miércoles, junio 12, 2019

Sepúlveda, nuestro Richard Parker


| Por: Luis Orlando Ávila Hernández |

Alexander Correa Carvajal, es un imberbe editor de libros, un aguzado cronista del crimen político y de la política dentro del crimen, pero un incauto literato.

Quien le llevó a creer en la presunta orfandad de la literatura tolimense, así como igual le sucedió a esos recientes visitantes residentes en USA que les tildaron de colombianistas, esta vez, fue un protervo abogado dedicado a la literatura, o a lo que se conoce como ese oficio en la Ibagué y el Tolima.

Su nombre, Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, quien para más señas debe sobrepasar los 60 años, rondando las edificaciones de la 9ª con segunda y la de la avenida Mirolindo con 46.

Abogado de meretrices, conspicuo consorte de uno de los tantos amigos financieros de los curas de la plaza Bolívar y sus propiedades, nunca sabidas si bien habidas, a quien la vida beoda le llevó al desempleo, al rebusque de las barandas de la 9ª con segunda y las de la avenida Mirolindo con 46, y al ninguneo de los mismos curas, de sus exconsortes, de los recién idos colombianistas, de los publicitados mentores de los advenedizos gringos vueltos sabios, pero para su desgracia, menos del gordo Correa, el editor, pues le debe uno que otro denario.

¿Y porque le debe?

Pues por la financiación de la primera edición de su última novela Esta noche no puedo amor mío porque bailo en el Copacabana (Ed. AP Ediciones y Papeles Sueltos Editores. Ibagué, 2018. 176p.).

Papeles Sueltos Editores, la cara amable, o por lo menos demandable, del abogado escritor, desde que tengo memoria viene de inicios de los 90 del siglo anterior.

El poeta Carlos Castillo, el titiritero Jaime Mejía, el abogado poeta Edgardo Mayorga, la bienintencionada malograda horda rebuscadora de “Ibagué en Flor” y una pléyade de pensionados del magisterio, entre otros, subyacieron a su encanto de beodo, editor y literato, o lo que es lo mismo: les aplicó su arte bien  aprendido en las barandas de la 9ª con segunda y las de la avenida Mirolindo con 46, para tratarlos con el mismo sino de sus meretrices.

“La noche que María Goretty se desnudó por primera vez entre las cinco puntas iluminadas de la estrella que además de servir de pista de baile, se adecuaba por momentos a las necesidades de las streapteseras, no sospechó siquiera la presencia de Speedy González entre la multitud de hombres que la animaban mientras se despojaba de sus ropas.”(pág. 73).

Por menos Hugo Ruiz Rojas, su pathos literario, le propinaría tremendo golpe en su abdomen a inicios de la década del XXI, en la tienda de la 12 con 5ª de Víctor Sánchez, el florecido ibaguereño.

No por su afortunada inclinación anti-sionista, no por su procaz misoginia, sino por no hacer del lenguaje literario algo más que el intentar ser un colombianista más o aplicar para ello:

la santa católica, laica y  mártir pasionista, que murió, entregándose a Dios, defendiendo su virginidad (Nettuno, Italia, julio 6 de 1902), bailaba desaforada y desnuda (quizá con sus corpúsculos de Krausse demasiadamente alborotados) una noche sobre la estrella de David, el rey judío del cual no hay una sola científica evidencia de su existencia, sin mirar a su lado que no había un solo traqueto ibaguereño aupándole y esnifándose entre los canturreos de un Jessi Uribe, de un Espinosa Paz o de tan  siquiera de una Paola Jara”.

Eso pudo hacer (escribir) el Abogado de meretrices, el conspicuo consorte de uno de los tantos amigos financieros de los curas de la plaza Bolívar y sus propiedades, nunca sabidas si bien habidas, a quien la vida beoda le llevó al desempleo, al rebusque de las barandas de la 9ª con segunda y las de la avenida Mirolindo con 46, y al ninguneo de los mismos curas, de sus exconsortes, de los recién idos colombianistas, de los publicitados mentores de los gringos vueltos sabios, pero para su desgracia, menos de Correa, el editor, pues le debe uno que otro denario.

Más no.

Sepúlveda, decidió ser nuestro bucólico Richard Parker, en este Ibagué y este Tolima pedestre y pacato, con whatsapp, “paisas”, rectores candidatos, centro democrático, colombianistas y economía naranja.

Y en Esta noche no puedo amor mío porque bailo en el Copacabana Sepúlveda se nos muestra como el “tigre” (dicho común entre los niños “bien” ibaguereños de los 80 y 90, que hoy gobiernan o están huyendo o están en la cárcel por gobernar, mientras tomaban o esnifaban en el “Círculo Social” del Murillo Toro y en la “Social” del barrio Cádiz, con el cual se referían a alguien que desatendía su ethos predestinado del mandar per se).

Y es el mismo Tigre, bautizado como su cazador Richard Parker, al que alegóricamente Yann Martel nos induce quePiscine “Pi” Molitor Patel, su protagonista, bautizara en aquel dulce excluyente eurocentrismo ante el equívoco en nosotros los tercermundistas, en su novela hecha cine, La vida de Pi (Ed. Black & White, 2003).

Sepúlveda como el tigre Richard Parker, en la hermosa versión de cine de Ang Lee de 2012, escondido, espera mar adentro por cazar.

Años de escritura y bohemia, desde el desaparecido hermoso “Arte Café”  del parque Centenario en los 90 hasta los putiaderos del parque Galarza más recientes, el abogado escritor atisba, aguza, otea, vislumbra, elucubra, embriaga y finalmente escribe.  O eso se dice él mismo.

¿Buena o mala escritura?

Pues por lo menos no se le ha leído ni se le leerá, que la barbarie uribista es don de inteligencia como se le leyó a cierto camaleón de Padua, tan admirado por  colombianistas y uribistas.

Sepúlveda como el Richard Parker de Martel, en el mar ignoto de tierra firme que es nuestra pasada y reciente literatura tolimense, llena de colombianistas y de rectores candidatos del prontuario criminal, entre el hambre de ser y la realidad de no ser, preferirá el publicar, así sea al fiado del gordo Correa, como es la histórica costumbre de los buenos escritores.

¿Más qué es la vida sórdida y lumpenesca que Sepúlveda, nuestro Richard Parker, tan remanada desde los clásicos hasta la novela negra de hoy, trata de retratarnos con su novela?

Pues solo atisbo impunemente a decir junto al gran poeta ibaguereño Luis Eduardo Gutiérrez, que la novela de nuestro Richard Parker, merece ser leída.

Como en el personaje animal ficcional de Martel, Sepúlveda trasegado, hambriento de fama y bastante mareado en su pervivir sin su “Pi” pero si con su amada bacterióloga y su entrañable hijo artista, tal vez algún día arribe a tierra firme, la tierra firme tolimense literaria que hoy se prostituye de colombianistas y uribistas.

O tal vez no.

Mejor, con eso el gordo Correa, el editor, se tendrá que esforzar para abrirle paso a una de las últimas novelas escrita por un escritor autentico, vivido, así no sea el mejor ni el de la mejor baranda, en el mercado de la prostitución color naranja.     

Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.    

(*) Imagen tomada del periódico Actualidad Tolimense