vidrios alargados que aun encontrándose cerrada traslucía la vista al jardín.

El comedor, amplio y mustio, solo albergaba un gran bifé en el que se encontraban las vajillas, platería y cristalería; una mesa grande y sus sillas; y una nevera Frigidaire que otrora funcionó con petróleo y ahora lo hacía con electricidad. 

La otra entrada al comedor daba al corredor que seguía su recorrido hasta el fondo de la casa, dando salida por este flanco al gran solar, que terminaba en una grande cocina en la que una amplia ventana empotrada junto al lavaplatos daba permanente vista al terreno, permitiendo extender la mirada hasta el fondo del mismo.

El patio interior estaba conectado a su vez con un patio empedrado que permitía acceder al otro costado de la casa, en el que otro largo corredor demarcaba otras habitaciones, y que posteriormente iba hasta el fondo del solar, que limitaba con el de la casa vecina que daba salida a la carrera once.

Allí, además de un nuevo jardín organizado en eras, se encontraban los frutales, naranjos, guayabos, toronjos, limos, limones, fresas, chirimoyos, manzanos, granados, pepinos dulces, pitayos, plantas medicinales, dos inmensos eucaliptos, dos inmensas matas de hoja de congo, cuatro arbustos de coca y hasta tres inmensos y frondosos arbustos de café arábigo.

Al fondo del gran solar, en uno de sus costados, un inmenso gallinero igualmente daba entrada a una nueva vivienda que disponía de salida por la calle sexta. Por el mismo costado por donde más adelante se encontraba el gallinero, entre el patio interior y el solar, ingresando por el largo corredor que bordeaba el comedor y el patio interior, un nuevo patio empedrado de forma alargada, al que se denominaba el zaguán, daba también salida a la calle sexta, por donde ingresaban las bestias cargadas, llegadas del campo el día de mercado.

Trece habitaciones componían la vivienda habitada por las tías, sin contar las cinco habitaciones con que contaba la casa que daba salida a la calle sexta, con su respectivo patio. 

Luis Enrique, ensimismado, no había percibido el sofocante calor acicateándolo y obligándolo a buscar una buena sombra antes de continuar su marcha, por eso no prestó mucha atención a un frondoso árbol a la vera del camino, visto a vuelo de pájaro, que le sirvió a sus propósitos, pero imbuido en sus pensamientos no percibió que descansaba bajo un árbol de manzanillo.

Cuando se levantó para continuar su camino fue que cayó en cuenta de que había estado descansando bajo aquel árbol, pero no le prestó mayor atención.



El reloj marcaba las dos de la tarde cuando Luis Enrique llegó a casa de sus tías y un poco más tarde una avioneta revoloteó un buen rato sobre el pueblo en círculos, mientras mucha gente se dirigía por las calles hacia el parque principal transmitiendo que allí venían las últimas noticias desde Bogotá. Ya se tenía conocimiento del asesinato de Gaitán, el caudillo liberal, y un ambiente pesado se sentía en el aire.

Plaza de mercado del Líbano, en el parque principal, a principios del siglo XX.

Luis Enrique sentía los ojos pequeños y la cara inflamada; efectivamente, el manzanillo había actuado y un malestar recorría su cuerpo, la piquiña le mortificaba y su cara estaba completamente hinchada, pero la curiosidad lo llevó al parque principal en donde se concentraba mucha gente.

Algunos hacían una larga cola para comprar la prensa, que al parecer había sido lanzada desde la avioneta con los últimos acontecimientos ocurridos en torno al asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, hecho que da inicio a la conocida “Violencia en Colombia”, cuya espiral de desmanes dejó más de doscientos mil muertos entre 1948 y 1964, dándole inicio a fuerzas insurgentes que como en el caso de las FARC, dieron guerra por más de cincuenta años.

Disturbios provocados por el asesinato de Gaitán, el 9 de abril de 1948. Foto de Sady González.

Luis Enrique ingresó a la cola con el ánimo de hacerse a uno de aquellos periódicos, pero en algún momento los ánimos se caldearon y la prensa ardió en una gran fogata, momento que aprovechó Enrique para regresar a casa de sus tías —sin haber podido acceder a uno de aquellos periódicos— esperando que amainaran los ánimos para continuar su camino.

Muy temprano, el 11 de abril, Luis Enrique emprendió rumbo a Armero en donde los comentarios registraban que el día anterior había sido asesinado el párroco de la población y, una vez más, la historia de una larga fila para comprar la prensa se repitió en esta población. Luis Enrique ingresó a la cola.

Allí, el Ejército controlaba la venta del periódico, poniendo orden para su compra. Al punto se acercó un hombre gordo con aires de mandón que quiso pasar por alto el control, siendo requerido por uno de los soldados para que ingresara a la fila. Se trataba de un reconocido terrateniente de la región, acostumbrado a ser el primero; pero en esta ocasión, el tiro literalmente le salió por la culata, recibiendo un culatazo en el pecho, que lo envió dócilmente al final de la fila.

Hechas las diligencias que lo llevaron al Líbano y a Armero, Luis Enrique emprendió el regreso a Santa Isabel. En esta ocasión, la ruta lo condujo por la población de Venadillo y, a medida que avanzaba y pasaba por las distintas poblaciones en el camino a su destino, el periódico con las últimas noticias registrando el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán iba adquiriendo un valor incalculable. Hasta siete pesos ofrecieron por el periódico en la población de Santa Isabel, pero para Luis Enrique el periódico no tenía precio, porque no estaba a la venta.

 (*) Relato que realizaba Luis Enrique Castaño Granada sobre lo que vivió el 9 de abril de 1948 en el norte del Tolima y que hará parte de la memoria que se escribe de Luis Alberto Castaño Martínez, uno de sus hijos. El relato, en este caso, ha sido convertido en una pequeña crónica.  

Corrección de estilo: Silvia Constanza Oviedo.